Filipinas fue el confín del Imperio Español. Su conquista no se hizo desde la Península, sino desde Nueva España, territorio repartido hoy entre México y Estados Unidos. El virrey novohispano escogía al Capitán General, que gobernaba parte del archipiélago. Otro pedazo pertenecía a varios sultanatos, establecidos en el siglo XV. Manila era una ciudad cosmopolita, donde confluían sangleyes chinos, rōnin japoneses, comerciantes malayos e indonesios… En sus calles se escuchaba el tagalo, el ilocano, el cebuano y decenas de lenguas nativas austronesias, pero también el min nan de Fujian, un pidgin chino español, el náhuatl mesoamericano…

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Cuenta Lucía Miranda, autora de Las últimas, producción estrenada en el Teatro Valle-Inclán, que en España conocemos muy poco de nuestra historia común con Filipinas y que en su viaje transoceánico con la actriz Belén de Santiago, bisnieta de un funcionario de la administración colonial, constató que allí tenían una idea más precisa. De lo primero doy fe, aunque la amplitud de la población filipina en Madrid, los textos literarios españoles de entre siglos, las letras de algunas zarzuelas y parte del teatro de aquellos años no cesan de traernos noticias de Asia oriental, que el oidor atento puede escuchar: desde La verbena de la Paloma hasta Martes de Carnaval. Las últimas también nos trae buenos aires del Pacífico: cuatro integrantes de su elenco son nativos o hijos de inmigrantes.

Esta producción del Centro Dramático Nacional es un collage, porque su autora pespuntea estampas biográficas, personales e históricas, escenificadas unas en clave de farsa y otras buscando la organicidad, para crear contraste. Es también un espectáculo azarzuelado, donde se entreveran canciones de repertorio y melodías con letras contrahechas, que nos trasladan del Madrid castizo (donde Martínez-Almeida y Manuela Carmena protagonizan un sainete) a la isla de Cebú, en un periplo semejante al de los protagonistas de Los sobrinos del capitán Grant, aunque en la pieza de Miranda no haya trama ni continuidad dramática sino solapamiento y personajes que aparecen intermitentemente.

La farsa es un género óptimo para poner en solfa temas y personajes archiconocidos o arquetípicos, como hace Valle-Inclán en Farsa infantil de la cabeza del dragón, que Lucía Miranda puso en pie con tanta fortuna en el María Guerrero. Por ello, en esta función Carmen Polo e Imelda Marcos aparecen caricaturizadas, mientras que los testimonios de los filipinos entrevistados y de las madres de los intérpretes son literales (y sentimentales, a veces). Falto de un eje vertebrador, de un objetivo dramático, el espectáculo se desparrama por los márgenes. A ratos recuerda a Castañuela 70. Otras veces parece un retazo de una obra de Enrique Rambal, en el que la Tuna de la Complutense ocupa el lugar de las vicetiples. También tiene algo de Les éphémères, de Ariane Mnouchkine, por lo fragmentario, aunque sin su trabazón.

Hay en Las últimas escenas estiradas y, en general, una visión paródica que abunda en tópicos conventuales y en referencias archiconocidas. En la entrevista con el bibliotecario de la Universidad de Santos Tomás, ¿por qué no se indica que es la más antigua de Asia, con diferencia? Tampoco se dice que la retirada de España no desembocó en la independencia de Filipinas sino en una guerra con Estados Unidos, cuya política de tierra quemada diezmó la población nativa y condujo a una recolonización. Lo mejor de la función es la entrega de sus intérpretes. Entre ellos, Julia Enríquez, actriz filipina, y Alejandra Masangkay, española hija de isleños, se mueven con una precisión, una energía y una belleza cautivadoras.

Texto y dirección: Lucía Miranda

Reparto: Laurence Aliganga, Julia Enríquez, Chris Angelous Manalo, Alexandra Masangkay, Juan Paños Larrauri, Belén Ponce de León, Belén de Santiago y Tuna Universitaria Complutense. Teatro Valle-Inclán. Madrid. Hasta el 21 de junio