El Festival de Eurovisión celebra mañana la final de su 70 edición y llega rodeada de una gran polémica por la participación de Israel. Esto ha provocado que cinco países se retiraran del concurso. Además de España, las televisiones públicas de Irlanda, Islandia, Países Bajos y Eslovenia no ha enviado a ningún representante porque, según argumentan, concurrencia de Israel podría afectar a la reputación del certamen, debido a la investigación por genocidio en la franja de Gaza que pesa por el país presidido por Benjamín Netanyahu.
Los organizadores siempre han defendido el carácter apolítico del certamen, a pesar de que siempre ha sido una plataforma para que los países puedan protectar su imagen y hayan lanzado mensajes políticos. Aun así, la organización llegó a sancionar al representante de Islandia por mostrar una bandera Palestina mientras permitía que Israel lo utilizara como escaparate
Desde sus inicios, Eurovisión ha sido mucho más que un concurso de canciones. Es una plataforma para que los países proyecten su imagen y, a veces, para que lleven mensajes políticos de manera sutil… o no tan sutil. Israel lleva años usándolo como escaparate: tras ganar en 2018 quiso organizar el festival en Jerusalén, un territorio en disputa. En respuesta, el representante de Islandia mostró una bandera de Palestina sobre el escenario. La organización le multó, recordando que la política no tiene cabida en el festival. Separar política y música se ha convertido en una tarea practicamente imposible.
Sin embargo, hay un caso en el que la relación entre ambos fue totalmente distinta. Es cierto que la música influyó en la política, pero fue una vez acabado el festival.
Corría el año 1974 y Reino Unido albergaba un festival que llegaba también con polémica. Italia no retransmitió el Festival porque el tema de Gigliola Cinquetti se posicionaba sobre la ley del aborto en un momento en el que estaban en plena campaña política para el referéndum. La edición de ese año estuvo rodeada de curiosidades.
El cuarteto sueco ABBA se imponía con su inolvidable «Waterloo«, que pudo con la gran apuesta de Reino Unido, que no pasó de la cuarta posición con el «Long Live Love» de la jovencísima y Olivia Newton-John. Por parte española, RTVE eligió a Peret y su rumba catalana para tratar de mejorar el segundo puesto logrado por Mocedades un año antes. Pero el intérprete, que ya era una estrella, tenía sus dudas y, obligado, se subió al escenario y no logró pasar de la novena plaza con su «Canta y se feliz».
El «Waterloo» de ABBA se llevó todos los elogios. En el otro extremo, Noruega, Alemania, Suiza y Portugal quedaron empatadas en la última posición. Sin embargo, ese resultado fue anecdótico en el caso de Portugal porque el «E Depois do Adeus (Y después del adiós)» de Paulo de Carvalho no logró convencer a los jurados de los diferentes países pero logró algo aún más importante: derrocar la dictadura de su país. La letra no era controvertida ni tenía contenido político, a pesar de haber sido compuesta por José Niza, un conocido activista luso.
Pero la situación en el país vecino no era fácil. La dictadura del Estado Novo, la más longeva de Europa, estaba a punto del colapso después de 48 años de existencia. Las primeras grietas se produjeron dentro del propio régimen, donde los varios oficiales comenzaron a rebelarse y formaron un grupo llamado Movimiento de Capitanes. El plan era claro: marcar una hoja de ruta hacia la democracia.
Liderados por el mayor Otelo Saraiva de Carvalho y con Carlos Almada Contreiras como enlace naval del movimiento, necesitaban una señal que pudiera transmitirse en todo el país y que sirviera para comunicar que el plan estaba en marcha y que no había marcha atrás.
Gracias a la lectura de «El Libro Blanco sobre el Cambio de Gobierno en Chile» llegaron a la conclusión de que utilizar canciones previamente acordadas y emitirlas a través de las radios civiles era una buena estrategia militar. El movimiento contaba con un colaborador que trabajaba en la emisora católica Rádio Renascença y otro en la Asociación de Radiodifusores de Lisboa. En un primer momento, la canción elegida no fue el «E Depois do Adeus» de Paulo de Carvalho, sino otra titulada «Venham Mais Cinco (Trae a cinco más», pero no superó el estricto control de la censura y fue prohibida.
Las canciones protesta no eran una opción porque podían suponer un problema. Necesitaban algo más mundano, algo que no sospechara sospechas. Y en ese punto llegó Eurovisión. La canción era actual, su letra no era ofensiva ni sospechosa. De hecho, era inofensiva. Era justo lo que necesitaban.
A pesar de todo, Carvalho tenía sus dudas. Pero a las 22:55 horas del 24 de abril de 1974, todas las emisoras asociadas de Lisboa emitieron el «E Depois do Adeus». Una cuña publicitaria estuvo a punto de arruinarlo todo, pero un trabajador de la radio que colaboraba con los responsables del levantamiento obligó al técnico de sonido a intervenir y que la canción sonara a la hora elegida.
En ese momento comenzó el fin del Estado Novo. Los capitanes rebeldes recibieron la señan y pusieron en marcha una operación militar coordinada, que comprendía el asedio de Lisboa y que provocó la rendición del primer ministro Marcelo Caetano. El régimen cayó en menos de 24 horas. Los portugueses tomaron las calles y ofrecieron flores a los militares en muestras de agradecimiento, un hecho que haría que el golpe militar pasara a la historia como la revolución de los claveles.
Un año después, como homenaje a lo que significó la canción de Paulo de Carvalho, Portugal envió a Eurovisión a uno de los capitanes del levantamiento, Duarte Mendes, que interpretó «Madrugada», una canción cargada de simbolismo y esperanza. Durante su actuación, un clavel rojo asomaba por el ojal de su solapa.