Llegó. Diecinueve jornadas, 142 días, casi cinco meses después llegó la primera victoria del Espanyol en la segunda vuelta. Tardó. Pero llegó. Y solo hay que quedarse con eso. Es lo único que necesitaba un equipo hundido que podría haber acabado la jornada en posiciones de descenso y con pie y medio en Segunda División, pero que se agarró al espíritu de las grandes noches de Cornellà-El Prat para dar un salto tremendo hacia la permanencia.
No estaba Javi Puado (al menos sobre el verde, porque sí empujó desde la grada y bajó luego al césped para vivir los últimos minutos). El capitán, el hombre de las ‘finales’, héroe del play-off de ascenso y de la salvación frente a Las Palmas, trasladó todo su poder a un Pere Milla que cogió el rol de líder del ‘7’ para hacer estallar Cornellà-El Prat.
Un estadio luego inundado de lágrimas con el gol de Kike García que supuso una liberación tremenda para un equipo que cargaba encima con la mochila más pesada de todas y para las 30.000 personas que se dieron cita en el feudo perico, entre ellas aquel niño que fue grabado en la zona visitante del Pizjuán bajo un llanto desconsolado hace solo cuatro días y que este miércoles probablemente vivió uno de los días más felices de la temporada. Eso es el fútbol, eso define al deporte rey.
Fe, valor… y honor
Jugó el Espanyol frente al Athletic con un parche en el pecho con las palabras ‘Fe. Valor. Honor’. Un lema que quiso utilizar el club como conjura antes de la derrota frente al Sevilla, en la que la afición apoyó a los suyos incondicionalmente pero sin éxito en el Pizjuán. Fue en la despedida a los jugadores rumbo a la capital andaluza cuando Gerard Piqué respondió a una publicación perica con un irónico ‘honor’.

Pere Milla luciendo la camiseta con el parche ‘Fe. Valor. Honor.’ / Dani Barbeito
Pero el Espanyol siguió a lo suyo. Y explotó más que nunca el lema una jornada después. ‘Fe’ para creer hasta el final en la victoria -y en la salvación-, por parte de los futbolistas que no bajaron los brazos y de la afición que no silbó a sus jugadores en ningún momento como sí sucediera frente al Levante o al Real Madrid. ‘Valor’ para sobreponerse a la infinidad de inputs negativos que le llegaban al equipo desde que arrancara el 2026. Y ‘honor’, ese del que se burlaba Piqué, para no bajar nunca los brazos y defender hasta el final la reputación de un club al que le quedan uno o dos puntos para certificar la permanencia en Primera División.
Omar El Hilali, a lo Tamudo
Más allá de lo deportivo, la imagen del día, de la jornada y de la temporada fue la de Manolo González llorando desconsoladamente en solitario sentado en el banquillo, antes de abrazarse con Edu Expósito y Carlos Romero, la clara demostración de que no ha existido ‘cama’ alguna y de que el vestuario confiaba, confía y confiará en el preparador gallego para lograr la permanencia. Unas lágrimas que son el sentir de todo el espanyolismo y que no solo se vieron reflejadas en el técnico gallego.
¿Recuerdan la ‘finalísima’ ante la Real Sociedad? ¿El gol de Coro para darle la salvación al Espanyol un 13 de mayo de 2006? Pues bien, justo veinte años después, el 13 de mayo de 2026, vivió Cornellà-El Prat una situación idéntica. No porque el Espanyol esté salvado, no lo está y todavía debe seguir remando, sino por la losa que llevaba encima el conjunto de Manolo González que se esfumó de golpe con el gol de la sentencia de Kike García.

Omar El Hilali celebra la victoria ante el Athletic / Dani Barbeito
Tal era la situación que vivía el vestuario que, además de Manolo, el otro gran protagonista en ese aspecto fue Omar El Hilali, quien disputó los minutos finales llorando de la emoción. Pocas veces se dejan ver los futbolistas en esa circunstancia, unos hechos que recordaron a las palabras que Walter Pandiani dijo a SPORT hace justo un año sobre el día del gol de Coro: «Fue duro. Con jugadores llorando en la cancha como Tamudo o Luis García».
Eso sí, las lágrimas de las dos leyendas pericas se debían a la impotencia de verse en Segunda División; las de Omar, por toda la tensión acumulada durante 142 días (18 jornadas), los que llevaba el Espanyol sin ganar un solo partido, precisamente frente al Athletic el 22 de diciembre de 2025.

Omar El Hilali, llorando desconsoladamente / Dani Barbeito
Incluso aprovechó el hispano-marroquí un saque de banda a favor para secarse las lágrimas con la camiseta cuando todavía quedaba algún que otro minuto. Momento en el que los aficionados más cercanos a la banda trataron de levantarle con el típico «vamos, hostia» o el «arriba Omar, que no queda nada». Y claro, explotó tras el pitido final, en una temporada dura para él, de mucho sufrimiento y sin acabar de encontrar su mejor versión, esa que sí se vio el año pasado y que recuperó frente al Athletic con una gran salida de balón y contundencia exquisita atrás para convertirse en un pilar defensivo imprescindible.
El Espanyol se quitó una ‘Monchila’ enorme
Crean o no en el destino, crean o no en las casualidades, crean o no en la providencia, crean o no en los amuletos, Monchi llegó al Espanyol, le dio confianza absoluta a Manolo González y, en su debut en los despechos, club y entrenador lograron la primera victoria del año.
Muy llamativa fue la imagen del propio Monchi en el vestuario perico escasos minutos antes de saltar los jugadores al terreno de juego. «Os quiero metidos de inicio, metidos de inicio, metidos. ¡Vamos, vamos! Que se vea quién se juega algo. ¡Nosotros nos jugamos algo! Desde el primer momento, desde el primer minuto, eh«. Una arenga del nuevo director general deportivo de la entidad que terminó dando sus frutos para luego abrazarse en el palco con Alan Pace, dueño y presidente. El Espanyol respira. Pero esto no ha terminado. Y puede hacerlo en Pamplona.