Suele no haber mejor lugar que el piso de arriba de La Revoltosa, con sus sofás y su tranquilidad, para entrevistar a alguien, pero, desde luego, no lo hay mejor para entrevistar a Vicente Díez Faixat (Gijón, 1950). Uno de los dueños de esta librería-cafetería es su hijo Oriol. Y casi siempre que el entrevistador pasa por aquí a tomar algo o asistir a alguna presentación o actividad, está Vicente, rápidamente reconocible incluso de espaldas, por el característico contraste del color negro que viste siempre con el blanco del pelo largo recogido en un moño. Tiene aires de hippie septuagenario,Vicente, pero tiene sobre todo el fondo, el corazón. Ha tenido siempre una vena ácrata, nos dirá en esta entrevista de dos horas, y nunca militó en nada, porque hasta militar en la CNT le parecía demasiado. Pero fue compañero de viaje y colaborador generoso de todos los antifranquistas dignos y ha podido cantar toda su vida aquello de Roberto Carlos: «Yo quiero tener un millón de amigos». Los hizo en la política y la arquitectura, su profesión y pasión; los hizo en Japón, país que conoció bien; los hizo en la Fundación Municipal de Cultura de Gijón, que dirigió entre 1989 y 1997, y ahora los hace en las comunidades indígenas americanas que le fascinan y que le han ido abriendo puertas que no atraviesan muchos hombres blancos. Más que un hippie, es un humanista; un enamorado de la vida, la belleza y la gente buena. Da gusto charlar con él.
Buenos días, Vicente. Vamos a repasar tu vida. Empezando por el principio: tu infancia. En Gijón, pero en una familia muy poco asturiana.
Mi familia procede de varios sitios, sí. Yo nazco aquí en junio del cincuenta, pero mi madre era de Barcelona, muy catalana. De Gijón solo es una abuela. El abuelo correspondiente era de Segovia, de un pueblo pequeño, campesino. Como le pasaba a tantos de esa generación, eran muchísimos hermanos, no podían atenderle y lo mandaron a casa de nosequién en Riaza. Cuando cumplió una edad, lo echaron también de ahí y se fue a Madrid, de pinche de farmacia. Luego vino a Gijón, aunque el porqué nunca lo supe. Por el otro lado, mi abuelo también era campesino, de Viladesens, un pueblo que queda en el Pirineo de Girona. Era más o menos de la quinta de Pau Casals, el chelista, y se crio jugando indistintamente a un lado y otro de la frontera. Hablaba francés, además de castellano y catalán; era trilingüe sin tener estudios. En la casa pairal de la familia pasó Machado la última noche antes del exilio; durmió ahí, en un banco que la familia llama el banco de Machado. De los que iban con él, a los que estaban peor, su madre y demás, los pusieron en camas, y él se quedó fuera. De ahí era mi abuelo catalán, pero mi abuela por ese lado era valenciana. O sea, que vengo de todos lados.
¿Y por qué tú naces en Gijón?
Mi padre estudió la carrera en Barcelona, conoció a mi madre, se casaron y vinieron para acá.
¿El catalán lo hablas?
No. Bueno, como Aznar: en la intimidad (risas). Mis padres, los secretos se los decían en catalán. Cuando no querían que los niños entendiésemos lo que fuera, lo decían en catalán, y los hermanos, luego, hacíamos un conciliábulo para ver qué habían dicho, y acabamos entendiendo. Lo sigo entendiendo, pero hablarlo me da como vergüenza.
Tu hijo se llama Oriol, así que entiendo que ese linaje catalán ha sido importante para ti.
Mi abuelo se llamaba Hermenegildo, que en catalán es Hermenegild o Armengol. Y a Covadonga, mi mujer, le gustaba mucho Armengol, pero al final nos parecía un poco como la Triple A; tres hijos que empezaran por A. Así que optamos por Oriol, que nos sonaba bonito y que no repetía ningún nombre familiar. Oriol, ahora, nos dice que «menos mal, porque si me ponéis Armengol os mato» (risas).
Ja, ja. Es un nombre como de señor mayor catalán.
Qué sé yo, no le gusta la palabra. A mí ni me gusta, ni me deja de gustar, pero le tenía mucho cariño a mi abuelo.
Te crías en el barrio del Carmen.
Sí.
¿De qué pie cojeaban tus padres?
Mi padre era liberal. Vinculado con el régimen, vamos, pero no en un plan militante ni nada. Miembro de una pequeña burguesía intelectual que tenía la tertulia del Imperial, que, dentro de lo que cabe, era bastante abierta: ahí estaban Paco Ignacio Taibo I, bastantes médicos, luego estuvo [Francisco] Carantoña… Pero bueno, el franquismo lo tenían muy interiorizado; y el catolicismo, ni te cuento.
Franquismo sociológico.
Yo lo llamo doméstico, casí. Se traducía en la vida familiar, con aquel sentido autoritario. Sin embargo, mi padre nunca quiso que nosotros… Por ejemplo, yo quería ir de excursión con otros niños y no solo con mis padres, y lo único que había era la OJE, pero no nos dejaban. Le preguntabas por qué y decía: «Porque no quiero, y ya está». Yo, entonces, lo pasé mal, porque envidiaba a los otros niños, que venían el lunes y comentaban lo que habían hecho mientras yo estaba en casa.
¿Erais muy religiosos, dices? ¿Tú lo fuiste, lo eras?
Yo era muy religioso, muy escrupuloso con la religión. Con el tiempo me fui alejando y hoy me considero absolutamente fuera, pero le debo cosas a la religión. Cosas que recuerdo con rencor, cosa que no me gusta.
¿Qué cosas?
Sentidos del pecado, el infierno, estas cosas. El daño que me hicieron es algo que tengo clavado, como tatuado, de eso que… ¡brr!
Sin embargo, comno arquitecto has diseñado iglesias.
Sí. De aquella estaba en proceso de distanciarme, no distanciado del todo.
Luego vamos a eso. Seguimos con tu adolescencia: fuiste al Instituto Jovellanos.
Un instituto laico; otro detalle del liberalismo de mi padre. Que, bueno, laico, laico… Teníamos cura, ejercicios espirituales, arriábamos banderas y todo eso que para mí fue durante mucho tiempo la única opción de vida. No se me ocurría que hubiera otra; siguió sin ocurrírseme durante todo el bachillerato. La vida era eso, y como además vivía en un círculo muy restringido, de muy pocas amistades… Yo no tengo añoranzas de infancia, de juegos… Hombre, lo pasé bien algunas veces, pero la infancia no es una época que…
Tampoco tenías pueblo, supongo. El catalán quedaba muy lejos y el segoviano me da la impresión de que no lo pisaste mucho, tampoco, ¿no?
No había pueblo, no. Con el de Segovia no tenía relación ni mi abuelo. Ahora estamos resolviendo temas de praos que les quedaron, pero praos que no valen para nada. Tenemos una parcela de sesenta metros con una triple servidumbre de paso y que es puro grijo, vale para ovejas y poco más. Está para venderlo por cuatro perras o no sé si para regalarlo. Para regalarlo, no, porque entre el registro, el notario… Pero bueno, por lo menos es un pancho que le quitamos a los hijos.
Vicente Díez Faixat. FOTO: David Aguilar
¿A qué profesores del Jovellanos recuerdas con cariño? ¿Te dio clase [José Miguel] Caso, el gran jovellanista, no?
Posiblemente al que más, a Caso. Tuve profesores buenos; la verdad es que había un buen profesorado, pero Caso es al que más agradecido le estoy, porque me envició con la lectura. El gran jovellanista, sí, pero de aquella no nos hablaba de Jovellanos: nos hablaba de toda la literatura clásica española, el Quijote, el Lazarillo, que los leímos con trece, catorce años, y nos hacía apreciarlos. Hacía selecciones de textos para que fuésemos leyendo y yo los leía casi todos, porque además me gustaban. Nos hacía unas introducciones muy buenas; era un profesor de nivel. Había otros que no lo tenían; todavía teníamos profesores de carreras cortas, que se decía entonces; gente a la que la guerra le pilló estudiando la carrera y que no la pudo acabar, y como luego necesitaban profesores, les daban el título con tres años de carrera en vez de cinco, seis o lo que fuera. Así tuvimos a la Mayuca, que era de latín; a la Güiti, que era de francés… Y se notaba, ¿eh? Se notaba que no tenían ni idea.
«Marisina Castañón era muy moderna: vestía falda corta, tenía un iso isetta y nos enseñaba cosas que no salían en el libro de química, como el laurencio, que se acababa de descubrir»
Se habían cepillado a todo el magisterio español y había que investir maestro a cualquiera que tuviera las cuatro letras.
Sí, sacar de donde fuese. Por eso gente como Caso destacaba. También me acuerdo de Marisina Castañón, que era de física y química, y que además era muy moderna. En aquellos tiempos, vestía con falda corta y tenía un Iso Isetta, el coche huevo aquel. Cosas que no se veían; una persona un poquitín a su aire y que, de química, nos enseñaba cosas muy nuevas, muy fuera del libro. Me acuerdo de que de aquella se descubrió el laurencio y en el libro no existía, pero ella nos hablaba del laurencio y de la estructura atómica, con maquetas, con bolitas… Vamos, que de mi formación en general no me puedo quejar.
