En 1984, el fotógrafo estadounidense Steve McCurry (Filadelfia, 1950) retrató a una niña afgana de ojos verdes que se hallaba en el campamento de refugiados de Nasir Bagh, a las afueras de Peshawar, en Pakistán. Exhibida en la portada de la revista ‘National Geographic’, la intensa mirada de Sharbat Gula (en realidad, McCurry no pudo averiguar el nombre de la niña hasta muchos años después) se convirtió rápidamente en un símbolo global de la vulnerabilidad y la resiliencia de los refugiados de todo el mundo. Desde entonces, resulta casi obligado aludir a esa fotografía cuando se menciona el nombre de Steve McCurry. El retrato de Sharbat Gula es una de las piezas centrales de la exposición que, bajo el título ‘ICONS’, reúne desde este viernes y hasta el 6 de septiembre unas 150 obras del fotógrafo norteamericano en el Palau Martorell de Barcelona, aunque para el cartel que anuncia la muestra se ha optado esta vez por el retrato de otra niña afgana, de mirada igualmente conmovedora, realizado en 2002.

La fotografía de Sharbat Gula, explica McCurry tras el acto de presentación de la muestra, «fue importante porque llamó la atención del mundo sobre lo que estaba pasando en Afganistán» después de la invasión soviética de 1979. Para el fotógrafo, la mirada de la infancia representa algo así como «un lenguaje universal». «En contextos muy distintos -apunta-, los niños comparten siempre la misma energía, la misma capacidad de jugar y de encontrar luz incluso en las situaciones más adversas».

Por esa razón, los niños tienen un protagonismo especial en esta exposición coproducida por el Palau Martorell y el grupo italiano Arthemisia que recorre los más de 40 años de carrera de Steve McCurry y que propone un viaje fascinante alrededor del mundo -de Perú a Camboya y de Togo a Papúa Nueva Guinea- en el que se revela que, más allá de la diversidad de etnias, de creencias y de vestimentas, todos pertenecemos a la misma familia humana. «En todas partes del mundo -subraya el fotógrafo-, las personas persiguen más o menos las mismas cosas: amor, respeto, compañía y un poco de tiempo libre para disfrutar de la vida».

Inducir una reflexión

En sus más de cuatro décadas de trayectoria, McCurry ha desarrollado buena parte de su trabajo en algunas de las zonas más convulsas del planeta, pero rehuyendo siempre el sensacionalismo banal y buscando con su objetivo escenas y retratos que transmitan historias, experiencias e identidades, de manera que el resultado pase a formar parte de una memoria universal. La comisaria de la muestra, la italiana Biba Giacchetti, que lleva más de 30 años trabajando con el fotógrafo, explica que en la selección de las piezas se ha prescindido de las imágenes más desagradables y explícitas. «En el archivo de Steve también hay mucho dolor -señala-, pero lo que buscamos aquí es inducir una reflexión, no provocar malestar».

Es una actitud que McCurry trata de aplicar no solo a su trabajo sino también a su vida (aunque, en su caso, se hace difícil separar las dos esferas). «El mundo hoy está en una situación terrible, con todas esas catástrofes que vemos cada día -comenta-. En mi propio país hay problemas muy serios y vemos situaciones que hacen unos años eran inimaginables. Pero hay que intentar ser optimistas, mantener la esperanza y fijarnos en los progresos que se logran cada día en diferentes ámbitos y en la gente que intenta hacer que las cosas mejoren, porque esa es la única manera razonable que tenemos de sobrevivir».

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