Unos grandes ojos verdes, de color intenso y mirada atemorizada, convirtieron para siempre a Steve McCurry en un icono de la fotografía, y a Sharbat Gula en imagen del sufrimiento de los refugiados por la guerra de Afganistán. Ese retrato, tomado en un campo de Pakistán en 1984, fue portada del National Geographic en junio de 1985 y se popularizó como ‘la niña afgana’. No falta en la exposición Icons, que podrá verse hasta el 6 de septiembre en el Palau Martorell de Barcelona, pero está instalada justo al lado de otro retrato muy parecido que el mismo fotógrafo tomó en 2002 en Peshawar (Pakistán), donde otra niña afgana, con pañuelo verde, atestigua que el drama de los desplazados por motivos políticos continua allí, y en muchas otras partes del mundo.

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En la presentación de la exposición, Steve McCurry (Filadelfia, 1950) reconoció sentirse afortunado de la repercusión de esa fotografía, pero invitó a los ciudadanos a conocer de forma más amplia su trabajo fotográfico, una pasión que conoció desde bien pequeño cuando con nueve años su padre le regaló la primera cámara Kodak Brownie. En esta muestra, se recopilan cuatro décadas de sus viajes por el mundo – con mucha presencia de Afganistán, Pakistán e India, pero también de otros países asiáticos, de Oriente Medio y África- con la cámara a cuestas, retratando sobre todo a personas, buscando la carga emotiva y estética de vidas quebradas por guerras, pobreza y exclusión.

“Es una de las mejores exposiciones sobre mi obra que he visto nunca”, ha enfatizado el fotógrafo en la presentación de un recorrido dominado por los rostros humanos, que ocupan un lugar central en su vida. Tal es así que ha comentado que las últimas fotografías que ha hecho, a parte de instantáneas con el móvil a su llegada al aeropuerto, fueron de su hija y su mujer en casa viendo una película. De hecho, ha contado que tiene la costumbre de fotografiar cada día a su hija. Es un hombre pegado a una cámara, en lo profesional y en lo personal. “La fotografía da sentido y propósito a mi vida”, asegura este fotógrafo que no piensa para nada en retirarse.

Steve McCurry junto al retrato de ‘la niña afgana’ en el Palau Martorell.Alejandro Garcia (EFE)

Los primeros planos dan comienzo a una muestra que puede trazarse en cualquier dirección porque funcionan por sí solos, “siempre con respeto y admiración”, asegura quien considera una cuestión de principios que cada fotografía se sustente por ella misma. Entre las primeras, hay varias tomadas en Bamiyan (Afganistán) en 2007. Niños y mayores que llevan encima la miseria del lugar, con ropas donde apenas asoman colores. Todo lo contrario es lo que pasa en las fotografías de nómadas, otra de sus obsesiones, aquellos pueblos con una forma de vida amenazada por la urbanización, como el hombre de la tribu kuchi, fotografiado en la región india de Cachemira en 1995, con una barba de un naranja tan intenso que solo puede ser teñida. Es costumbre en este pueblo que los mayores se la tinten con henna.

Como queda patente, en su objetivo sobresale la infancia, tanto imágnes de posados como espacios de juego, estudio o relaciones. Desde una humilde aula con varias niñas sentadas en el suelo con sus cuadernos en Peshawar en 1984 hasta un pequeño minero que trabaja con su padre en Kabul, en una imagen que transmite la dureza del oficio, más para un niño de su edad. McCurry también fue testigo en 2004 de como los más jóvenes aprenden artes marciales en la provincia china de Henan caminando por la misma pared, o cómo los restos de un tanque pudieron convertirse en columpios en 1982 en Beirut (Líbano). Entre las más recientes, destaca la de unos pequeños jugando en un bonito paisaje de baobabs en Morondava (Madagascar) en 2019.

Retratos de personas de tribus nómadas que forman parte de la exposición de Steve McCurry.Alejandro Garcia (EFE)

La relación de los hombres con los animales es otro de sus intereses que puede descubrirse en esta exposición, que resalta los colores saturados de sus instantáneas. Tiernas imágenes de un niño descansando en el lomo de una vaca en Katmandú (Nepal) en 2013 o de una madre durmiendo plácidamente con su bebé en una hamaca cerca de una serpiente, se mezclan con fotografías desgarradoras donde los animales son abandonados como el caso de un caballo de carreras que vagabundea en un campo petrolífero arrasado en Kuwait durante la guerra del Golfo en 1991 o un perro que, encima de una bicicleta, va de camino a una pelea de perros en 2002 en Kabul.

Esta exposición, de la cual ya hubo una avanzadilla en 2021 en Madrid con un centenar de fotografías, también llamada Icons, llega a Barcelona gracias a la colaboración del Palau Martorell y Arthemisia, a partir de un proyecto de Orion57 y comisariada por Biba Giacchetti. Rostros, paisajes y escenas de la vida cotidiana muestran un mundo convulso lleno de personas que sufren. A pesar de haber sido testigo de todas estas vicisitudes, en las que ha incluído a su país donde afirma que hay “problemas gravísimos”, McCurry se ha mostrado esperanzado. “Intento ser optimista, también hay mucha gente defendiendo los derechos humanos y de los animales”, ha apostillado quién lleva cuarenta años viendo lo mejor y lo peor del hombre.

Fotografía de Steve McCurry en la exposición de Barcelona.Alejandro Garcia (EFE)