¿Cuándo aparece el antifranquismo en tu vida? ¿Ya en el Jovellanos, o en la Universidad?
No, no, después, después. En el Covarrubias.
Tu colegio mayor.
Sí. El director era Fernando Suárez.
Fernando Suárez con un joven Vicente.
Un ministro franquista, ¿no?
De aquella, no; de aquella era procurador por el tercio familiar. Era catedrático de derecho del trabajo y acabó de ministro de Trabajo, pero ya después. El franquismo tenía sus familias, y este era del ámbito de Falange, tecnócrata quizá, pero muy en contra de la facción del Opus. Tuve muy buena relación con él y hasta el final. Me mandaba christmas de Navidad y todo y seguía un poco mi evolución, que no tenía nada que ver con la suya.
Allí coincidiste con Josep Borrell.
Fuimos compañeros y muy amigos, sí. Tuvimos mucha amistad, era un fuera de serie.
Estudiaba tres carreras a la vez, ¿no?
¡Cuatro! Era tremendo, porque además era un tío relajao.
En un momento dado, se marchó a pasar un verano a un kibutz israelí, ¿no?
Sí, pero fue porque… A ver, Fernando tenía un comedor privado al que de vez en cuando invitaba a unos cuantos, y yo era de los que invitaban, y casi siempre me tocaba, no sé si por pasillo o qué, con Borrell y con Luis Carlos Croisier, el que fue ministro de Industria con Felipe, y que acabó siendo también concuñado de Borrell. Me gustaba ir, aprendía mucho. Y Borrell, cuando ya estaba acabando sus carreras, no sabía que hacer; decía que haber hecho aeronáutica para fabricar neveras… Fernando, entonces, le consiguió unos artículos para el diario Arriba. Tenía que irse un verano a un kibutz en Israel. Yo no los leí, ¿eh?, pero los publicó y le pagaron, además de pagarle el viaje. Allí conoció —esto es puro cotilleo, ¿eh?— a la hija del presidente del Banco de Francia, que era judío; su primera mujer. Yo creo que fue a partir de ahí cuando los principios se le fueron desvaneciendo… Croisier le seguía la pista, era una especie de líder para él. Para mí también, ¿eh?, lo que pasa es que yo no lamía por donde pasaba; simplemente me prestaba aprender con él. Croisier le siguió al PSOE y acabó casándose con una hermana de ella, o sea que al final era…
Un circuito cerrado (risas).
Sí, un círculo cerrado franco-judío-hispano-PSOE.
¿Has conservado la relación con él?
No, porque no tiene sentido. Bueno, le vi una vez, cuando era ministro de Obras Públicas. Yo estaba en la Fundación Municipal de Cultura y Tini [Areces, alcalde de Gijón] sabía muchas cosas mías, porque despachábamos a diario. Con Tini, las dos legislaturas que estuve con él, tuve muy buena relación. Y sabía que yo había sido compañero de Borrell, y tenía un problema, que creo que era para el enlace de la avenida del Llano con la ronda; un tramo que le correspondía hacer al ministerio, y que por lo que fuera el ministerio no estaba por la labor de hacer. Entonces Tini me dijo que estuviese por ahí y que, si en un momento dado me necesitaba, me haría una seña. No llegó a hacérmela, no sé por qué; pero, cuando acabó el acto en el salón de plenos, Borrell salió y me vio. Al principio no me reconoció, porque en los años del Covarrubias yo no tenía barba. Me la dejé viviendo Franco todavía, pero más tarde, y hasta hoy, porque nunca me la corté. Me la dejé para aparentar más edad, porque parecía un crío, y además era un signo de disidencia.
El maquillaje de los hombres, que dicen.
Algo así, algo así. Pues nada, cuando salió, él no me reconocía, pero de repente oigo: «¡¡Faixatitoooo!!». Me quitó la barba y de repente se dio cuenta de quién era. «¡¡Faixatitoooo!!». Nos pusimos a cuchichear y a recordar viejos tiempos, buenos recuerdos de tomar vinos por ahí y todo eso y nada más, pero, joder, ¡lo de la prensa fue…! Todavía lo siguen recordando. Luego Borrell vino más veces, pero ¿qué pinto yo en la Casa del Pueblo? No me veía, vamos.
Vicente Díez Faixat. FOTO: David Aguilar
¿Qué tipo de rojo fuiste en aquellos años?
Nunca fui un rojo radical. Me sentí compañero de viaje de varios, pero tenía una vena ácrata que hacía que, en cuanto no me sentía agusto, en cuanto me sentía un poco incómodo, sentía que la cosa fallaba y me iba.
¿Ni siquiera en CRAS, la CNT, alguna organziación anarquista de las de entonces?
A la CNT no la entiendo; la veo como una contradicción. ¿Anarquismo y militancia? No sé. Mira, recuerdo que Croisier, que es canario, hablaba mucho de consiensiasión, con el acento de allá. Y yo la palabra la decía en canario: no decía concienciación, porque nunca había oído la palabra pronunciada así, sino consiensiasión, y hacía un poco el ridículo. Yo creía que era así. ¡Es que el franquismo, en una familia como la mía, era una celda de hormigón! No veías a través, no veías nada más. Fue el Covarrubias lo que me abrió las puertas al mundo, pero nunca quise militar en nada en concreto.
Amistad con todos, intimidad con ninguno, que decía Cánovas del Castillo.
Algo así. Entré en comunicación con grupos de base, obreros y cosas de estas, y de ahí me fui metiendo sobre todo en el PCE, pero también tenía amigos en el MC, en Bandera Roja… Les hacía cosas profesionales; locales que había que hacer con mucho secreto y estas cosas; lo que yo podía. Participaba también en colectivos vecinales, sindicales, organizaciones así de barrio, prestando asesoramiento urbanístico. Todo siempre vinculado con la profesión.
«en el colegio de arquitectos organizamos una Comisión de Cultura y cómics, encuentros en Los Maizales, cosas así. El resto de la profesión nos veía fatal»
Y a veces sin cobrar.
No, no; cobrando nunca. Lo que también que hice fue, cuando acabé la carrera, en el sesenta y tres, sesenta y cuatro, cuando hubo elecciones en el colegio de arquitectos, presentarme en una junta y salir como vocal. En la junta aquella estaba Guillermo Zarracina, que vive todavía. Yo todavía creía en el colegio; creía que podía creer en él, y entonces organizamos una Comisión de Cultura y muchas cosas desde ella: cómics, encuentros en Los Maizales, cosas así, poco ortodoxas. El resto de la profesión nos veía fatal, pero lo hacíamos, y además conseguíamos fondos, porque había presupuesto para hacerlo. Me empecé a relacionar con gente de mi profesión que más o menos ya estaba involucrada en el antifranquismo. Pero más tarde pasó lo de siempre. Tú aquellos años no los viviste, pero, desde mi punto de vista, las entradas del PSOE en cualquier sitio fueron para joderlo. Entraba con dinero y a comerse el mundo. A aquella comisión de cultura entraron dos arquitectos, uno muy nombrado y que fue muy de Gabino [de Lorenzo] desde el primer día. Nosotros, en cuanto vimos la pinta, nos retiramos, y yo dejé de ir a la junta, porque aquello no tenía sentido. No dimití ni nada, pero dejé de ir. Desde entonces, el colegio es un estorbo que tengo ahí y que hay que pagar.
Diseñaste la iglesia de la Resurrección, en Laviada. Mi barrio, aunque mi parroquia era la otra, el Espíritu Santo. Yo todavía conocí a don Silverio, el párroco de la Resu, que había estado vinculado a la Iglesia antifranquista. ¿Cómo surgió aquello?
Uno de los primeros proyectos que me encargaron en la carrera fue una iglesia. Javier Carvajal, un arquitecto de mucho renombre. Como cualquier proyecto, yo quise hacerlo bien. Y de aquella mi padre estaba adaptando los presbiterios de las iglesias a las normativas del Concilio Vaticano II; dándoles la vuelta. Lo hacía mucho en colaboración con [el escultor, pintor, diseñador y fotógrafo Joaquín Rubio] Camín, y la verdad es que sabía un montón. Yo, de aquella, acompañaba mi padre a todo lo que tuviese que ver con trabajo. Me gustaba, me sigue gustando esta profesión; me corro con ella, vamos. Entiendo la arquitectura como arte; como un arte que no tiene que ver con la mayor parte de las cosas de las que vivimos ahora, como una búsqueda de la belleza. Por cierto, a ver si me ayudas con una cosa que no consigo localizar. Te hago la pregunta ya, porque luego se me va a olvidar.
A ver.
A mí hay una frase que me encanta que es esa que dice que la belleza es el resplandor de la verdad. Yo, la primera vez que lo leí, lo vi atribuido a Platón, al Banquete. Pero cuando leí El banquete, y me lo leí dos veces, no vi nada parecido. Luego vi por ahí que igual san Agustín, santo Tomás…
Será de estas cosas apócrifas que le atribuyen a varios. La verdad es que me pillaste; no tengo ni idea de quién dijo eso. A ver… [el entrevistador saca el móvil y busca en Google]. Aquí leo que es una frase de san Agustín que le gustaba mucho a Mies van der Rohe.
