Una de las virtudes del cine es su capacidad para abordar nuevos temas. Por encima, o por debajo, de la avalancha de lugares comunes y … remakes, hay autores que se atreven a llevar a la pantalla asuntos no tocados, o que habían aparecido en un plano secundario. En su primer largometraje, Marta Matute nos habla de uno de los grandes temas de nuestro tiempo, los cuidados a nuestros familiares y todo lo que ello mueve. Un asunto que empieza a asomar por el cine (por ejemplo, con ‘Jone, batzuetan’, de Sara Fantova) pero que lleva años formando parte de la vida de muchos ciudadanos.
El aumento de las enfermedades degenerativas y la subida de la esperanza de vida, hace que muchas familias deban hacerse cargo, con más o menos ayuda externa, del cuidado de un padre con demencia senil o, como en ‘Yo no moriré de amor’, de una madre con Alzheimer. Asumir cada día esos cuidados desgasta, paraliza los proyectos personales de los miembros de la familia y puede provocar frustración, rabia y culpabilidad.
En ‘Yo no moriré de amor’, la familia que padece el deterioro de la madre (Sonia Almarcha, siempre bien) hay un padre silencioso (Tomás del Estal), una hermana mayor (Laura Weissmahr) que intenta controlarlo todo pero vive en otra ciudad, y la hermana menor (la debutante Júlia Mascort), en la que se centra. Es una chica adolescente buscando su lugar en el mundo mientras intenta asumir sus responsabilidades.
La película usa un estilo lacónico, elíptico, natural, poco expresivo, que sirve para apuntar distintos aspectos de la situación. Evita sentimentalismos artificiosos aunque a veces parece quedarse en un reflejo algo plano. Ganó tres premios en Málaga.