América Latina está reduciendo su dependencia del dólar y lo hace (al menos en parte) como reacción a las políticas de la segunda administración de Donald Trump. La creciente politización de la moneda estadounidense —desde el uso de aranceles y sanciones hasta las tensiones con la Reserva Federal— ha llevado a distintos gobiernos de la región a buscar alternativas más previsibles para financiarse en los mercados internacionales. En ese contexto, el euro ha emergido como la principal opción para hacer frente a la incertidumbre institucional estadounidense.

Los datos más recientes del Banco de España retratan bien esta tendencia. En 2025, las economías latinoamericanas emitieron 182.500 millones de dólares en deuda en los mercados internacionales, de los cuales un 9,7% se denominó en euros, la mayor proporción desde 2016. El repunte contrasta con el mínimo del 1% registrado en 2023, cuando aún estaba al frente de la Casa Blanca el demócrata Joe Biden. Destacan las operaciones de México (con un bono de 2.500 millones en enero y otro de 5.487 millones de dólares en septiembre), Colombia (4.814 millones en septiembre y 2.000 millones en noviembre) y Chile (1.700 millones en enero y 1.500 millones en julio), mientras que el sector privado tuvo una presencia marginal representada únicamente por América Móvil, que colocó 764 millones de dólares en euros en septiembre.

La tendencia se ha intensificado en el primer trimestre de este año, coincidiendo con la intervención militar de Washington en Venezuela y su posterior ataque a Irán. En medio de este caos geopolítico, la cuota del euro en América Latina alcanzó el 12%, mientras el dólar retrocedió hasta el 81%. Las emisiones totales alcanzaron los 56.000 millones de dólares, con México y Chile a la cabeza, según las cifras del Banco de España.

Sin embargo, este avance del euro tropieza con límites que la propia arquitectura de la eurozona todavía no resuelve. David A. Meier, economista de Julius Baer, apunta que, pese a contar con instituciones creíbles, la moneda única carece de algunos de los cimientos que sostienen la primacía del dólar: mercados financieros de gran profundidad y una capacidad clara para absorber shocks en momentos de estrés.

La fragmentación económica del bloque y la ausencia de una autoridad fiscal común siguen pesando. A esto se suma un factor menos económico pero igual de importante, que de acuerdo al analista es el respaldo geopolítico que tiene EE UU y de la que carece el Viejo Continente, incluyendo su capacidad para proyectar al exterior músculo militar y un orden institucional del que se beneficia su divisa. Es por ello que, según Meier, el euro puede afianzarse como segunda moneda de reserva, pero difícilmente desplazará al dólar mientras Europa no complete la integración de sus mercados de capitales ni desarrolle un peso geopolítico equiparable.

Derek Halpenny, responsable europeo de investigación de mercados globales de MUFG Bank, ofrece otra visión. A su juicio, cada crisis superada en los últimos años (la crisis sanitaria, el golpe inflacionario y la guerra en Ucrania) ha reforzado la credibilidad del euro, reduciendo las dudas sobre su permanencia entre los gestores de reservas. Por eso, prevé que la emisión de deuda a escala europea y un mayor impulso fiscal en Alemania contribuyan a crear el stock de activos líquidos de alta calidad que muchos inversores echan en falta para diversificar frente a un dólar cada vez más instrumentalizado por Washington. El ajuste, advierte, será gradual, pero el deterioro de las perspectivas fiscales bajo la administración Trump está despejando algunos de los obstáculos que históricamente frenaban la internacionalización de la moneda única.

Este giro se produce en un contexto de sobra conocido: la creciente politización del dólar en Washington mediante el uso de aranceles, amenazas de sanciones económicas a otros países y cuestionamientos directos a la independencia de la Reserva Federal. Las investigaciones sobre la gestión de Jerome Powell y las presiones sobre la política monetaria han erosionado la percepción del dólar como un activo técnico y predecible. Para inversores y gestores de deuda pública, la divisa estadounidense empieza a incorporar un componente de riesgo político. En este contexto, es lógico que los países de América Latina (zona de influencia natural para EE UU) acudan al mercado europeo, tanto para diversificar su base inversora como para establecer nuevas referencias de precios.

La diversificación latinoamericana se ve reforzada por las dinámicas geopolíticas. El renovado interés de Estados Unidos en la región, en parte para contrarrestar la influencia de China, está obligando a los países a reevaluar su dependencia financiera. Episodios recientes en Bolivia o Argentina, donde el gobierno de Javier Milei ha acudido a EE UU para hacer frente a un vencimiento de deuda con el Fondo Monetario Internacional, evidencian el papel del Tesoro estadounidense como prestamista de última instancia. Pero esa dependencia es precisamente lo que empieza a cuestionarse. La fragmentación monetaria se está produciendo de facto y en ese proceso, el euro gana tracción no solo como cobertura frente al riesgo político estadounidense, sino por ofrecer una infraestructura de finanzas sostenibles más desarrollada que la de Washington.

Aunque las emisiones verdes y sociales se ralentizaron globalmente en 2025, los mercados secundarios europeos mantienen una penetración que no tiene equivalente en EE UU. Según la International Capital Market Association, alrededor del 15% del volumen negociado en deuda corporativa en la Unión Europea incorpora criterios sostenibles, proporcionando a los emisores latinoamericanos acceso a una base inversora más alineada con sus agendas de transición energética. El resultado es que el euro no solo avanza por la erosión del dólar, sino también por una convergencia regulatoria y de estándares que refuerza su papel como alternativa.

La desdolarización es, en cualquier caso, un proceso gradual más que un vuelco repentino. El dólar sigue siendo la pieza central del sistema; participa en cerca del 90% de las transacciones de divisas y las infraestructuras de pago estadounidenses continúan moviendo volúmenes que ninguna otra moneda puede igualar por ahora. Sin embargo, la deriva hacia un orden más multipolar resulta difícil de negar. Varios países están tendiendo nuevas tuberías financieras —desde plataformas de compensación impulsadas por China hasta acuerdos para comerciar energía en monedas locales— que, con el tiempo, van limando la primacía del dólar.