Ah, mira. Vale. Heidegger también la utiliza en algún sitio, porque tiene algunas cosas escritas incluso de arquitectura. A mí me gusta esa frase.
¿Y cuál es tu sentido de la belleza arquitectónica?
Me interesa la atemporalidad; algo que sirva, que quede, incluso que pierda protagonismo y se identifique con el entorno. Eso me gustó siempre. Y luego, la función; que sea para lo que se necesita, no una teoría. Eso requiere mucho diálogo con la persona o las personas que lo van a hacer.
¿Lo de la Resu, entonces…?
Sí. Mi padre, me acuerdo, estaba con San Lorenzo, la iglesia neogótica esta. Y Silverio, que era muy joven, era profesor de liturgia, y sabía un huevo, e intervenía en el trabajo de mi padre. Lo conocí por eso. También conocí a Tarancón. Tuvimos mucha relación con él. Era listísimo. Yo ya estaba en proceso de transición, de alejamiento, lo veía con cierta distancia, pero me daba cuenta de que era un tío; vamos, de que merecía la pena escucharle. Yo aprendí mucho de las cosas de las que se hablaron; de la liturgia, los recorridos, la luz, cosas de estas que pasan desapercibidas. Y cuando a Silverio le dieron una parroquia, me pidió que hiciese el proyecto, y retomé el que había hecho en la carrera, pero sin medios materiales; todo con materiales muy pobres, lo cual, hasta cierto punto, vino bien. El proyecto, formalmente, es el mismo, pero yo creo que ganó. El andar con hormigones muy tratados, con suelos de mármol y cosas de estas, en aquel momento empezaba a no tener ningún sentido. Yo quedé a gusto, y ahí sigue, pero Silverio murió, ahora lo cogió un cura, y dice que aquello es horrible y que lo va a cambiar. No sé lo que hará.
El reflujo reaccionario…
Sí, sí.
¿Y cómo es el proceso? A ti te encargan una iglesia y ¿cómo lo preparas, como es el cruce entre los deseos del que encarga y tus ideas, tus sugerencias…?
Una cosa es lo que uno quiere y otra la realidad, y sobre todo ahora, que somos una profesión absolutamente manipulada. Ahora tengo que hacer un hospital en Benín, y lo estoy disfrutando, porque hacía años que no tenía un proyecto así. Pero claro: ¡yo no tengo ni puta idea! Así que me reúno con médicos que me explican las cosas. Una de las entidades que lo encarga es Medicus Mundi. Tengo que preguntarlo todo. ¿Cómo es un paritorio? Yo estuve en los paritorios de los partos de mis hijos, pero yo qué sé cómo funciona eso, cómo se une a… La arquitectura, con cualquier cosa te abre muchas puertas, incluso cuando te encargan una vivienda. Tienes que conocer a la persona y hacer su casa para lo que necesite. No sé: si tienes un Scalextric grande, necesitas un espacio despejado.
Conocer a la persona e igual corregirla, aguarle deseos imposibles. También se discutirá, supongo, ¿no?
Home, sí. Recuerdo una con un paisano en concreto; un cliente que fue a encargarnos una vivienda. Lo primero que hice fue ponerme a hablar con él de todo: de la familia —tenía dos críos—, de… No sé, preguntarle cosas. Llegó un momento en que me dijo —textual, ¿eh?—: «¿Y a ti qué coño te importa, so cotilla?». ¡Me quedé…! «Yo lo que quiero es esto», me dijo, y sacó un papel de bloc de cuadros con bolígrafo con lo que quería.
Cuñaos haciendo dibujos en servilletas.
Dije: «No se hable más», nos despedimos y fuera. No fui capaz de hacer el proyecto y se lo dejé a mis socios, que tienen más mano izquierda. ¡El caso es que la escalera que ponía no se podía hacer! Chocaba con una viga. Según lo que había hecho, no había más que poner una viga en aquel punto. Oye, ¿tú sabes qué discusiones hubo porque la escalera la quería sí o sí? Le dije: «Pues escoge la escalera o la casa, porque es que no». La realidad iba por ahí.
¿Y qué quisiste transmitir con el diseño de la Resurrección, en esa parte de arte que tiene la arquitectura?
Que hubiera zonas de penumbra, pero también fuera luminosa. Está muy cerrada al exterior; el entorno no era una cosa agradable.
Era un puro descampado; yo lo conocí.
Era un descampado, sí, sí. Además, hubo que espachurrarla contra… ¡No estaba hecho nada! Luego ya pusieron el colegio, el centro de salud… Pero hubo que espachurrarla, torcerla incluso, girar mucho la entrada, y quedó ahí como arrinconada. Así que lo que quise fue meter la naturaleza dentro, con dos patios ajardinados y zonas para estar a gusto. Eso tenía mucho de japonés. Alguna vez fui allí, al principio, cuando ya no creía en nada, solo para estar en un sitio tranquilo.
Vicente Díez Faixat conversa con Pablo Batalla. FOTO: David Aguilar
En aquellos años, los psiquiatras de izquierdas, Guillermo Rendueles y compañía, promovían la «antipsiquiatría»: derribar los muros de los manicomios, etcétera. En aquellos años febriles, sesentayochistas y postsesentayochistas, cada profesión tenía su cosa revolucionaria que quería hacer para darse la vuelta como un calcetín. ¿Cuál era la de la arquitectura? ¿Cuál era la «antiarquitectura», por así decir?
Antiarquitectura como tal no había, pero existían muchos movimientos, muchos ismos, unos más atractivos que otros. Archigram, por ejemplo, que era un equipo de arquitectos británicos que hacían grandes robots habitables que incluso se movían; espacios urbanos que eran casi como cohetes espaciales. Eran propuestas teóricas más que prácticas. Yo a lo que más entré fue a lo de los japoneses: el metabolismo, que era armar organismos vivos —humanos o animales—; un tronco en torno al cual enchufaban unidades. Las enchufaban radicalmente: todas las acometidas, todas las bajantes, las comunicaciones, todo estaba en ese tronco. Todavía quedan unos cuantos edificios de los conocidos. Hubo muchos que no se hicieron, pero hay algunos construidos. En el centro de Tokio, por ejemplo, está el Centro de Prensa y Radiodifusión de Shizuoka. Aquello coincidió con los años en los que yo empecé a ir a Japón.
¿Qué te llevó allí?
La suerte, como todas las cosas que tengo. Soy muy afortunado. Hombre, las oportunidades hay que, no buscarlas, pero llevar la antena orientada, y las cosas que te interesan captarlas. A mí me pusieron un trabajo en la escuela cuando tenía dieciocho años, me parece, en segundo de carrera, que era una lista de viviendas que teníamos que estudiar a fondo. Viviendas muy conocidas. Y no sé por qué, yo tenía cierta fijación con Japón. Mis padres tenían mucha prensa extranjera; mi madre, francófona, y mi padre anglófona, y yo recortaba esas revistas: París Match, National Geographic… Cuando las tiraban, yo arrancaba algunas páginas, y tengo páginas arrancadas sobre Japón ya entonces, no sé por qué. La boda del emperador anterior, cosas de sumo, cosas así. ¿Por qué me llamaba? Ni idea. Nunca lo supe. Pero el caso es que, cuando nos pusieron aquella lista de viviendas, mi padre me aconsejó que hiciese la vivienda que había hecho Kenzō Tange, uno de los arquitectos más famosos del siglo pasado, un poco mayor que mi padre en edad —nació en el quince, me parece—. Era una vivienda que combinaba el movimiento moderno, lecorbuseriano y todo eso, con la tradición japonesa, la sukiya. Hacía una mezcla en la que en vez de hormigón usaba madera, y tabiques de papel y cosas de estas, y me llamó la atención, pero no la entendía.
Eso que hace Japón tan bien, ¿no? Mezclar la tradición con la modeernidad.
Sí, pero el esquema de funcionamiento de aquello era japonés radical. Por fuera estaba elevado del suelo con pilotis, que los japoneses lo suelen poner al nivel del jardín. Pero el estudio de la cocina no lo entendía, el baño era rarísimo… ¡Es que no sabía interpretar ni el retrete! Son objetos distintos de aquí. No sé si conoces los váteres japoneses de ahora.
Salen varios chorros de abajo, ¿no?
Eso ya son los siguientes, donde tienes hasta unos mandos y el aparato te analiza la mierda. No sé qué hace, pero mandas la mierda a un hospital y te la analizan, o te lo analiza el aparato; te dice si tienes carencia de vitamina D o lo que sea.
Estaría bien un váter en el que pudieras mandarle la mierda con un joystick a alguien que te cayera mal.
Ja, ja, ja. Bueno, yo no entendía el váter aquel. Y la cocina la veía muy pequeña. No entendía el funcionamiento. Así que empecé a indagar. De aquella había un restaurante japonés en Madrid y fui un día a preguntar cosas. Descubrí los palillos: ¡mi ignorancia era supina! Pero me gustó mucho la comida, y poco a poco fui aprendiendo. ¡Dormir! ¡No tenían camas! En la Gran Vía había unos sótanos con una tienda de artesanía japonesa, y ahí conocí a un chaval un poco mayor que yo, con el que sigo teniendo relación. Estaba estudiando flamenco en Japón con…, ¿cómo se llamaba? Yasuko Nagamine, que era una japonesa que bailaba flamenco en Madrid, en el Café de Chinitas. Él estudiaba flamenco también, guitarra, castañuelas, todo eso. Hice amistad con él y me dio clase de japonés, y yo a él de español. Y así estuvimos mientras él estuvo en Madrid; luego siguió por Latinoamérica. Eran años hippies, y él un poco el prototipo del hippie que luego pasó a yuppie, porque heredó la empresa de su padre y se hizo muy rico. Mantengo la relación con él; posiblemente sea el amigo más antiguo que tenga todavía. Los españoles fueron desapareciendo, pero este no. Los japoneses son…
Cumplen.
