El fotógrafo Steve McCurry nunca sabe qué busca cuando saca su cámara. Se limita a pasear, a dejarse imbuir por la gente que tiene a su alrededor e intentar descubrir qué historias esconden detrás. Esto le ha llevado a Afganistán en los 80, en … plena invasión soviética, a La India en los 90, dominada por los problemas religiosos y la sobrepoblación; al Tíbet en 1999, con el endurecimiento de la represión china. Pero lo suyo no es la macrohistoria, sino sus consecuencias directas en las familias que viven en esos territorios, en los niños que no tienen acceso a la educación, a los abuelos que intentan sobrevivir remontando ríos con sus pocas pertenencias, a las madres que rezan por un futuro mejor para sus hijos. Esas historias son las que lleva cinco décadas contando con una sensibilidad magistral. Y ahora son esas historias las que se reúnen en la exposición ‘Icons’, que acoge el Palau Martorell de Barcelona.
El fotógrafo pasó por la Ciudad Condal para presentar una exposición comisariada por Biba Giachetti y que incluye cerca de 150 instantáneas en gran formato. «Todas estas fotografías explican una historia y siempre son reconocibles. Esto demuestra que la fotografía nos puede mostrar que todos formamos parte de la misma familia humana», sentencia McCurry, que a pesar de sus 76 años no piensa en dejar de mirar y buscar esas pequeñas historias que todos llevamos con nosotros. «A veces no he fotografiado algunas escenas pensando que sería demasiado intrusivo y traicionaría su privacidad, pero otras entiendes que la historia es demasiado grande para que no se conozca. Son elecciones que haces al momento, casi intuitivas», reconoce el fotógrafo.
En la muestra podemos ver fotos de 1982 en el Líbano, con un grupo de jóvenes en pleno desierto balanceándose con los restos de un mortero abandonado. En Zhengzhou, China, en 2004, con unos monjes rezando bocabajo o en Bombay en 1996, en un verde río Ganges donde un anciano arrastra con una sonrisa una máquina de coser elevándola por encima del agua para que no se estropee. Aunque su gran don es el retrato, con primeros planos donde es capaz de desnudar el sufrimiento y dolor de las personas, siempre bajo colores saturados e imágenes muy nítidas, casi como si fueran de estudio. «Hay una foto de un niño entre sus dos padres. Estaban en una boda y veías que el pobre chaval no podía estar más aburrido, contando las horas para volver a casa y jugar tranquilo. Todos hemos estado en esa situación y es fácil ponerse en la piel del niño. Eso es lo que busco, historias íntimas, nada complejas, vidas ajenas que podemos hacer propias», afirma el fotógrafo.
McCurry reconoce que pocas veces ha visto una mejor integral del conjunto de su obra. Esto incluye la célebre imagen de la joven afgana en el campo de refugiados de Peshawar, en la frontera con Pakistán. En el mes de diciembre de 1984, McCurry consiguió capturar a una niña de doce años con un raído velo rojo y aquel intenso primer plano de cruda belleza que se convirtió en un símbolo de resiliencia y el dolor sujeto a la experiencia de todos los refugiados. «Conseguimos ayudarla, salir del campo de refugiados, y la vimos crecer y moverse con su marido e hijas. La mayoría de las veces no estás en posición de ayudar a nadie, pero las fotografías sí que pueden inspirar a otros a dar un paso al frente», asegura McCurry.
Diecisiete años después, el fotógrafo volvió a fotografiar a otra joven, esta vez con un velo verde y vemos en esas dos instantáneas contrapuestas cómo el dolor y la resiliencia son connaturales a los seres humanos, cuyo sufrimiento es perenne, no se puede combatir, pero se puede resistir. «Volvimos al campo de refugiados y me fijé en esa niña. Me recordó tanto a la fotografía que hice años antes. Iba con su tío y le pedimos si podíamos hacerle unas fotografías a su sobrina. Aceptó y aquella misma tarde posó para nosotros. Tenía todo el sentido del mundo unirlas», argumenta McCurry.
De sus múltiples viajes, incluyendo uno en 1969 en el que visitó por primera vez Barcelona, el fotógrafo asegura que ha aprendido a relativizar, a apreciar la bondad de los extraños, y a ser respetuoso con las diferencias que todas las comunidades tienen entre sí. «Tengo una hija de nueve años y siempre intento enseñarle que en el mundo hay lugares menos privilegiados que éste, por lo que siempre hemos de respetarnos unos a otros y tener una gran apreciación por la vida», dice el artista.
McCurry exhibe en Barcelona la universalidad del ser humano
Si tuviese que elegir una fotografía que simbolizase la situación actual del mundo, no lo haría con una imagen de seres humanos en conflictos, sino de dos camellos en Kuwait, huyendo de una explosión que los ha rodeado de fuego, sin entender qué está pasando. «Siempre he intentado mostrar el mismo respeto por los animales que por las personas. Y el mundo actual parece eso, ya sea Irán, Gaza, Ucrania y centenares de sitios más que no salen en las noticias que están generando un sufrimiento innecesario. Nadie entiende qué está pasando, es horrible», reconoce McCurry, que sabe que después de cinco décadas de fotografiar zonas en conflicto, no parece que los seres humanos hayamos progresado mucho.
El poder de una imagen
Pasearse por las diferencias estancias de la muestra es como iniciar un viaje por el mundo, pero no de los grandes momentos de la historia, sino de los pequeños momentos que todos vivimos en casa, de la vida privada de las familias que sufren la violencia de las zonas en conflicto. Y muestra cómo, a pesar de todo, ni la guerra es capaz de suplantar por completo la vida. La llena de dolor y dificultad, puede convertirla en un infierno, pero no la detiene. No tiene ese poder y siempre resurge. «Una imagen puede expresar un humanismo universal. Puede que, simplemente, revele una verdad delicada y conmovedora al mostrar un fragmento de la vida que, de otro modo, podría pasar desapercibido», concluye.
