“Era encantador. Posiblemente la persona más divertida y con la que más me he reído en mi vida con diferencia. Era la típica persona que ilumina el espacio donde va y se hace el centro de atención nada más llegar. Era un tipo tan divertido…”. Quien habla es Mariano Pozo, una institución de la fotografía en Málaga. Una persona que lleva haciendo fotos al Unicaja 43 temporadas. A quien se refiere con esas palabras tan cariñosas es José Rafael Ortiz Rijos, más conocido como Piculín Ortiz. El mítico jugador puertorriqueño falleció el 5 de mayo a los 62 años tras una enfermedad, un cáncer, que sufría desde hace más de dos años. El pívot fue uno de esos nombres de culto a finales de los 80 y durante toda la década de los 90. Sus movimientos al poste, su inolvidable tiro contra tablero y su querencia por el juego de ataque lo convirtieron en un favorito de muchos aficionados. Por supuesto de su país, Puerto Rico, con quien nunca dudó en defender su camiseta (disputó cuatro Juegos Olímpicos y cuatro Mundiales), convirtiéndose en un clásico de los torneos veraniegos hasta sus últimos días como profesional (en los Juegos de Atenas tenía 40 años).
Pero también se ganó la simpatía y la admiración en otras partes del mundo. No en vano forma parte del Hall of Fame de la FIBA. Seguramente donde más huella dejó fuera de su país fue en España. Muestra de ello es su reciente inclusión en el Hall of Fame de la FEB. En nuestro país pasó cinco años y medio en cinco equipos distintos: CAI Zaragoza, Real Madrid, Barça, Festina Andorra y Unicaja. Pozo, que se convirtió en uno de sus mejores amigos en España, recuerda cómo se conocieron: “Le conocí antes de llegar a Málaga, cuando jugaba en Andorra. Con el Festina, jugando un partido en Málaga, yo entonces tiraba las fotos siempre con un flash accesorio. Entonces él fue a tirar un tiro libre que no tocó ni el aro. Se va para mí muy muy cabreado ‘¡No me flashees papá, no me flashees!’. Y cuando terminó el partido vino a buscarme y me dijo ‘Oye papá disculpa, que tenía que buscar una excusa para el entrenador porque no toqué ni el aro’. Así fue como nos conocimos. Cuando vino a Málaga, rápidamente me dijo ‘¡Hostia, el del flasheo!’. Ese año teníamos en la plantilla un grupo muy unido, Alfonso Reyes, Curro Ávalos, Nacho Rodríguez, Dani Romero, Manel Bosch. Y él se acopló a este grupo y era como el padre de todos, porque era el más veterano. Hicimos una piña tremenda. De pasar cumpleaños juntos, fines de año juntos, todo tipo de fiestas. De los siete días de la semana, seis estábamos juntos siempre. Hicimos una piña muy muy chula la verdad”.
‘Piculín Ortiz’ con compañeros del Unicaja como Alfonso Reyes, Nacho Rodríguez, Manel Bosch o Curro Ávalos en la Navidad de 1993. El fotógrafo Mariano Pozo posa agachado a su lado.MARIANO POZOLlorente: “Llegó al Madrid en un momento difícil”
Después de debutar en España con el CAI Zaragoza en la temporada 1987-88, Piculín pasó un curso y medio en Utah Jazz y en febrero de 1990, tras aterrizar en Barajas y aguardar las 48 horas de rigor para que ninguna franquicia lo reclamara y quedara liberado de la NBA, firmaba por el Real Madrid. Dos meses antes, el 3 de diciembre de 1989, había fallecido Fernando Martín y dos semanas después iba a lesionarse de gravedad en una rodilla el otro líder merengue, Chechu Biriukov. En verano, además, Drazen Petrovic se había fugado a Portland. En esa situación, un poco límite, desembarcaba el pívot boricua, que firmó por lo que restaba de aquel curso 1989-90 y otro más, aunque con opción del club de no ejecutarlo, como así terminó ocurriendo.