Sí, sí, cumplen. Y siguen, siguen… Estamos al corriente de nuestras respectivas vidas. En fin, Japón me siguió interesando. En un momento dado, daban unas becas —muy pocas, dos al año, me parece— para irse a estudiar allí, pero no eran para profesiones técnicas, sino para estudios de letras. No sé por qué, pero era así. Así que la pedí, pero no me la llevé. Además, ya salía con Covadonga, y en aquel momento ya no tenía muchas ganas de lío. Estaba muy bien aquí. Pero me quedó el gusanillo. Años después, me enteré de que había un gran estudio que ofrecía trabajo a un arquitecto español para ir a trabajar allí. En una cosa horrible, que era un pueblo español que querían hacer en la prefectura de Mie. A mí hacer una casa sevillana con un patio andaluz y un restaurante de paella no me interesaba, pero el caso es que me presenté y me aceptaron…, con tan mala pata que, cuando ya lo tenía todo preparado, y el billete no pagado, pero reservado, me rompí una pierna y ya no estaba en condiciones y lo dejé. Pero me quedé con el reconcón, y este amigo me dio una serie de consejos para buscar un arquitecto que me interesase, ponerme en contacto con él y mandar mi currículum. Así lo hice y a vuelta de correo me contestó que sí. Con eso se me abrieron las puertas de todo, porque era un tío supereducado, de una familia de mucho prestigio, incluso relacionado con la familia real, con eso lo digo todo. El tío se iba con el emperador Hiro Hito, el abuelo del de ahora…
El de la segunda guerra mundial.
El de la segunda guerra mundial, que todavía vivía. Yo llegué el año siguiente a su fallecimiento. Este era muy aficionado a la fauna marina, el emperador también, y se iban por ahí a ver fauna marina. Casi fue lo único a lo que no me invitaron, y yo me decía «solo falta que me inviten a esto un día», porque cualquier deseo que expresase sobre cualquier cosa me la daba hecha. ¿Conocer un templo en el otro extremo de Japón? Al día siguiente tenía los billetes, un arquitecto acompañante que hablase español o inglés para ayudarme y un punto donde había convocado a arquitectos del sitio. ¡Fue una cosa…! Me daba vergüenza. Llegó un momento en que no me atrevía a decir nada. Pero trabajé mucho. Luego, otros arquitectos que conocí del círculo me invitaban unas veces a exponer, otras a dar conferencias, otras a dar cursos en la Universidad de Kioto… Me sentía muy a gusto y muy bien tratado. Bastante más a gusto que aquí, por cierto.
Vicente Díez Faixat. FOTO: David Aguilar
Una vez ya lo sabes todo sobre Japón, ¿qué es lo que más te gusta, lo que más atrae del país, de esa cultura?
Me gustan muchas cosas, y otras no. Yo entonces me lo planteé como que este sistema, el sistema occidental, cada vez me gustaba menos. Incluso la democracia ya no me vale. Vamos, es lo que hay; lo digo y suena fatal, pero es que no veo representatividad, ni veo nada. Allí menos, ¿eh? Pero yo buscaba eso. Lo que más me interesaba era el Japón tradicional. Hice algo de zen. Visité muchos santuarios, pero a mi aire, ¿eh? Me gustaba meditar en silencio. Ese es el Japón que me gusta. El actual también: las ciudades son caóticas, pero tienen su encanto. Lo que me chocaba mucho era la doble vida que llevaba la gente. En la calle hacen esa vida horrible, estresante, de compromisos, de comidas rapidísimas, pero llegan a casa, se quitan los zapatos y llevan una vida completamente distinta, mucho más tradicional. Hombre, te hablo de lo teórico, ¿eh? Se da cada vez menos, porque ya son miniapartamentos, y ya ni te quitas los zapatos, porque ya no tienes ni sitio para dejarlos. Pero se da. Tradicional para todo. Un machismo que yo no entendía, por ejemplo. Mi generación es la primera en la que no es normal que el marido llegue a casa borracho y estresado y le casque a la mujer. Allí era normal y no había ni denuncias, ni nada. Yo estaba horrorizado ya de aquella, viéndolo incluso en matrimonios ya muy mayores, padres de amigos. «¿Cómo es posible que alguien pueda zurrar a diario a esta mujer?». Eso fue cambiando; la relación entre sexos ha cambiado mucho allí también, pero era terrible.
Una cultura muy distinta. Ruth Benedict decía en El crisantemo y la espada aquello de las culturas de la culpa y del deshonor. Las nuestras son culturas de la culpa; Japón es una cultura del deshonor, y eso lo cambia todo.
Sí, sí, sí. Lo intuí más que detectarlo, pero sí. Allí tengo visto cosas como… A ver, allí tuvieron una crisis económica anterior a la nuestra, y en el apartamento que me habían dejado (japonés, con tatamis y todo eso), tenía siempre la tele puesta. No porque me interesase, ni lo entendiese, sino por hacerme el oído a la música de las palabras. Pero un día sí que me fijé, porque vi a un señor haciendo reverencias y pidiendo perdón, pero un perdón que lloraba, gemía. Al día siguiente, pregunté qué había pasado —porque no me enteré, de aquella mi japonés no llegaba a tanto— y me dijeron que era el jefe de una compañía de seguros que había quebrado y que estaba pidiendo perdón. Lo que dices tú del deshonor. Creo que una vez hubo uno que se suicidó en directo, en pantalla.
La culpa la llevas dentro y la lavas, la expías, te confiesas, haces una penitencia para expiarla. El deshonor no se lava, es exterior a ti, afecta a toda tu familia, y si es demasiado grande, el extremo es el suicidio, el seppuku.
Porque eres responsable, y eso ahí funciona, sí. Las relaciones laborales son distintas. Aquí cualquier tío de Vox que lleva una empresa te puede decir eso de «somos como una familia» y es mentira, pero allí no. La fidelidad del último trabajador es a muerte. Es muy difícil que uno se cambie de empresa, o que le echen, es muy raro.
Manos de Vicente Díez Faixat. FOTO: David Aguilar
¿Qué proyectos de tu trayectoria de arquitecto recuerdas con especial cariño?
Que conste que no demasiados, porque siempre me apeteció dar más de lo que me pedían. Por el mismo precio, ¿eh? Tomármelo un poquitín más en serio. Pero bueno, tengo cosas: viviendas, viviendas en altura… Casi siempre he trabajado para promotores pequeños urbanos en Asturias, sobre todo en Gijón; eso de escalera, izquierda, derecha y poco más. Solo hice una promoción privada en Mieres; ciento diecinueve viviendas. Los otros proyectos que hice fueron para cooperativas, y era un trabajo que me gustaba más. Pero el privado nos permitió, dentro de lo que cabe, hacer cosas guapas, espacios comunes, etcétera, cosas que se saliesen de lo… Porque eran viviendas muy baratas, muy económicas, pero conseguir espacios comunes para los vecinos y esas cosas a mí me dejó muy satisfecho. Da más trabajo, pero quedas más satisfecho, la gente queda más contenta, y te acaban tratando, no sé, como un igual.
Jordi Borja cuenta que una vez, encargado de diseñar un paquete de viviendas de protección oficial en São Paulo, se le acercó una señora y le preguntó si las viviendas iban a ser bonitas o iban a ser un mazacote gris, y le dijo que los pobres también tienen derecho a la belleza.
Luis Moya decía algo parecido de la Laboral. El encargo, ya de por sí, era de algo muy grande, muy llamativo, muy de Girón, pero Moya insistió en que tenían derecho a las columnas y a la arquitectura de nivel; que lo otro ya lo tenían en sus casas. En fin, ¿proyectos…? Nos presentamos a concursos, y ganamos unos cuantos, y eso era satisfactorio. Disfruté mucho de un proyecto en Corvera, una casa de encuentros, en el noventa y nueve. Las bases daban mucho tiempo y el programa era una especie de centro cultural sin biblioteca, pero con todos los demás servicios. Lo hicimos con dos japoneses de Tokio, nosotros desde nuestro estudio y ellos desde el suyo, colaborando a través del fax, cuando el fax era papel continuo, que pierde la escala, y que te obliga a que todo esté acotado. Fue bonito. Trabajábamos sin descanso, porque nuestras ocho horas de trabajo —bueno, en realidad más— correspondían a su sueño.
«Hicimos con japoneses una casa de encuentros en Corvera que se contrató a una empresa en la que había la corrupción más espantosa. acabaron derribándolo, acabado, pero sin estrenar. Los japoneses no entendían nada»
Trabajo a turnos, la fábrica funcionando sin parar, como Arcelor.
