Amante del ajedrez y del lío, Daniil Medvedev propone otra vez un juego al gato y al ratón: aquí me tienes, aquí estoy. Cuando el tenis es un acertijo. Aparentemente desubicado el ruso, pero de eso nada. Casi siempre tiene un comodín y lo sufre esta vez Martín Landaluce, quien después de un estupendo ejercicio enfila la puerta del vestuario vencido, pero con buen sabor de boca. No está lejos de tumbar a uno de los ilustres del circuito, con mucha mili a las espaldas y al final, saliéndose una vez más con la suya. Cae el madrileño en los cuartos de final, como ya sucediera en Miami, pero se marcha de Roma (1-6, 6-4 y 7-5, tras 2h 23m) habiendo dado otro paso al frente, con más aprendizaje en la mochila y en el puesto 65. De progresar va esta historia.

“Al principio ha jugado de una forma increíble. Si jugase siempre como en el primer set, sería top-5, luego iría a Turín [Copa de Maestros], después se situaría detrás de Sinner y Alcaraz… Pero cuando eres joven es difícil jugar así todo el partido”, recuerda el ganador, noveno del mundo y por segunda vez, semifinalista del torneo. Este viernes (19.00, Movistar+) tendrá enfrente al número uno. Landaluce entró en el cuadro de rebote, repescado, así que se marcha con un buen premio. Medvedev, mucho Medvedev incluso en tierra. “Estoy contento de haber podido encontrar mi ritmo. Después de la lluvia [una interrupción de un cuarto de hora en la segunda manga], él ha empezado a jugar un poco más lento y a partir de ahí he controlado mejor el partido”, resume.

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Esté mejor o peor, más o menos inspirado y con más o menos filo, Medvedev acostumbra a convertir los duelos en laberintos y exige grandes dosis de concentración. Puede parecer perdido, no estar, haber dimitido. Pero casi siempre vuelve, o como mínimo enreda y guía hacia la duda. Digna de estudio esa mente que maquina sin parar, pensando todo el rato en cómo enredar al otro y al mismo tiempo, en no autodestruirse. A Landaluce no lo conocía y la seriedad del madrileño se lo lleva por delante en el primer parcial, resuelto en solo 26 minutos, pero luego vienen las curvas. Golpe de timón. Johansson, su entrenador, no entiende nada. O sí. Medvedev, misterio y libro abierto a la vez.

Los aficionados se protegen de la luvia en el instante de la suspensión.Ciro De Luca (REUTERS)

Tan pronto como se había ido regresa, y toda la paz, la precisión y la linealidad del español hasta ese momento derivan después en un desorden momentáneo que le conduce hacia el barrizal. El ruso ejerce de sumidero y arrastra; su ciclotimia es contagiosa. Daniil, Dragon Khan. Aun así, a Landaluce no le cambia lo más mínimo el gesto. Replica y recupera el break, pero la zozobra le guía hacia donde el rival quiere: el terreno de la incógnita. Su juego se ensucia, llegan las dobles faltas, crece Medvedev. Y tan pronto como sube, este baja de golpe. Basta un chasquido. ¿Por qué una vida sin emociones? Él lo hace así. Mirada fulminante hacia su banquillo, donde a su mujer se le escapa una sonrisilla y le dice con el dedo: al partido, tú al partido. ¡Contrólate!

El Cubo de Rubik

Muy templado fuera de la pista, el de Moscú se transforma en la competición. Es un deportista que camina permanentemente sobre el alambre, muchas heridas y demasiadas emociones encima; una guerra constante consigo mismo a pesar de que haya alcanzado ya la treintena. Va y viene, viene y va, se queja, suspira, amaga, desconecta, cortocircuita, se tambalea… Así que el madrileño, con toda su juventud, trata de aguantar el tipo. No es nada fácil. Juega Landaluce con mucha personalidad, valiente, viniéndole a decir que estará ahí lo que haga falta, que pasará las bolas que sean necesarias y que si tiene que coserlo a dejadas, lo hará. Agradece además el regalo, caído del cielo: tres dobles faltas seguidas, otro de esos extravíos. Bienvenido sea.

Medvedev, al servicio.Andrew Medichini (AP Photo/Andrew Medichini)

“Fuerte de cabeza, ¿eh?”, le desliza desde el costado Óscar Burrieza, consciente de que con Medvedev todo es mentira y puede girar muy rápido. Los clics. Así sucede. Se endereza en un abrir y cerrar de ojos, y todo ese cabreo y esa irascibilidad se han transformado de repente en inspiración, en esos trucos infinitos y esas tablas de veterano. Pura erosión. No concede una sola bola de tregua. Recupera el ruso lo perdido, y ahora el que embiste es él, acariciando otra vez la rotura —se le escapan tres opciones con 4-3, diez en el total de la estadística— y completando la mutación. Ya no sufre, sino que se contonea: Medvedev son muchos tenistas dentro de un cuerpo desgarbado. Un jugador con forma de Cubo de Rubik.

Listo como pocos él, que parecía negado y se multiplica: brazos y piernas se estiran kilométricamente, llega a todo y ahora sí, lo acaricia. Posiciones marcianas, bolas a las líneas. Está en su salsa. Y Landaluce resistiendo al remolino que le absorbe. Hasta tres bolas de partido salva el español, poderoso en la red y mordiente al resto. Son 20 años. Poco podrá reprocharse, tal vez un punto más de consistencia en los instantes más delicados; las prisas, quizá. El tenerlo ahí, el visualizarlo. ¿Y por qué no? Ahora bien, victorias de este tipo demandan riesgos. “¡Se te ve muy entero!”, le apoyan. Magnífica la actitud, la entereza, esa determinación. Lo busca, no espera. Sin embargo, para cuando quiere darse cuenta ya está encerrado en la jaula. Medvedev y sus planes, el que todo lo lee. Mil y una veces lo hizo. Mil y una veces lo hará.

SVITOLINA, UN RETO PARA GAUFF

A. C.

El resumen numérico refleja que Landaluce acusó ocho dobles faltas y 39 errores no forzados, al mismo tiempo que fue capaz de anular diez de las quince opciones de break del adversario. Medvedev sacó jugo a los primeros saques (75%-59%) y él a los segundos (49%-38%).

Una vez perfiladas las semifinales masculinas, también se concretó la final femenina. Será este sábado (17.00, Tennis Channel) entre Coco Gauff y Elina Svitolina. La primera se impuso a la rumana Sorana Cirstea (6-4 y 6-3) y la segunda superó de madrugada a Iga Swiatek (6-4, 2-6 y 6-2).

El historial refleja un 3-2 favorable a la ucraniana, superior en los dos enfrentamientos previos entre ambas este año (Australia y Dubái). La estadounidense repite en la final romana (2025) y para Svitolina será la tercera (2017 y 2018).