“No pretendo sustituir a Fernando Martín porque nadie puede hacerlo. Vengo a ser Piculín Ortiz”, aseguraba entonces, una vez confirmada su contratación. En aquel vestuario del Real Madrid estaban entre otros José Luis Llorente y Quique Villalobos. Con el primero, el base, coincidió también en Andorra después de las dos campañas del puertorriqueño en el Barcelona. “Era una persona muy simpática y amable, muy caribeño. Le gustaba presumir de su país con los americanos del norte, como decía. Siempre hacía grupo en el vestuario. Al Madrid llegó en un momento difícil, después del fallecimiento de Fernando Martín y con la lesión de Chechu, que obligó al equipo a reconstruirse varias veces”, explica Llorente, que añade: “Al poste bajo era muy bueno, se movía realmente bien ahí, y en los partidos importantes jugaba muy conectado. En la etapa en Andorra, cuando nos enfrentábamos al Madrid y al Barça estaba metidísimo en el encuentro. Y lo recuerdo también en Zaragoza en un gran duelo con Martín (24 puntos del español frente a 21 del boricua el 13 de febrero de 1988). Era grande y rápido, salía muy bien al contraataque. Era un pívot ofensivo, al que le gustaba mucho el baloncesto y jugar con su selección, Puerto Rico”.
“Quizá debió seguir en el Madrid, pero fueron años turbulentos en el club (en el verano de 1990 fichó por el Barça). Me acuerdo ahora de Johnny Rogers, que también estuvo solo una temporada y no continuó cuando su calidad era enorme. Si alguien puede jugar con su selección hasta los 41 años es que es muy bueno (se retiró tras los Juegos de Atenas de 2004, en los que derrotaron a Estados Unidos por 92-73 en el comienzo del torneo). En mi familia le teníamos mucho cariño”, cierra Llorente.
Con el entonces alero Quique Villalobos, ahora destacado representante de jugadores, Piculín compartió menos tiempo. Apenas los tres meses de competición que les quedaban por delante a los blancos. En mayo caían en las semifinales de la Liga por 3-0 a manos de un potente Joventut. “No coincidimos mucho tiempo, pero era una persona muy maja a la que le gustaba relacionarse. Incluso recuerdo que alguna vez se llevó a los júniors a cenar, a Javi Pérez, Tomás González…, al Asador Donostiarra. Era muy social y le encantaba estar acompañado. En la pista, tenía buenos movimientos cerca de canasta y un tiro a tabla bastante característico. Llegó al Madrid tras el fallecimiento de Martín, pero él era otro tipo de jugador”.
Piculín Ortiz con el barça, con quien ganó la Copa del Rey y fue finalista de la Copa de Europa en 1991.
De la Casa Blanca, al Barça tras ejecutar el club blanco el corte de su contrato. “Me apetecía seguir en el Madrid, pero… No creo que puedan fichar en el mercado un pívot mejor que yo”, así se despidió Piculín tras promediar en 19 partidos en la ACB 16 puntos y 7,2 rebotes. En el Barça, en las siguientes dos temporadas, logró su único título en España, la Copa del Rey de 1991. Ese mismo año llegaron a la final de la Copa de Europa, cayendo con el Pop 84 Split de Toni Kukoc. Después de Barcelona llegarían Andorra y Málaga, una ciudad que le dejó huella, como confirma Pozo, quien siguió manteniendo el contacto con él: “Sí, a través de redes sociales y móvil hemos tenido contacto. También desde que le pasó aquello con la justicia y luego cuando me enteré de la enfermedad. De hecho, yo hablé con él muy poco tiempo antes de su muerte y la intención que tenía era volver a Málaga a estar con la gente. Tenía muchas ganas. Me dijo que en cuanto pasara lo peor se venía. Yo sabía que estaba mal, pero no me imaginaba este resultado con tanta rapidez. Porque él tenía la esperanza de poder venir, así que yo pensaba que estaba saliendo para adelante”.
En la semilla del gran Unicaja
Nacho Rodríguez coincidió con Piculín Ortiz en Málaga en la temporada 1993-94, justo antes de la gran explosión del Unicaja de Imbroda con aquel subcampeonato mítico de 1995. “Es difícil explicar lo que significó Piculín en Málaga. Era una figura inmensa, que había estado en la NBA, en el Barça… Un jugador mediático, de los que veías de televisión. Pondré un ejemplo. A mí me daba tanto respeto y tanta vergüenza estar entrenando con él que, en los primeros meses de entrenamiento, en los ensayos de tiros libres yo me iba a la canasta contraria a la que estuviera él para que no me viera tirar. Era un trauma. Él era tan bueno… Lo veías, especialmente en los primeros meses como alguien muy superior”.