Sí. Entonces fue un proyecto muy estudiado, de forma muy lenta, salió una cosa guapa, y ganamos, y se adjudicó la obra. Pero el Ayuntamiento de Corvera era un desastre. Acabaron en juicios y hubo condenas de cárcel, aunque luego no entraron. El PSOE estaba dividido en dos facciones que se odiaban —eran los años de los tinistas contra los mineros—, con una tercera facción que había montado un partido corverano independiente de nosequé. Era tremendo. El otro sector no soportaba aquel edificio y contrató a una empresa en la que había la corrupción más espantosa. La ejecución fue un auténtico desastre, y luego todavía a la misma empresa le dieron otra cuarta obra. El centro acabaron derribándolo. ¡Sin estrenar! Acabado, pero sin estrenar. Los japoneses no entendían nada.
Lo del choque cultural que decíamos.
Alucinaban, alucinaban.
Te leí en otra entrevista sobre una experiencia parecida en Cangas del Narcea, haciendo labores de urbanismo, que te hicieron acabar diciendo: «Lo que hace falta aquí no es un urbanista, sino un sheriff».
Sí, eso fue otro encargo que… Encargos digitales, ¿eh? De aquella no había concursos.
A dedo.
El ministerio me encargó tres planteamientos urbanísticos en Cangas del Narcea. Yo soy urbanista, es mi especialidad, y me gusta mucho, mucho. Quizá me guste más la arquitectura creativa, pero también me gusta mucho el urbanismo, y aquello me lo tomé muy en serio, pero era muy difícil trabajar. En aquel entonces no había los medios que hay ahora, dependías de Madrid para todo, la cartografía era un horror y tenía errores gordos… Teníamos que hacer levantamientos y todo lo teníamos que hacer a mano. Pero bueno, me gustaba. Y la cosa iba razonablemente bien hasta que un día… Cangas del Narcea es el segundo concejo mayor de España, me parece; el mayor es Don Benito, Trujillo, uno de esos, extremeño. Muchas parroquias. Y todo el mundo tenía su chamizo ilegal, seguía habiendo accidentes mineros a todas horas, y la gente, en cuanto vendían toda la antracita, se pegaba unas borracheras que… Un poco como en las cuencas, pero en aislado.
Menos ojos puestos sobre el lugar.
Sí, sí. En porcentaje, también era la capital de concejo que más cafeterías, chigres y clubs tenía por habitante. ¡Es que era una cosa…! Se lo gastaban todo. Era un temperamento muy especial. Y en seis parroquias que tuvimos que visitar —porque las visitábamos todas— para hacer inventario de los edificios catalogables, un trabajo muy bonito, que hacíamos con equipos de cuatro personas, nos recibieron a pedradas. Hubo zonas que no pudimos visitar; quedaron manchas blancas en el mapa porque no hubo manera. Que si sois de Hacienda, que si venís a ver nosequé, ¡una cosa…! Y la corrupción. Un día, convocó una reunión José Manuel…, no me acuerdo del apellido. A estas alturas no tengo miedo de decir nombres, pero es que no recuerdo el apellido. Era el aparejador y estaba conchabado con el de Tineo. Estaban mutuamente incompatibilizados en cada municipio, pero se cruzaban los contratos y entonces tenían toda la obra; se la repartían como fuese. Esa era una entre otras, ¿eh? Bueno, este hombre organizó una entrevista en mi estudio. Vino él y vinieron los Cosmen, que eran dueños de medio concejo; bueno, no los Cosmen, sino cuatro abogados de esos de película, vestidos de negro, con corbata y cartera. Empezaron a repartírselo todo; a discutir lo que se daban o no se daban; yo estaba allí de monigote. «Yo aquí te dejo siete alturas», «me tenéis que ceder esto», «esta casona o este jardín, tal», «aquí tiras y haces nosequé». Yo estaba acojonado, y de vez en cuando marchaba, porque me ponía de mal humor: ¡es que ni miraban pa’ mí! No tomé nota de nada. Y esto, delante de mí…
Lo que no harían detrás, ¿no?
Sí, no, ¡y lo que no hicieron! Yo seguí el plan que quería. No por capricho, sino porque había leyes que cumplir, cosas que aplicar y sentido común que aportar. Pasé por todas las fases, la exposición pública, contestar todas las alegaciones, etcétera. Algunas tenían razón; las alegaciones, digo, por errores míos, ¿eh? Y se lo di. Pero ellos no me presentaron ninguna alegación; nada de nada. El plan se aprobó y está ahí muerto de risa: no se aplicó nunca. Lo que se hizo lo decidieron en aquella mesa y yo nunca más pasé por Cangas del Narcea; no tenía ni ganas.
Le cogiste manía al lugar.
José Manuel acabó en la cárcel. Con los Cosmen no creo que haya pasado nada; no sé cómo habrá seguido. Yo cumplí y el plan se aprobó, pero se me quitaron las ganas de volver a trabajar en urbanismo. Otra como aquella no la quería pasar. Estudios de detalle, cosas pequeñitas, sí, pero un plan de estos, no.
Vicente Díez Faixat. FOTO: David Aguilar
Entre 1989 y 1997 presidiste la Fundación Municipal de Cultura de Gijón. Te llevaste bien con Tini Areces, me decías.
Fueron años muy bonitos de Gijón.
Años de florecimiento y transformación de la ciudad, de salir del cascarón, sí.
Muy bonitos. Vamos, y horribles, porque el paro en La Calzada, por ejemplo, superaba el cincuenta por ciento.
La droga…
Bueno, eso ni te cuento. Pero vamos, los tres sectores industriales clave —astilleros, minería y siderurgia— estaban en crisis. Pero la ciudad se transformó, sí, y Tini era una maquinona, muy currante, y con iniciativa. Y sobre todo, a diferencia de todos los que vinieron detrás, no vendía la piel del oso hasta no cazarlo. Yo no le conocía, y cuando me ofrecieron el cargo este, puse condiciones. Por ejemplo, no me incompatibilizaba legalmente, pero me autoincompatibilicé. La gente confundiría cosas, y lo prefería así, aunque hiciera daño a mis socios. Tuvimos trabajo en otros sitios, así que no se notó. También pedí libertad de voto total. Mi silla correspondía al PSOE, pero Tini quería a un independiente, y yo la disciplina de partido…
Si soy independiente, soy independiente, ¿no?
La mayoría de las veces, los proyectos se hacían en común, y votaba a favor, pero tengo votado en contra a propuestas del PSOE. Me ponían a caldo, tuve enfrentamientos gordos con gente que luego acabaron siendo amigos personales. Lo uno no quita lo otro. Esta gente lleva una doble vida. Las militancias políticas son como las religiosas, una cosa de beatas. Tú seguro que lo ves de una forma más científica, para entenderlos, pero esas creencias, ese «esto es así porque lo dice el jefe, el partido»… ¡Puede ser que no! Por lo menos, somételo a autocrítica. Pero en fin, no sé por qué razón, Tini, sin conocerme, tuvo confianza en mí desde el primer día. Y ahora ya tengo muchos años y he hecho cosas, pero de aquella…
Eras solo una promesa.
Sí, pero confió en mí durante dos legislaturas. Diseñamos todos los centros de barrio, que posiblemente sea algo que tuviera que ver con que me eligieran a mí, porque yo antes había hecho veintitantas casas de cultura en los concejos, por encargo de la Consejería de Cultura de [Manolo] De la Cera. Además, habíamos decidido nosotros las preferencias: qué concejos necesitaban más o menos en función de muchas cosas. Parte de ellas se han tirado, porque quedaron pequeñas, pero funcionaron. Fue un encargo bonito, aquel, que compartí con otros tres compañeros. Y quizá lo del Ayuntamiento tuviera que ver con eso, aunque de los centros de barrio no pude hacer ninguno. Bueno, sí, el de El Coto, pero eso era un proyecto que ya venía de antes. Tini me dio mucha libertad para todo, y yo nunca pedía dietas, hasta que un día íbamos a Madrid para gestionar una cosa y ¡joder la que montó Tini en el coche porque se enteró de que no cobraba dietas! Me acuerdo del chorreo de Tini llamando por teléfono porque yo tenía que cobrar dietas de concejal: una cosa era que no cobrase salario, porque entonces me incompatibilizaba —que ya lo estaba—, y otra que… Y a partir de ahí me pagaron dietas de concejal. Que le dedicaba tiempo, ¿eh? Pues bueno, con Tini muy bien. Conocí al personaje, sobre todo, en algún viaje como aquel, e hicimos mucha amistad con Marisol [Saavedra], su mujer, ¡que nos tiene un cariño…! Mira que la odian, ¿eh?
¿Quién la odia y por qué?
Mucha gente, mucha gente. No sé. La ven una tía vacía, despampanante… Pero es inteligentísima. ¿La conoces?
No.
No la conoce nadie. Con Tini tenía una relación muy particular. Me acuerdo de las broncas que le echaba en un viaje que hicimos a San Sebastián. Tini iba a ver a Odón Elorza, que era entonces el alcalde de San Sebastián, y había hecho alguna cosa de festejos. Aquí no había nada; un concejal que convocaba cosas a capricho. Para darle a aquello un poco de estructura, fue a visitar a Elorza, para que le explicase el modelo. Bueno, ¡qué broncas le echaba Marisol en las comidas! Broncas respetuosas, pero broncas. Le ponía a caldo. Pero ¡con qué respeto la miraba Tini!
