Pedro López-Quesada (Madrid, 61 años) es el máximo jefe de Citi en España desde 2022, y su amplia experiencia en la dirección de equipos se nota en la serenidad con la que explica a Cinco Días el papel de la entidad en Europa. “Operamos desde hace 120 años y la región tiene una importancia estratégica”, asegura. Y saca pecho como banco de inversión de referencia, después de “haber liderado más salidas a Bolsa de empresas europeas que cualquier otro banco de la región en los últimos 10 años”. En España, donde está presente desde hace un siglo, fue coordinador del estreno de HBX, la matriz de Hotelbeds, el año pasado, y en el primer trimestre de 2026 Citi se ha situado como el tercero del ranking en banca de inversión. Con un conocimiento profundo de la entidad, a la que se incorporó a finales de los años 80 y con muchas horas de vuelo negociando operaciones corporativas, el directivo sentencia con aplomo que el ahorro del Viejo Continente, de 30 billones de euros, será clave, al tiempo que advierte de que la UE debe ponerse las pilas para atraer capital. La Bolsa española, de momento, solo ha acogido un estreno este año, el de TSK. Afirma que es necesaria una verdadera integración para que los mercados europeos vuelvan a la primera línea y compitan de tú a tú con Estados Unidos.

Pregunta. ¿Cómo describiría la situación de los mercados de capitales europeos?

Respuesta. Europa sigue funcionando con una infraestructura fragmentada. Lo vemos en nuestro informe From Fragmentation to Harmonization: más de 30 depositarios centrales, 13 cámaras de compensación y casi 30 jurisdicciones con procesos distintos. Es un sistema robusto, sí, pero demasiado complejo para un mercado que aspira a ser global y competitivo. En la práctica, no operamos como un único mercado. Y eso se nota.

P. ¿Cómo afecta esa fragmentación a la eficiencia?

R. Se traduce en costes más elevados y menos fluidez dada la complejidad. Esta complejidad existe a través de toda la cadena de valor. Desde la emisión de valores, pasando por la negociación y terminando en la liquidación de operaciones. Liquidar una operación en Europa es considerablemente más caro que hacerlo en Estados Unidos, y la custodia puede multiplicar por varias veces su coste dependiendo del país. A eso hay que añadir que cada mercado tiene sus plazos, sus reglas y sus procedimientos. Esto genera fricción operativa, menor liquidez y, en última instancia, un menor atractivo para los inversores globales.

P. ¿Esta situación daña la capacidad de Europa para atraer emisiones y capital?

R. Sí. En los últimos años hemos visto un aumento de empresas europeas que eligen mercados como Nueva York para salir a Bolsa, donde encuentran una infraestructura más integrada y mayor profundidad. En la UE, el volumen de salidas a Bolsa sigue siendo reducido en términos relativos. Cuando los emisores buscan eficiencia, van donde la encuentran. Por eso digo que este es un desafío estratégico para Europa.

P. ¿Qué reformas son prioritarias para revertir esa situación?

R. Hay tres reformas clave. Primero, reducir el número de infraestructuras, especialmente los depositarios centrales de valores (CDS), y avanzar hacia hubs más eficientes. Pasar de más de 30 a una cifra de un solo dígito tendría un impacto enorme en costes y conectividad. Segundo, armonizar marcos legales, fiscales y operativos. Hoy el inversor se encuentra con barreras país por país, y eso no tiene sentido en un mercado que quiere ser paneuropeo. Y tercero, avanzar hacia una supervisión más centralizada, que reduzca la divergencia regulatoria y garantice igualdad de condiciones en todos los países. Poner de acuerdo a 27 países en aspectos fundamentales como impuestos y sus marcos legales para empresas puede ser demasiado ambicioso; por eso, propuestas como la de un régimen europeo pueden ser una aproximación práctica a las diferencias de legislación, y que los títulos emitidos por esos emisores puedan ser elegibles en toda Europa. Además, buscando también mejores condiciones en la colocación y, por el lado de los inversores, que sean los europeos los que se beneficien del crecimiento e inversión de sus empresas, logrando también mejores rentabilidades. Ese es el espíritu de la Unión de Ahorro e Inversiones [SIU, por sus siglas en inglés].

P. ¿Qué papel juega la tecnología en este proceso?

R. Un papel fundamental. La tokenización, la infraestructura DLT [tecnología de registro distribuido] y la inteligencia artificial pueden acelerar la armonización real del mercado. La tokenización, por ejemplo, permite automatizar procesos que hoy son manuales y costosos; la tecnología DLT facilita la movilidad del colateral y la integración entre infraestructuras; y la inteligencia artificial puede ayudarnos a interpretar regulaciones complejas y a estandarizar procesos de forma más eficiente. Eso sí, la tecnología es un catalizador, no un sustituto de las reformas estructurales. Ambas deben avanzar de la mano.

P. Europa adoptará el proceso de liquidación en un día (T+1) en 2027. ¿Qué supondrá ese cambio?

R. La liquidación en T+1 es una oportunidad extraordinaria. Obliga a modernizar sistemas, a digitalizar y a automatizar procesos. También nos alinea con mercados que ya operan en ese esquema, como Estados Unidos y Canadá. Para el inversor global, esa sincronización elimina fricciones y reduce riesgos. Y para Europa, es un paso decisivo hacia una infraestructura más integrada y más preparada para competir en igualdad de condiciones.

P. ¿Cuál es el mayor riesgo de no actuar ahora?

R. El riesgo es perder relevancia de forma estructural. Europa necesita financiar enormes transformaciones —energética, digital, industrial— y para eso necesita un mercado de capitales que funcione a escala europea. Si no avanzamos hacia una verdadera integración, seguiremos viendo cómo el capital y las emisiones migran hacia mercados más ágiles. Europa necesita un mercado de capitales único si quiere competir con Estados Unidos.

P. ¿Y la mayor oportunidad?

R. Convertir el inmenso ahorro europeo —más de 30 billones de euros— en un motor de crecimiento real. Con un mercado más integrado, más profundo y más competitivo, ese capital podría financiar a nuestras empresas y reforzar la autonomía financiera de Europa. La oportunidad está ahí y es enorme. Y, sinceramente, creo que Europa no puede permitirse dejarla pasar.