Barcelona

¡Qué desgracia para EEUU y para todo Occidente! China es muy poderosa. Y como no se le puede ir con amenazas ni ultimátums, a Donald Trump no se le ha ocurrido más que soltar su cháchara vacía. Ha sido hace apenas unas horas, al iniciar su visita al presidente chino, Xi Jiping. En Pekín.

El líder chino, en fase ascendente, le ha pegado una gruesa andanada a su declinante visitante. Cuidado con Taiwan, que puede llevarnos «al conflicto», le ha advertido, con suavidad de serpiente. O sea, estate preparado, que no desistiré de reclamar la anexión de la isla rebelde. Y el magnate inmobiliario, venga a decirle que su relación mutua «es fantástica» y lo será todavía más, que son buenos amigos, que se llaman cada vez que hay un problema.

La advertencia de Xi es seria. En realidad esconde una amenaza de intervenir militarmente contra Taiwan, que es un Estado reconocido por otros muchos otros, el primero, EEUU.

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¿Por qué a Trump no se le ocurre replicar que ni por esas, que eso equivaldría a machacar el orden internacional, destruir el derecho internacional y suscitar una crisis mundial?

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Porque no puede. No puede predicar con el ejemplo, sino todo lo contrario. Apoya a Putin, que invade militarmente un país, en una operación que ya dura más de cuatro años, violando el principio de la integridad territorial de los Estados, que es un elemento clave del derecho internacional. Secuestra a un presidente, el venezolano, atentando contra el principio de la soberanía nacional, otro principio básico del derecho internacional. Y bombardea Irán, violando la prohibición de las guerras de agresión que figura en la Carta fundacional de la ONU, el fundamento del derecho internacional. Además, claro, de armar a su cómplice genocida de Israel.

Es una invitación permanente a que los demás, China en cabeza, no hagan lo que él dice que dice, sino lo que él en realidad hace: el falso pacifismo de sangre y fuego.