¿Broncas por qué?
Por diferencias políticas. Hombre, yo pienso que votaría al marido…
Pues igual no, ¿eh? No sería el primer caso.
No sé, no quiero pensarlo, porque había mucho cariño en aquella pareja. De vez en cuando se decía que se separaban, se dijo muchas veces, pero qué va.
Hablando de San Sebastián, ¿cómo fue conocer a Chillida?
Una de las cosas así personales más enriquecedoras de aquella etapa. Lo conocí bastante; fui bastantes veces a San Sebastián a verlo, ya por mi cuenta; me invitaba a comer a su casa, vamos.
¿El enlace con él para contratar el Elogio del horizonte fuiste tú?
Yo no tengo nada que ver con eso, no. La gente dice que sí, y no. Estaba allí, pero el que le contrata es Paco Pol, que era el arquitecto que estaba haciendo el proyecto del cerro de Santa Catalina, y dijo: «Aquí viene bien un monumento, un hito, alguna cosa». Y coincidió que aquel año le dieron el Premio Príncipe de Asturias a Chillida.
«Fui muy amigo de Chillida, aunque vivía como en una nube, con toda la familia viviendo de él. De su mujer y sus hijos diría cosas muy diferentes, pero con él muy bien»
Chillida andaba buscando una ciudad cantábrica para hacer el Elogio, ¿no?
Cantábrica, no: del mundo. Buscó en Bretaña, en los Monegros… Pero ningún sitio le gustó tanto como este. Curiosamente, todos los sitios que le atraían eran posiciones militares. Los militares buscan posiciones defensivas que controlen el paisaje. Y Chillida, en Bretaña, tenía un horizonte; en los Monegros no sé el que tendría, pero el que más le gustó lo encontró aquí. Yo luego, ya te digo, tuve mucha amistad con él, aunque vivía como en una nube, con toda la familia viviendo de él. Pregúntame por su mujer y sus hijos y te diré cosas muy diferentes, pero con él muy bien.
De lo que decías del Tini maquinona, ambicioso y con iniciativa me han contado muchas veces una anécdota. Se estaba diseñando la avenida del Llano y, no sé por qué, había algún problema, algún obstáculo, que impedía hacerla rectilínea. Los que estaban a cargo de eso se partían los cuernos para encontrar la solución y no la encontraban. Se lo comentaron a Tini, desesperados, y con toda tranquilidad Tini les dijo: «Torcedla». Y ya está. Si tu iniciativa se topa con una linde, sáltala. Tini fue eso para bien y para mal.
Me pega. Vi cosas de esas. Que conste que yo no le había votado. Yo he votado a la izquierda, y al PSOE no lo meto en la izquierda, pero lo uno no quita lo otro. A veces la gente del PSOE me dice: «Es que Tino no era del PSOE: era del PCE». Y no, no: Tini había dimitido del PCE y empezó de independiente, y sacó el carné ya siendo alcalde, pero era del PSOE. Sin embargo, siempre anteponía Gijón a las consignas del partido.
Los patanegra del PSOE, gente tipo Juan Luis Rodríguez-Vigil, siempre le detestaron.
Pero era una fuerza de la naturaleza. A veces desaparecía días y nadie se enteraba, nadie sabía donde estaba, y volvía de Bruselas habiendo conseguido mil cosas. Estando en la Fundación de Cultura, recuerdo una: un día nos llamó por teléfono y nos dijo que para el día siguiente había que tener preparado un plan cultural por cuarenta millones de pesetas. ¡Y lo tuvo! Con toda la gente trabajando de noche. Nadie pidió horas extras. Es que era muy bonito el ambiente. Vamos, era ser imbéciles, el primero yo, pero…
Sí, había una conciencia de ciudad que se transformaba y en la que había que arrimar el hombro en pos de esa transformación.
Y entusiasmo, y Tini escuchaba, y se le proponían cosas y decía que adelante. La gente recuerda los años aquellos de la Fundación con mucho cariño. Luego fue decayendo, decayendo, y se convirtió en una máquina burocrática en la que cualquier cosa te lleva… ¿Tú nunca militaste en nada?
En la Juventud Comunista de Asturias, de chaval.
El PCE fue por donde yo más anduve en la Transición. Eran los únicos que estaban organizados y funcionaban.
Era el Partido, el lugar en el que tenías que estar si querías hacer algo real contra Franco.
Yo recuerdo haber votado a otros partidos a la izquierda del PCE y luego de Izquierda Unida, pero era tirar el voto. Ahora estoy en un momento en el que voto porque me obliga Oriol. «¡Vota! ¡Vota!». Para hacer daño al que va a ganar o cualquier cosa de esas. Me da argumentos así, y la verdad es que pico. Oriol está más formado que yo, tiene las carreras que tiene y mucho sentido común, y es muy bonita la relación que tenemos con él y él con nosotros. Hombre, es un bocazas, y grita lo que quieras, pero tenemos una confianza absoluta y nos tiene calados, y nos mima pero tremendo.
¿Cómo y por qué se acabó la etapa de la Fundación?
Más de ocho años, las cosas fieden, y llegó un momento en el que quise dejarlo. Ya había dado de mí todo lo que podía dar y no quería repetir. Iba a presentar la dimisión, haciéndolo lo más suave posible: simplemente pedir que no me nombrasen. Pero aquel mismo día me plantearon que querían un político, un técnico del PSOE. Yo encantado. Vamos, no encantado: me habría gustado más otro técnico independiente. Pero…
Viste abierta la puerta de salida.
Sí.
Vicente Díez Faixat. FOTO: David Aguilar
En los últimos años has trabado y estrechado lazos con comunidades indígenas de Latinoamérica que te han llegado a admitir como uno más, algo que me contabas alguna vez que te resulta muy enriquecedor. Sobre todo, colaboras con una comunidad peruana: Taray. ¿Cómo surge todo eso?
Yo había hecho trabajos de cooperación internacional, hace muchísimos años. Para la India, para la Fundación Vicente Ferrer, en Anantapur. Luego lo cogió la infanta y se convirtió en una mierda y me borré, pero al principio tenía buena pinta y un día le escribí. Me gustaban las cosas que él hacía. Y me contestó. Él había luchado aquí en Gijón en el bando republicano. Tengo una carta de él muy guapa, muy cariñosa. Me ofrecí a colaborar en lo que pudiera. Ir a la India, a Anantapur, me resultaba muy difícil, pero les pedí cosas para ser útil: fotografías de construcciones populares, por ejemplo, y me las mandaron. Luego les pedí muestras de tierra para construir en adoble y ya no me las mandaron; la cosa se fue quedando así. Pero hice algún proyecto; ejercicios mentales míos, con bóvedas nubias, por ejemplo, que allí no tienen tradición, pero que son muy económicas y te liberan de la paja, que es efímera y hay que reponerla. Después, me fueron saliendo cosas en Senegal, a través de un amigo; me hice socio de una oenegé pequeñita que luego se fue al carajo. Hicimos una escuela. También hice cosas para los masáis, cosas pequeñas, de detalle, que necesitaban. Pero es muy complicado. Para Senegal era fácil conseguir fondos, porque por la emigración que hay aquí lo consideran área prioritaria, pero llegar a los países anglófonos de más al sur era más difícil; están casi vetados y me era muy difícil conseguir dinero siquiera para hacer un pozo. Yo me iba gestionando como pudiese, pidiendo a gente y tal. Lo de América fue distinto. A mí no me gustan las redes sociales, pero las utilizo mucho, porque me ayudan a conocer a mucha gente. Tengo una red de arquitectos del mundo que me fueron interesando y a los que fui contactando, y unos se caen y otros quedan, pero de ahí salieron trabajos compartidos e incluso un texto para un libro que iban a editar en Japón unos arquitectos suecos que me lo encargaron. Cosas así, de simplemente «mira, este tiene buena pinta, voy a escribirle a ver qué pasa». No solo arquitectos, sino escultores, artistas plásticos… Un día descubrí a un escultor quechua del que no entendía nada, ni lo que hacía me interesaba nada, pero sentí que ahí había algo y me entró la curiosidad. Empecé a escribirle y me contestaba, y llegó un momento en que le hice tantas preguntas, cada vez más complicadas, que me dijo: «Mira, mejor escribe a mi padre». El padre era el líder de la comunidad y empecé a escribirme con él. Luego me invitaron al Inti Raymi, que eso es la hostia.
La Fiesta del Sol esta de Perú, ¿no?
Sí. Van naciones indígenas de otros sitios. Cuando voy, soy el único blanco en trescientos metros a la redonda.
¿Indígenas de dónde? ¿De los Andes, de toda América, del mundo?
Se habla en términos de Abya Yala.
El topónimo decolonizador que se propone para América, ¿no?
Sí, el continente entero. Todos los años vienen aymaras, quechuas… Pero también del norte: navajos, hopis, pueblo… Yo ya he ido a cinco, y este año voy. El año pasado vinieron unos que no conocía, los stolo, que son de Canadá, de la costa del Pacífico. Los hombres del río.
¿Parte del mundo inuit?
