Rory McIlroy, trotón durante las dos primeras jornadas del PGA Championship, se desbocó cual purasangre este sábado rumbo al título en Aronimink. De conseguirlo, sería el segundo consecutivo en un grande para el norirlandés, algo que no consigue nadie desde que Jordan Spieth se adjudicara Masters y US Open en 2015, cuando esta cita era la cuarta manga del Grand Slam en el orden del calendario. El propio Rory lo hizo un año antes. Enlazó PGA y British Open para entrar después en una sequía de una década. La dio por concluida en el Masters de 2025, repitió chaqueta verde hace unas semanas y ahora es complicado dibujar su techo en cuanto a majors. Va por seis y no parece descabellado pensar en la decena. Quizá ni siquiera la quincena sea una quimera. Por lo pronto el séptimo es una posibilidad muy real. A 54 hoyos está muy cerca de la cabeza, que llegó a tocar, tras disparar un 66 (-4) en el tercer recorrido.
McIlroy había criticado tras la segunda vuelta la preparación de la sede de Filadelfia (EE UU). Las banderas del viernes, más bien escondiditas, no gustaron. “Las más difíciles” de su vida, declaró Scheffler. “Es un síntoma de una preparación no muy buena”, tiró a dar el de Holywood. Y la PGA abrió el grifo con unas posiciones más accesibles en un día en el que además no sopló mucho viento hasta el tramo final. Era una invitación a hacer pocas que muchos aprovecharon.
Rory fue de los que activó el modo saqueo. Le rebañó seis birdies al diseño de Donald Ross, pateando de cine. Iba camino de su 11ª vuelta de 65 golpes o menos en los grandes, que le habría convertido en el que más veces ha alcanzado esos guarismos, cuando un error de cálculo en el 17 le costó el segundo bogey del día. No el liderato en casa club, que compartió con Schauffele entre los que salieron pronto.
“La dirección del viento ha sido distinta y eso ha ayudado en algunos hoyos. Algunas posiciones de bandera eran más generosas, aunque otras siguen imposibles. Pero los pares 5 eran alcanzables, las calles están más secas y cortadas a favor”, reflexionaba sobre las condiciones favorables después McIlroy, que verá Batman: el caballero oscuro para desconectar.
Tras firmar un 74 en los primeros 18 hoyos figuraba en el puesto 105º y dos días después tiene a tiro empatar en el sexto peldaño del palmarés histórico del Grand Slam con Harry Vardon, Bobby Jones, Gene Sarazen, Sam Snead y Arnold Palmer, ahí es nada. Por delante ya solo quedarían Tom Watson (8), Gary Player, Ben Hogan (9), Walter Hagen (11), Tiger Woods (15) y Jack Nicklaus (18). En contra tiene una estadística demoledora: solo cuatro jugadores han ganado un major tras acabar el primer asalto fuera de los 50 primeros. Steve Jones en el US Open de 1996, Payne Stewart en el PGA de 1989, Mark O’Meara en el British de 1998 y John Mahaffey en el PGA de 1978.
Es una temporada peculiar esta de Rory. En ningún momento ha dado la sensación de autoridad que suele transmitir siempre en algún momento del curso, y el Masters lo ganó con lagunas evidentes en su juego. En Aronimink solo está siendo élite su driver. En lo demás está en la mitad buena del field, pero no entre los mejores. “¿Si lo de ayer (por el viernes) fue una mierda, lo de hoy?”, le preguntaron citando sus propias palabras de unas horas antes. “Mejor. El jueves acabé muy mal, pero pensé que también lo hice en el Masters el año anterior, cuando estaba a siete golpes de la cabeza tras la primera vuelta. Queda mucho golf por delante y pueden pasar muchas cosas”, contestó. Si siguen yendo a su favor este domingo volverá a hacer historia.
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