La imagen es impactante. El director de la CIA —con toda su historia a cuestas de injerencia en Cuba y América Latina—, John Ratcliffe, en la misma mesa que su homólogo cubano, Ramón Romero Curbelo; el ministro del Interior de Cuba, Lázaro Casas, y el nieto de Raúl Castro, Raúl Rodríguez Castro. En La Habana. Departiendo civilizadamente y en el mismo día en el que, entre protestas populares y apagones generalizados, el régimen lanzaba un SOS: se habían agotado las últimas reservas de combustible que quedaban en toda la isla.

Para el jefe del servicio de inteligencia estadounidense no era su primera misión diplomática. Ya se había reunido en Caracas en enero con Delcy Rodríguez, la vicepresidenta venezolana, para un contacto similar.

Ratcliffe llegaba con un mensaje directo —una versión diplomática del “bonito país que tienen aquí, sería una pena que le pasara algo”— y muchos indirectos. Así, explicaba a los dirigentes cubanos que Estados Unidos está dispuesto a echar una mano ante los gravísimos problemas de la isla; de hecho, solo horas antes, el Departamento de Estado había reiterado oficialmente la oferta de cien millones de dólares (86 millones de euros) en ayuda humanitaria.

Pero esa asistencia no es incondicional: la Administración de Donald Trump reclama “cambios fundamentales” para “abordar seriamente cuestiones económicas y de seguridad”. Y subraya que el presidente estadounidense, aunque ha dedicado la semana a su cumbre con su homólogo chino, Xi Jinping, en Pekín, empieza a sentirse impaciente ante la falta de avances.

De modo indirecto, su misma presencia, la de un alto cargo de la mayor confianza de Trump, venía a subrayar la seriedad con la que la Administración republicana aborda estos contactos; la premura de la situación, agravada por el aumento de las sanciones y el bloqueo energético que Estados Unidos impone desde enero; y, quizá, que es posible un acuerdo con representantes del régimen castrista que evite el caos en la isla.

La CIA no ha dado detalles sobre las medidas concretas que debe tomar La Habana. Pero, del comunicado divulgado a través de sus representantes, queda claro que Washington espera reformas económicas y políticas. Y que Cuba “no puede ser refugio de los enemigos de Estados Unidos en el hemisferio occidental”, la expresión con la que la Casa Blanca se refiere al continente americano.

Un mensaje casi idéntico al que Ratcliffe trasladó a la presidenta encargada de Venezuela inmediatamente después de la operación militar estadounidense que capturó a Maduro y lo sacó del país por la fuerza.

La visita de Ratcliffe, que no se había anunciado previamente, no era la primera de un director de la CIA a la capital cubana en los tiempos más recientes del castrismo. John Brennan, jefe de la agencia central de Inteligencia durante el mandato de Barack Obama, se desplazó allí después de las negociaciones secretas que, con la mediación del Vaticano, acabaron arrojando el restablecimiento de relaciones diplomáticas en 2015 y una breve etapa de deshielo entre los dos países vecinos y enemigos.

En el caso de Brennan, Washington nunca ha llegado a reconocer oficialmente que aquella visita ocurrió. Esta vez, ninguno de los dos gobiernos ha mantenido el secreto. El de La Habana fue el primero en revelar la reunión, la segunda que se conoce públicamente entre los dos países desde el comienzo de la nueva etapa de presión estadounidense hacia la isla. Muy poco después, la CIA lo confirmaba y divulgaba imágenes del encuentro en redes sociales. A ambos les interesaba que se conociera.

Habitualmente, las gestiones que pueda desarrollar un responsable de los servicios secretos estadounidenses en el extranjero son top secret, y solo se conocen años después, cuando los revelan en sus libros de memorias o se desclasifican los documentos pertinentes. Pero Ratcliffe es un mensajero muy particular, en una Administración muy poco ortodoxa.

El director de la CIA es un hombre de plena confianza de Trump, de quien ya fue jefe de los servicios de inteligencia militares (DNI) en el primer mandato del republicano. Y parece haber asumido un curioso papel diplomático: el de interlocutor para tratos con gobiernos conflictivos.