No, no son inuits. Esto ya es Canadá p’arriba, pero viven en la costa. Se llaman «los hombres del río»; por lo visto, stolo quiere decir eso. Yo no los conocía ni de oídas, pero los conocí allí: iban con el anciano —¡que era más joven que yo!—. Por eso estoy estudiando inglés ahora: no me puedo perder las conversaciones con esta gente.
«en el Inti Raymi hay rituales en los que se consumen alucinógenos, ¡pero a mí no me hacen efecto, tío!»
¿Y cómo es el festival? ¿Conferencias, ceremonias…?
Ceremonias hay, y rituales en los que se consumen alucinógenos. ¡Que a mí no me hacen efecto, tío! Cada pueblo expone sus proyectos, lo que tiene en marcha, y muchas cosas las hacen en común. La wiphala, el damero multicolor, la bandera indígena, no pertenece a unos: es algo que les une. Les unen muchas cosas. Les une la Pachamama, que no es ninguna diosa, ni nada parecido. En el norte es la Madre Tierra, pero es lo mismo. Que luego el rito sea de una manera u otra es otra cosa. Tienen mucho en común, y luego pequeñas diferencias de un pueblo al de al lado. Están muy orgullosos de ello. A mí me llama la atención. Aquí estamos a banderazos.
¿Y entre ellos se entienden en inglés?
Con los del norte, sí. Y los del sur, en español.
Es una paradoja, eso, ¿no? La lengua del colonizador es la que te sirve para entenderte con otros colonizados, y la conciencia de unidad que tienes con ellos no existiría si no fuera por la colonización.
Sí… También están recuperando el quechua, pero sí. Luego viene gente curiosa. Hace dos años estuvo un tal Robert, que es pueblo, de los indios pueblo, que construyen en adobe. Es músico, cantante, tiene dos grammies. E hizo un ritual en el que, por supuesto, ni fotos, ni grabar, ni nada; un ritual que ¡vamos! Nos teníamos que colocar con los hongos, ¡pero es que yo no me coloco con nada, tio! ¡Una frustración…! Me quedé flipado con la voz; esa voz como la de los mongoles, que les sale como de… No sé, son unas experiencias que no tienen nada que ver con la arquitectura: hasta ahora no te he dicho nada de arquitectura; la arquitectura vino después. Lo fundamental para lo que voy es eso. Lo vinculo con la antropología, que siempre me interesó. Empecé con Lévi-Strauss y ahora estoy con Clastres.
De Clastres yo leí un libro que se titulaba… ¿cómo? ¿Contra el Estado, puede ser?
La sociedad contra el Estado, sí, sí. Tiene tres en castellano.
Me interesó mucho el libro aquel. Recuerdo que hablaba de tribus en las que se nombra un jefe, porque un jefe tiene que haber, pero ser jefe no da prestigio, sino que eres un pringao del que todo el mundo se burla, que recibe la peor parte en los repartos, la casa más cochambrosa… Como para compensar el hecho de que mandes, desde la conciencia de que hay que tener cuidado con los mandamases y bajarles los humos.
Sí, sí. Sí, sí. En las comunidades que yo conozco funciona un poco así. El régimen interno es muy igualitario, y hasta cierto punto anarquista. No hay un jefe: el líder es otra cosa, un símbolo. En la comunidad Taray, el líder lo es porque tiene carisma, habla idiomas, ha viajado bastante, viajó por toda Europa tocando por la calle… Es un poquitín referente para muchas cosas, pero no es el único, y en las asambleas —en las que me dejan participar y votar—, si quiere hablar, tiene que pedir la palabra; y si le toca el tercero, habla el tercero. Ahora, con la llegada de Trump, están jodidos, porque buena parte de las subvenciones —vamos, todas— que les venían de Estados Unidos se les han cortado, y la escuela, por ejemplo, era gratis, y ahora no saben qué hacer. Se les han roto muchos esquemas. Tienen que andar alquilando colchones, por ejemplo, porque con trescientos invitados, no hay sitio donde meterlos en las casas, y hubo que aportar, hubo que poner para alquilar los colchones, porque más que eso no se puede. Allí todo es muy cooperativo, el sistema este de la minga, en el que todos ayudan a lo que sea, desde hacer una comida hasta hacer una casa.
La sestaferia.
Como la sestaferia, sí, pero ahí surge por necesidades. Uno va a hacer una casa y todos la hacen. Yo aprendo mucho. Ahora estoy a ver si consigo proponer alguna cosa que funcione mejor que la paja para la cubierta de las construcciones de adobe que hacen, porque la paja dura dieciocho años (teóricamente veinte, pero no llega), tienen que sustituirla, y es un coñazo. Yo disfruto como un gilipollas con todo esto. En unos sitios es bambú y en otros es bahareque, que es una cosa parecida a la tabiquería que se hace aquí, trenzado de vara, con barro y demás. Aprendo muchísimo.
Es el contramodelo de la arquitectura de los arquitectos estrella, esto, ¿verdad? Frente al modelo Calatrava, al arquitecto estrella que hace un proyecto lo más llamativo posible y lo planta en medio de un sitio, sin el menor esfuerzo por integrarlo paisajísticamente —porque lo que quiere es lo contrario, que destaque—, una arquitectura que busca deshacerse en el paisaje, emerger de él, y ser también muy colectiva. El arquitecto no es un genio, sino un poco lo del jefe de Clastres: alguien que sabe algo y lo pone al servicio de una comunidad que hace las cosas con él, al lado de él, y no bajo sus órdenes.
Un arquitecto que desaparece, sí.
Hay una anécdota que se cuenta a veces y que posiblemente sea apócrifa, pero podría no serlo: un arquitecto que diseñó una biblioteca muy vanguardista y muy bonita y muy llamativa que, cuando se construyó, empezó a hundirse poco a poco en el suelo. El tipo no había calculado el peso de los libros.
Pues no me extrañaría que hubiera pasado.
O aquello otro que pasó en ¿Chicago, creo? Esto sí que pasó de verdad. Un edificio de estos metálicos, tipo Guggenheim, que cuando se construyó empezó a hacer efecto lupa y a derretir y a achicharrar todo lo que tenía alrededor, donde se generaron temperaturas de cincuenta y pico grados. La buena arquitectura tiene que emerger del paisaje, integrarse en él, y para eso el arquitecto tiene que entender el paisaje, y el paisaje es todo. Es antropología, clima, historia…
Dialogar con el entorno, claro. Eso a mí me gustó siempre. No siempre lo puedes hacer, porque prevalecen normativas, interpretaciones de las normativas y esas cosas, pero siempre lo he intentado. Tienes que meterte en todo, sí. Y eso te hace lo que yo soy: un diletante, especialista en nada, pero que sabe un poquitín de todo. La antropología siempre me gustó. Quise estudiarla después, como carrera, pero no tenía tiempo, y también pensé que para qué quiero un título. Fui leyendo por mi cuenta. Yo ahora no me quiero jubilar, ni puedo, porque esto me gusta, me encanta, ha sido mi vida desde niño; pero quiero disfrutar y esos grandes trabajos los delego en mis queridos socios, uno de los cuales tiene cuarenta años y no le queda otra. A mí me gusta, por ejemplo, lo que hacen dos estudios en Quito que encontré y de los que ya soy amigo. Los descubrí por separado y ahora ya comparten estudio; se han juntado para hacer cosas así: bibliotecas de madera, de bambú, que no se hunden, sino que están absolutamente integradas en el paisaje. Con criterio social, además. Ahora están haciendo una casa promovida por las putas de Quito, que quieren impedir que las mujeres tengan que caer en lo mismo que ellas. Formaron una cooperativa, compraron un terreno y están haciendo una casa de acogida para mujeres que están medio condenadas a ser putas, para que aprendan un oficio. La están haciendo estos arquitectos con los que comparto muchas cosas, ideológicas también, con los matices que sea, y que me dejan alucinado.
Vicente Díez Faixat. FOTO: David Aguilar
¿Dónde está Taray? ¿En el Perú andino, o en el amazónico?
En el andino, al lado de Machu Picchu. Del Amazonas, tengo un encargo que me han hecho, igual que me hacen otros, pero tengo problemas con los pueblos de allí. No confían. Que lo entiendo, ¿eh? La desconfianza me la tengo merecida. Pero no confían, no. Hago cosas para ellos, pero la relación es muy, muy formal y un «ven cuando quieras», pero sin la calidez que recibo de los quichuas. Me comunico con ellos a veces, por videoconferencia, pero todo es mucho más formal. Falta algo ahí que no, no… Es que ni p’atrás. También es que los otros tienen más experiencia, han visto a más gente. Yo hice un hospitalito para una comunidad en la que tres cuartas partes eran waorani: un pueblo originario que salió a la luz hace cincuenta o sesenta años, y que conserva muchas tradiciones. Van en pelotas, y en Facebook no me doy cuenta y me acusan de publicar pornografía.
El mundo andino y el amazónico son muy diferentes, y recelan también el uno del otro, ¿no? No solo de los europeos. Lo leí alguna vez. Los españoles agarraban a la gente del Amazonas y la mandaban a trabajar en las minas de la cordillera, una experiencia que ya era atroz para la gente de los Andes, pero más aún para la de la selva, que no estaba acostumbrada al mal de altura. Pero parece que la cosa, a su escala, ya venía del tiempo de los incas: los españoles simplemente multiplicaron y agravaron y convirtieron en una cosa capitalista o protocapitalista lo que hacía el Imperio inca. Y ya antes de Colón había un recelo amazónico hacia la cordillera que perdura hasta hoy.
