Contó esta semana ‘el gran Wyoming’ en el nuevo programa de Aimar Bretos en LaSexta que hace no mucho le metieron un guantazo. Iba por la calle cuando tres tipos le increparon, se encaró y le soltaron un directo a la cara. “Fue por rojo”, sostiene el presentador, que ni denunció ni dijo nada a nadie. “Lo oculté. Dije que pasó mientras jugaba al baloncesto”, confesó.
Tengo claro que España vive su particular procés desde hace un tiempo. ¿Cuándo empezó todo esto? Yo diría que el día en que el presidente del Gobierno envió su ‘carta a la ciudadanía’ y dibujó una línea imaginaria que separaba a quienes vierten fango de quienes lo sufren, aunque puede que usted piense en otro momento y en otra circunstancia. Siempre hay un punto de partida y otro de no retorno, aunque generalmente las partes no suelen ponerse de acuerdo sobre cuál es cual.
Lo único cierto es que con la polarización siempre sucede una cosa: nadie reconoce su responsabilidad sobre ella. La culpa es de los otros. «Yo nunca he militado en ningún partido. España se ha fascistizado. Es ella la que se ha movido y yo me he quedado aquí», aseguró Wyoming en la citada entrevista y costaba quitarle la razón: lleva muchos años ahí, en la izquierda y en ese terreno de humor gubernamental que permite celebrar el 20 aniversario de tu programa con la asistencia de varios ministros, al igual que sucedió con Polònia (Toni Soler) y la plana mayor del independentismo. Cada uno se ríe en su programa de quien quiere.
Los tipos de violencia
Que a un famoso le partan la cara por la ideología de sus chistes es grave, pero no más que la denominada ‘polarización emocional’, es decir, la distancia ideológica que nos separa de nuestro entorno, que es creciente. Es la que se reproduce en la comida familiar de los domingos, en la oficina o en el grupo de WhatsApp de los amigos. Desde hace un tiempo, habrá usted observado cierta tensión implícita en sus conversaciones. Ciertos temas que se omiten o afirmaciones escurridizas a las que sigue un silencio plomizo.
Los vetos conscientes son propios de familias mal avenidas, con líos de herencias o con hijos a los que se presupone bobos, pero nadie se atreve a indagar. En esta España politizada y dividida, esta actitud se extiende a otras cuestiones, que se evitan por si acaso: igualdad, inmigración y política se llevan la palma, aunque también pueden citarse, quizás con menor intensidad, medios de comunicación y Palestina.
A veces echo de menos los tiempos en los que era comunista. Recuerdo aquel período como el de máxima identificación con mis amistades. Para un marxista, la culpa de lo que sucede nunca es de la pereza o de la incapacidad, sino de un ente externo o de alguien que ha demostrado tibieza con algún precepto socialista, para el que suele pedirse autocrítica. Ese concepto es fantástico: la reflexión siempre se pide para los demás. Nunca la activa uno mismo. Quizás por eso Wyoming piensa que ha sido la sociedad la que se ha movido; y no él mismo.
El gran Wyoming No se siente con fascistas
Escuchaba hace unos meses a Cristina Fallarás apremiar a sus seguidores a levantarse de la silla y largarse cada vez que aparezca el amigo fascista. La consecuencia última de la ‘polarización emocional’ es la fractura. Muchas veces es inevitable, pero resulta dramática cuando la promueven personas con altavoces potentes y capacidad de prescripción moral, como la aludida; o cuando se aviva desde el ámbito institucional.
¿Y qué sucede en la España contemporánea? Exactamente eso. Algo muy similar a lo de la Cataluña de 2017. Algo buscado por quienes manejan este barco. Recuerdo un informe de su Consejo Audiovisual (CAC) de aquellos tiempos que incidía en que, entre el 11 y el 30 de septiembre, TV3 había abordado el tema de la independencia en 184 ocasiones.
El mismo organismo señalaba en otro estudio que, entre noviembre de 2015 y marzo de 2017, el caso Nóos recibió casi el triple de tiempo en la televisión pública catalana (3 horas y 25 minutos) que el de los Pujol (1 hora y 21). Se potenció el relato secesionista –mesiánico– y se restó importancia a la existencia de unos cuantos muertos en el armario de quienes encabezaban ese movimiento. El infierno eran los otros, el Rey emérito y Urdangarín, nunca Pujol. A eso se dedican todas y cada una de las televisiones públicas del país. También Wyoming en su programa.
TE PUEDE INTERESAR
Si fuera Pedro Sánchez, ofrecería un cheque en blanco a Vito Quiles
Rubén Arranz
Cuando toda la artillería mediática institucional se pone en marcha y dedica infinidad de tiempo a hablar de lo mismo, es normal que los espectadores consideren que esos temas son los más relevantes a los que se enfrenta un territorio, autonómico o nacional.
Por eso en España hay quien puede llegar a pensar que los “bulos” son más graves que el obsceno secuestro institucional y las presiones a jueces y fiscales por parte del partido del Gobierno. Y por eso hay quien considera que Vito Quiles es más peligroso que Leire Díez y sus secuaces. A lo mejor hay incluso quien cree que debe dejar de hablar a un amigo porque Palestina le importa menos que la inflación, de la que culpa al Gobierno y no a Donald Trump. El info-entretenimiento puede poner en peligro amistades.
Lamento la agresión de Wyoming y la mala suerte que llevó a que se cruzara con esos tres sinvergüenzas. Pero he de confesar que, si me dieran a elegir entre recibir un tortazo y terminar con ciertas nuevas incomodidades en la mesa de los domingos y los grupos de amigos, a lo mejor elegiría lo primero. No porque el golpe duela menos, sino porque al menos sabes quién te lo da y por qué. La polarización emocional, en cambio, se come poco a poco los afectos sin que nadie firme el guantazo. Y, ojo, la culpa también es mía.
Contó esta semana ‘el gran Wyoming’ en el nuevo programa de Aimar Bretos en LaSexta que hace no mucho le metieron un guantazo. Iba por la calle cuando tres tipos le increparon, se encaró y le soltaron un directo a la cara. “Fue por rojo”, sostiene el presentador, que ni denunció ni dijo nada a nadie. “Lo oculté. Dije que pasó mientras jugaba al baloncesto”, confesó.