El año pasado abordó con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y su homólogo de ese país, David Barnea, el programa nuclear iraní antes del ataque a las instalaciones nucleares de la República Islámica en junio; ha intervenido en algunas de las rondas de negociación para la paz entre Rusia y Ucrania, así como en el intercambio del ruso Alexander Vinnik por el maestro estadounidense Mark Fogel.

Su misión conocida más reciente, y en solitario, había sido su viaje a Venezuela en enero. Ratcliffe fue el primer alto cargo conocido en reunirse con la presidenta encargada, Delcy Rodríguez. Y entonces, como ahora en Cuba, su misión era dejar clara la posición de la Casa Blanca: si la antigua número dos de Maduro acataba a pies juntillas las instrucciones que le llegaran de Washington, se mantendría en el puesto y el Gobierno de Trump colaboraría con ella.

De lo contrario, como había advertido el presidente ya públicamente, correría una suerte “peor” que la de su predecesor. También, con términos muy similares a los que utilizó en La Habana, declaraba a su interlocutora que Venezuela “no puede ser refugio de los adversarios de Estados Unidos, especialmente los narcotraficantes”.

John Ratcliffe, asiste a una reunión con funcionarios cubanos en La Habana, Cuba, el 14 de mayo.CIA via X (via REUTERS)

Trump, que se aferra al modelo de la operación en Venezuela como la plantilla a aplicar en las intervenciones en el exterior aunque se le compliquen —presión intensa en las etapas de negociación, muchas amenazas de palos y pocas promesas de zanahorias, perspectiva del uso de la fuerza militar y, llegado el caso, ofensivas rápidas, espectaculares e idealmente cortas—, ha vuelto a desplegar a Ratcliffe para una misión similar.

Como ocurrió en Venezuela o en Irán, la amenaza de una acción militar —o judicial— contra el régimen también está ahí. No es coincidencia que, al tiempo que se revelaba la visita del alto cargo de la CIA, representantes del Departamento de Justicia de EE UU adelantaran que se prepara para los próximos días una acusación formal contra Raúl Castro, de 94 años, por su papel en el derribo en 1996, cuando era ministro de Defensa, de dos avionetas de la organización anticastrista Hermanos al Rescate en aguas internacionales.

Un aviso al régimen que muchos ven como signo de que, en caso de una repetición del modelo aplicado en el país sudamericano, el hermano de Fidel podría convertirse en el chivo expiatorio para EE UU, como Maduro.

Tampoco es coincidencia que, en los últimos días, las páginas especializadas hayan captado una intensificación de la actividad de aviones y drones espía en torno a la isla, como ocurrió en Venezuela antes de la operación Resolución Absoluta del 3 de enero.

Los próximos días se presentan claves. Trump, que desde la intervención en Venezuela ha insistido en que Cuba “está a punto de caer” y es “el siguiente” en su lista, está ya de regreso en Washington desde Pekín. Y necesitado de apuntarse tantos para borrar el mal sabor de boca entre los votantes creado por la prolongación de la guerra en Irán y por la galopada de los precios de la gasolina y, con ella, del resto de productos: esta semana la inflación se colocaba en un 3,8%, cifra que no se veía desde la etapa más convulsa de la Administración Biden.

Esta semana, Marco Rubio, el secretario de Estado, hijo de inmigrantes cubanos y el hombre encargado de la cuestión cubana dentro del Gobierno de Trump, se mostraba escéptico sobre la posibilidad de cambios mientras el régimen castrista —al que ha tildado en varias ocasiones de “incompetente”— se mantenga en el poder.

El propio Trump, en una entrevista concedida al periodista Brett Baier, de la cadena Fox, y emitida el viernes, expresaba su optimismo sobre la posibilidad de ver los resultados que desea: “Creo que le vamos a dar un vuelco [a Cuba]”, sostenía. El régimen en La Habana, aferrado a sus llamamientos a la soberanía nacional, decidirá si el estadounidense tiene razón.