Así es. Al Inti Raymi no van, por ejemplo, y yo he hecho gestiones para que vayan, pero no quieren. Ellos no tienen un Inti Raymi; es una estructura mitológica, cosmológica, diferente. No sé. En esa comunidad en la que tres cuartas partes eran waorani, la cuarta eran quichuas, y es otra cosa. Son más acogedores, por lo menos para mí. También hago cosas para los aymaras. Un grupo aymara me ha encargado una escuela al lado de La Paz, por ejemplo. Van surgiendo cosas así, que no son trabajos de cooperación internacional como el que estoy haciendo en Benín, sino encargos de amigos, como un estudio para este amigo escultor, con un horno y demás.
¿Y cómo es Benín? Tal vez sea uno de los tres o cuatro países de los que menos sepamos, en general. Sé que la capital es… ¿Porto Novo? Y ya está.
Porto Novo y Cotonou. Una es la capital política y otra la económica. Son casi la misma, ¿eh? Están unidas. Pero bueno, a partir de una raya… ¿El país? Es interesante. No tiene turismo, nada de nada, y entonces la población es virgen. Virgen en el sentido de que no está contaminada por el turismo, que virgen en el sentido literal, no: la mayor causa de mortalidad sigue siendo el sida. Pero vaya, que son gente amable, sonriente…
Edificio del INEM de La Calzada.
Centro Cívico de El Coto.
Interior de una vivienda unifamiliar.
Nave industrial en Xixón.
Esa inocencia de los lugares en los que el turismo todavía no se ha convertido en un negocio, ¿no? Yo eso lo noté mucho en Sudamérica, en el paso de Bolivia a Perú en el lago Titicaca. En la zona boliviana, se te acercaba gente a charlar contigo que veías que no tenía el menor interés pecuniario, sino genuina curiosidad y ganas de hablar. En Perú, un país mucho más turistificado, era distinto: sí notabas que te veían nada más que como un recurso económico. Que lo entiendo, ¿eh? Recurso económico eres y es normal y legítimo que te quieran exprimir. Pero es bonito vivir lo otro.
Sí, sí. En Benín es así. Pero quieren que deje de serlo… Están haciendo unas calles en Cotonou que son casi autopistas, avenidas de dos carriles en cada sentido, muy anchas; y están prohibiendo a los vendedores callejeros vender en la calle. Esas autopistas urbanas no están hechas para una moto, y me estoy temiendo lo peor: que sea todo parte de una infraestructura que mire a la costa y a la explotación turística.
Los bulevares de Haussmann en París, pero en versión posmoderna.
Algo así, sí. Lo de Haussmann era con fines defensivos y era otra cosa. Esto me parece que es con fines de coches y de turistas y de hoteles y me da mucha pena. ¿Por qué se tiene que enriquecer un país con eso? ¿Por qué no hay otras opciones? Mira, Cuzco queda a tres cuartos de hora en coche de Taray, y a Cuzco voy con mucha frecuencia, pero no lo conozco, porque es que no puedo. Ni lo intento. ¡Hay tal cantidad de gente…! Bajo a acompañar a un amigo de Taray al dentista, a cosas así. Una vez que fui a eso teníamos que cruzar por la plaza de Cuzco, pero fue imposible; tuvimos que dar un rodeo, callejeando por calles laterales. Además, coincidía con un festival de algo, y esa parte del muro y de las once esquinas, o de los once ángulos, es que no la conozco, no la vi. Me da mucha pena. Lo estamos viendo aquí también, en Barcelona, en Mallorca, en Madrid, y ya también en Gijón. La turistificación; que la gente se marche porque ya no puede vivir en su ciudad. Se habla de medidas políticas contra ello, pero es el sistema el que tiene que cambiar. No de un día para otro, ni por una ley, sino evolucionando, pero tiene que cambiar. ¡Las cosas que pasan en Gijón, chico! Que si el soterramiento del Muro, que si… O lo de la estación, que tiene su historia. Cuando yo estaba en la Fundación de Cultura, Tini ya quería hacer cosas con las estaciones, y hubo reuniones con Renfe, y Tini me preguntaba cosas a título personal, aunque no me correspondiera como presidente de la Fundación de Cultura decir nada sobre eso. No se fiaba de los arquitectos que tenía ahí, y de mí sí, y además sabía que yo tenía relación con arquitectos de todo el mundo. Me pidió que lanzase ofertas a cuatro estudios importantes del mundo. En aquel momento se había hecho, por ejemplo, la Expo de Lisboa y una estación de tren que diseñó Calatrava; cosas en marcha de ese tipo, y arquitectos estrella que empezaban. Él quería meter un arquitecto estrella aquí. A mí no me parecía ni mucho menos necesario, pero contacté con varios y les dije que sugiriesen ideas para hacer una estación. La cosa, luego, fracasó, pero contactar, contactamos. Con Norman Foster, por ejemplo: «el marido de la Ochoa», me dijo. A contactar a Calatrava, yo dije que no.
¡Menos mal!
Lo dije: yo a Calatrava no lo llamaba. Pero bueno, se contactó a cuatro estudios, y vinieron aquí, y se lo tomaron en serio, y yo acompañé a la gente que vino de esos estudios, e hicieron propuestas. Renzo Piano dijo que no tenía tiempo y no me acuerdo a quién más llamamos. Pero la cosa, que para mí fue una experiencia muy interesante, se fue quedando en nada. Era una cosa como muy pretenciosa y que rayaba en lo imposible. El caso es que, cuando luego llegó Mapi [Felgueroso, alcaldesa después de Areces], pero bastantes años después, un día estaba ella en Londres, no sé si porque había ido a ver a su hija o de vacaciones con las amigas, y no se le ocurrió mejor cosa que ir al estudio de Foster sin avisar. Me lo contaron, ¿eh? Me cuesta creerlo, pero me lo contaron. Fue al estudio de Foster y tocó al timbre: «Vengo a ver a don Norman». Vamos, no sé cómo habrá sido, pero una cosa así de surrealista. Iba a encargarle o a preguntarle algo de la estación, como alcaldesa de Gijón.
Es una escena como de Gila o de Berlanga. Cuesta creerlo, sí.
Sí, sí, sí, Pero me lo contó gente de la casa. Afortunadamente, Norman no estaba, y se dio la vuelta. Pero es que luego lo dijo: «Estoy intentando localizar a Norman Foster». ¡Pero si los de Norman Foster ya habían venido! Ir a picar al timbre no es lo procedente para un cargo así, ni para nada. ¿Y si no la creen? En fin. Volviendo a las comunidades indígenas, ahora estoy conociendo a bastantes de Brasil. Hay un chaval que es nasa, colombiano, que está estudiando una historia de intercambio cultural, pero indígena, y quiere promover la lengua originaria y hacer intercambio con otros pueblos. Es un tío muy inteligente y hay una universidad para eso, que está en Foz do Iguaçu.
Donde las cataratas, ¿no?
Sí, sí. Pues a finales de julio estaré yo ahí también. Estaré varios días. Las cataratas las veré, porque el vive en una casa que tiene alquilada, desde la que se ven. Yo nunca estuve en Brasil y, bueno, tampoco voy a estar, porque son viajes en los que prefiero meterme en pueblos y hablar con gente. Lo tengo muy claro. Tengo otro amigo indígena en Bogotá, quechua —con rasgos como de mural: la trenza hasta el culo y tal—, al que quiero y que me quiere mucho, y que una vez se empeñó en que tenía que ver el Museo del Oro. A mí no me apetecía, pero me insistió. «¡Tienes que verlo!». Me gustó muchísimo, ¿eh? No es muy grande, pero tiene una selección de piezas muy buenas, muchísimas, y bien expuestas, todo muy ordenado y pedagógico. El caso es que hubo tirantez en la entrada, porque a mí me dejaban entrar gratis, como extranjero, y a él le cobraron entrada por indígena. ¡Si son cosas de sus abuelos, oye! ¡Me entró un cabreo…! Es que siguen así. Pero la gente está recuperando el orgullo de una manera más bonita que los nacionalismos de aquí, desde mi punto de vista; mucho más natural, más de apoyarse y…
Enjambres, red, lo que decíamos antes. Un orgullo étnico que no es egoísta, sino, pues bueno, Abya Yala, lo que decíamos antes; la conciencia de tener diferencias pero de ser todos parte de un mismo sustrato, de un mismo gran sujeto. El objetivo no es crear nuevas fronteras ni una bandera en la ONU, sino salirse de ese modelo. No quieren un Estado, sino que les dejen vivir en paz al margen del Estado; lo de Clastres.
Sí: encuentros entre todos, muchos intercambios… Para mí, es mucho más enriquecedor. También hay intercambios con Gijón. Ahora estamos viendo cómo sacamos fondos para que los niños que acogieron en sus familias a los quechuas de Taray vayan para allá.
Pues mucha suerte, Vicente. Y gracias por esta entrevista tan guapa.
¡Gracias a ti!

Este contenido cuenta con el patrocinio de la Dirección General de Memoria Democrática de la Consejería de Ordenación del Territorio, Vivienda y Derechos Ciudadanos del Gobierno de Asturias.