Sin embargo…, “lejos de vivir en su burbuja, empezó a hacer el día a día con nosotros. Era un auténtico líder. ‘Papá, esto; papá, lo otro’. Siempre utilizaba el término papá. Y era un líder en el sentido positivo. Siempre hablando, pero siempre ayudando. Luego empezó a hacer vida con nosotros. Éramos jugadores desconocidos. Curro Ávalos, Manel Bosch, Alfonso Reyes, no habíamos hecho nada en nuestras carreras; y él venía a comer, cenar y salir con nosotros”, explica a AS el ex jugador de Unicaja, ganador de la Euroliga de 2003 con el Barça y manager de la sección de baloncesto del club azulgrana en los últimos grandes tiempos del basket culé, con Jasikevicius a la cabeza.
Alguna anécdota por ahí. “Cuando llegó, estaba en un hotel. Nos fuimos algún día a la feria de Málaga (en agosto). Se traía del hotel un bote con zumo de naranja…, para echárselo al vodka. No quería Fantas ni nada así. Y no consentía que tocaran a los suyos; si hacía falta romper algún tubo de cristal en la barra…”. Y un poco de contexto baloncestístico. “Seguro que nos dejó alguna semilla. Él y Riley se marcharon. Vinieron Kenny Miller y Mike Ansley. Pero mantuvimos la base y llegamos a la final de la ACB. Sin duda, su liderazgo ayudó. Era un jugador muy, muy especial”. Pozo está de acuerdo: “El sentimiento de familia que teníamos se reflejó al año siguiente en el subcampeonato. Tú ten en cuenta, y eso ha pasado siempre, que los equipos que han tenido ese sentimiento de familia y de grupo son los que han conseguido títulos. Ocurrió igual el año de la Korac, ocurrió el año de la Eurocup, la Liga, la Copa… Siempre han sido equipos que han tenido ese sentimiento de familia. Y es verdad que Picu sembró ese germen y justo al año siguiente se consiguió el subcampeonato. Yo eso lo tengo claro”.
Mate de ‘Piculín’ Ortiz en un Unicaja-Barça.MARIANO POZO
Los sentimientos y los recuerdos se amontonan ante una notica de estas características. Sobre todo, cuando es inesperada: “A mí se me hace duro porque es una persona a la que tenía muchísimo cariño y muchísimo afecto y recuerdo muchas frases vitales de él, cosas que hablábamos, la canción que cantábamos juntos en el coche (’Echáme a mí la Culpa’ de Albert Hammond). Era un himno para nosotros por nuestras vidas de entonces. Son muchas cosas”, explica Pozo, que asegura que Piculín fue más que un amigo para él en un momento difícil de su vida: “Conmigo se portó muy bien porque a mí me pilló en una etapa personal difícil y casi que me adoptó. Imagínate tener de como persona que cuida de ti a Piculín Ortiz. Siempre me recogía, salíamos, entrábamos, cenábamos, almorzábamos… Todo el día juntos para que yo no me desanimara. Y a mí me sirvió en lo personal de muchísimo, porque yo estaba mal y él se hizo cargo de mí literalmente”.
Noticias relacionadas![]()
![]()
Se ha ido un gran jugador y una mejor persona, si atendemos a lo que dicen quienes le conocieron de verdad. Quienes trataron con él en el día a día y a los que dejó una huella imborrable: “Ya te digo que era un tipo que sabía ganarse a la gente con mucha facilidad porque era un encanto. Como persona era un diez”, resume Pozo. Piculín Ortiz, genio y figura para siempre.
¡Lleva el deporte contigo! Descarga la App de AS para recibir alertas al instante y configura en MiZona qué quieres leer, sigue a tus equipos y consulta sus partidos. Descárgala aquí. ¿Además buscas licenciar contenido? Haz clic aquí