La expresión física de los afectos siempre ha sido un asunto complejo en el cine de Kantemir Balagov. El debut con el que deslumbró en Cannes sacudiendo la sección Un Certain Regard en 2017, la fabulosa Demasiado cerca (Tesnota), era prácticamente un estudio de lo que cuesta dar un abrazo; posteriormente, en la ambiciosa Una gran mujer (Beanpole) (2019), el drama de dos mujeres en el Leningrado de posguerra se tornaba más desolador por el peso de un cuerpo sobre otro.
Como en aquella, también hay un momento crudo y violento que cambia el tono de la película en el tercio final de la caótica Butterfly Jam, su tercer largo y el primero rodado en EE UU desde que se exilió de Rusia al comienzo de la invasión de Ucrania. El joven cineasta ambienta un nuevo relato de afectos complejos e identidades en crisis en una familia circasiana de Newark (Nueva Jersey), con raíces procedentes de Nálchik, ciudad natal del director en el noroeste del Cáucaso.
No parece que el traslado geográfico haya sentado bien a Balagov, ni tampoco contar con actores conocidos como Barry Keoghan, Harry Melling o Riley Keough en los roles protagonistas. La película se desdibuja acometiendo una exploración de comportamientos y rituales masculinos que no tiene muy claro por dónde discurrir una vez presentados los personajes.
Si bien comienza con innegable energía urbana y personajes anárquicos a lo Malas calles (1973), pronto se transforma en una suerte de relato de iniciación para el hijo adolescente (Talha Akdogan), que entrena para convertirse en futuro campeón de lucha libre pero fuera del ring rechaza la fuerza bruta y se considera más cercano a la vulnerabilidad amable de su padre (Keoghan), cocinero estrella del restaurante familiar, aunque no siempre sepa descifrar su comportamiento.
El actor irlandés, en un registro ligeramente sobreactuado colindante al de su progenitor desastre para Andrea Arnold en Bird (2024), pega varios tiros en el pie de su carrera profesional como chef, quizás desafiando la idea masculina del éxito económico por encima de todas las cosas. Pero es un desencuentro con un compadre (Melling, aumentando su colección de personajes chocantes) lo que escala de manera absurda hasta el acto violento que descerraja el drama de manera irremediable.
A partir de ahí, el tercer acto de Butterfly Jam se siente tan confuso como sus tímidos coqueteos con el realismo mágico introduciendo a un pelícano (!) como inesperado nuevo integrante familiar. Balagov quiere hablar de la masculinidad herida y el precio a pagar por desafiar modelos tóxicos y caducos, incluso de la dificultad de los hombres para expresar sentimientos más allá de la violencia o el silencio, pero la película no termina definirse y pierde fuelle en secuencias intercambiables.
Quedan los momentos más específicos, de captación de ritos circasianos como el funeral, pero ni siquiera la representación de la comunidad inmigrante alcanza mucha solidez para una película que, en sus mejores momentos, se sueña como el James Gray de los inicios pero queda muy lejos de aquellas historias donde, al contrario que en Butterfly Jam, la humanidad de los personajes importaba más que la afectación autoral.