Los días de descanso de los Pirineos, en Pau desembarcaban Mitxelena y amigos del Gesto, Oreja, José Joaquín, el coche cargado con ajoarriero del Karpy, residuos de los sanfermines, y un niño callado y muy observador, en un asiento. Hacían parada en el hotel en el que estuvieran el equipo de su amigo Echávarri y Arri, y en el de este cuando se fue con los franceses, y siempre en el de Arri cuando volvió a su equipo de siempre. Año tras año, siempre callado, siempre los ojos y los oídos atentos a cualquier detalle, Igor mamaba el ciclismo al tiempo que su padre, José Luis, iba creciendo y cambiando de ocupación. Cuando ya se hizo director del Caisse d’Épargne y luego del Movistar, se pasaba los días de descanso del Tour en el camión con los mecánicos, estudiando el material, montando cabras, echando una mano en lo que fuera, las emisoras, las conexiones, el aceite del coche, e Igor a su lado, y no paraba de crecer, y ya hablaban, monosílabos callados, de las carreras que disputaba, de ciclocross, de marchas por el monte en su Barranka, del Tour, de la bicicleta, siempre, del hilo invisible que les une. Y ya retirado, joven, de todas las responsabilidades del ciclismo, aunque siempre echa una mano a los que se lo piden, Arri pasa las tardes de mayo ante la tele, viendo el Giro, las carreteras empapadas de firme antiguo de la Basilicata montañosa, las escorrentías que las inundan en algunas partes, y allí Igor, un tallo de 23 años ya, juega a los dados con el destino, granizo doloroso, helado, rebotando sobre las manos desnudas que agarran fuerte el manillar. Tiembla. Cae. Gana. A lo lejos, entre las nubes, deslumbran relámpagos.

Igor Arrieta asciende la Gran Montaña de Viggiano.Fabio Ferrari/LaPresse (LAPRESSE)

A Arrieta padre le cuesta hablar de sentimientos secretos. Contempla la etapa con su mirada de director de equipo o de capitán de ruta, cuando Indurain le tenía en el pelotón analizando y decidiendo movimientos. La narra como lo hacía cuando escribía para EL PAÍS sus crónicas cotidianas del Giro y del Tour. Repletas de detalles, de cosas que nadie más que él veía, las verdaderamente decisivas. No habla el padre con el corazón hipertrofiado de emociones, acelerado. Tampoco cuenta batallitas. Ve a su hijo casi congelado en la cima de la Montaña Grande de Viggiano, por la estación de esquí de Pierfaone, cerca de Potenza, y le deja que aprenda solo, ni siquiera le ha contado nunca la hipotermia que sufrió descendiendo el Galibier, bruma, lluvia helada, el día que Pantani mató a Ullrich para ganar el Tour del 98, y él se quedó con su Chava, que había empezado atacante mano a mano con el Pirata, y se secó. Le dieron chocolate algunos espectadores y sobrevivió. Nadie le da nada a Igor, que mira a las nubes, chubasquero en la cuneta, manga corta, los navarros ni de barro, un mínimo chaleco para proteger el pecho en los descensos matadores, y pedalea en fuga de fuerza y de inteligencia, de resistencia, junto a su amigo portugués de Figueira da Foz, Afonso Eulálio. Son rivales, corren para equipos diferentes, pero se ponen de acuerdo, colaboran. Uno vestirá de rosa al final del día, el otro ganará la etapa, el mayor triunfo de su carrera.

Antes, descarados, inconscientes, como Edipo desafiarán a los hados, que, conmovidos, olvidan su soberbia y se apiadan. “Iban por buen asfalto y decidieron arriesgar un poco en el descenso porque se acercaba el grupo de Tomi Silva, que ama la lluvia, y justo en ese momento, volvieron al asfalto malo y le patinó una rueda en una curva a Igor y se cayó”, relata Arrieta padre, con una frialdad de observador ajeno, que solo traiciona, unos kilómetros más adelante cuando es Eulálio, que no ha esperado a Igor, quien a su vez patina y cae. “Es el karma”, dice, cuando habría quedado más bonito hablar de justicia poética. Cuando, ya entrando en Potenza, Igor se va por un desvío porque traza muy amplia una curva sobre su bici de repuesto, ridículamente inestable con sus neumáticos nuevos, sin lijar, hinchados con excesiva presión, para evitar un bache, ni su padre piensa que puede ganar la etapa. Eulálio no espera. Ya está en la recta final interminable. “Ha sido el sprint más lento de mi vida”, dice el portugués, exhausto, más de cinco horas bajo la lluvia, más de 200 kilómetros en las montañas, que no puede ni levantarse de la bici pese a que se acerca Igor, también a cámara lenta, también agotado, pero con más deseo, las manos desnudas bajas, el culo alto, y le supera y, contra toda esperanza, le gana.

“El Giro es especial”, dice Igor, la voz ronca de los malos simpáticos de las películas, un poco Belmondo también, las cicatrices casi invisibles de su nariz destrozada en otra caída y reconstruida minuciosamente, las lágrimas irrefrenables, el abrazo con Eulalio, los dos supervivientes felices. El Giro es especial porque, como su padre, el dorsal 2 del 94, tras el uno de Indurain, es la primera grande que ha corrido, y ya va por la segunda vez. Siempre con el dorsal segundo de su UAE, un año tras Ayuso, este tras Adam Yates, la cara destrozada y en su Andorra ya. Su padre, tan analítico. “Antes de ganar hay que dar alguna vez en el palo”, dice. “E Igor ya había dado unas cuantas veces, como en la última Itzulia”. Después, acepta que es algo más que un maestro del ciclismo. Le tira ya la sangre. “Igor ya ha hecho más de lo que hice yo en toda mi carrera como ciclista”.