El brote de hantavirus que en los últimos días ha mantenido en vilo al mundo es solo una advertencia. Un recordatorio de la amenaza global creciente que se cierne sobre la humanidad: las enfermedades infecciosas zoonóticas, que son las transmitidas de animales a personas, se han disparado en las últimas décadas, alentadas, en buena medida, por el cambio climático y la presión humana sobre los ecosistemas animales.
La comunidad científica estima que, como el hantavirus, hay 10.000 virus, la inmensa mayoría aún desconocidos y circulando silenciosos por mamíferos silvestres, que tienen capacidad de infectar a los humanos. No todos tendrán potencial pandémico, pero basta uno mínimamente eficiente, como ocurrió con el SARS-CoV-2, causante de la covid, para poner en jaque a todo el planeta.
Así lo expone Elisa Pérez Ramírez, viróloga veterinaria del Centro de Investigación en Sanidad Animal (CISA-INIA-CSIC): “El hantavirus ha sido el último de una larga lista de virus zoonóticos que nos están complicando la vida en los últimos años. Esta alerta pone en evidencia un problema global”. Antes de este brote de hantavirus, la comunidad científica ya experimentó el peor de los escenarios con la aparición del SARS-CoV-2. Y también contuvo la respiración con el virus de la viruela del mono, con la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo, con el virus del Nilo Occidental, con sucesivos brotes de ébola. Y con las epidemias a principios de los 2000 de la gripe A, el MERS o el primer SARS. Por no hablar del VIH en los ochenta.
Los sistemas de vigilancia epidemiológica son cada vez más robustos, pero la amenaza de patógenos susceptibles de convertirse en epidemias internacionales de alto riesgo no ha dejado de crecer. Un análisis de 2023 centrado solo en un puñado de virus con alto riesgo para la salud pública —el virus del Ébola, el de Marburgo, el coronavirus del SARS tipo 1, el virus Nipah y el virus Machupo— concluyó que los brotes y muertes vinculados a estos microorganismos aumentaron exponencialmente entre 1963 y 2019 y fueron cada vez más graves. “Si la tendencia observada en este estudio continúa, se espera que estos patógenos causen cuatro veces más casos de transmisión a otras especies y 12 veces más muertes en 2050 en comparación con 2020”, advirtieron los autores.
Y la mano de los humanos sobre el planeta, sus formas de vida y de ocio, así como el modelo económico, tiene mucho que ver en todo esto. “En los últimos años, hay una acumulación de eventos zoonóticos que tiene que ver con un aumento de las interacciones con animales silvestres, la alteración de ecosistemas, el cambio climático, la globalización y el turismo a sitios recónditos”, enumera Pérez Ramírez.
Todo suma: el calentamiento global altera los ecosistemas, aumenta y expande la población de vectores (como los mosquitos, que hacen de puente para transmitir el virus a humanos), desplaza fauna silvestre; la deforestación, los incendios y las sequías cambian también las dinámicas de los reservorios y de los patógenos; la urbanización ocupa nichos ecológicos aislados y empuja a animales silvestres a acercarse a zonas humanizadas; y la globalización y el turismo masivo, incluso a lugares recónditos, eleva el riesgo humano de entrar en contacto con microbios potencialmente peligrosos y transmitirlos.
Un ejemplo: el virus Nipah, que tiene una alta letalidad, pasó de sus reservorios habituales (murciélagos) a animales domésticos (cerdos) y de estos a humanos por cambios ecológicos provocados por la acción humana: “Porque se nos ocurrió poner granjas porcinas en la selva”, sintetiza la investigadora del CSIC. La deforestación y la expansión de asentamientos humanos en zonas tradicionalmente silvestres facilita el contacto entre especies y el salto de virus entre animales o hacia las personas.
Todos esos cambios globales, desde la alteración de los usos del suelo hasta el imparable cambio climático, pasando por la tala masiva que destruye hábitats enteros y el modelo económico de la ganadería intensiva, están poniendo en jaque la biodiversidad y transformando la epidemiología de enfermedades infecciosas. En un artículo reciente, tres investigadores españoles avisaban sin remilgos: “Las talas masivas destruyen el hábitat de numerosas especies animales y vegetales, y las macrogranjas eliminan el factor protector de la diversidad genética frente a nuevos patógenos. Todo ello constituye el caldo de cultivo idóneo para que se favorezca el salto interespecie de microorganismos, aumentando el riesgo de nuevas epidemias y pandemias”.
Otro factor clave que espolea las enfermedades infecciosas emergentes es la hipermovilidad. “Hoy en día es posible viajar de un extremo a otro del planeta en menos de 24 horas, periodo inferior al de incubación de multitud de enfermedades infecciosas. Y no solo viajan las personas, también lo hacen animales que pueden ser reservorios de patógenos, e insectos que pueden ser vectores de enfermedades infecciosas”, exponen los mismos autores.
Zika en el Mediterráneo y fiebre de Crimea-Congo en Castilla
En América Latina, cuenta el investigador Álex Almuedo, los hantavirus y los arbovirus (causantes de dengue, zika y chikungunya) son los más frecuentes, pero también está emergiendo el virus de Oropouche, parecido al dengue. En la UE, en cambio, las enfermedades zoonóticas más habituales son causadas por bacterias y transmitidas por alimentos contaminados (listeriosis, salmonelosis), pero se abren camino nuevos microorganismos. “Se están viendo brotes de enfermedades que no conocíamos, como la del virus del Nilo Occidental en Andalucía o la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo en Castilla. Y en el Mediterráneo, se ve Zika, dengue y chikungunya”, cuenta este científico de ISGlobal y médico de Salud Internacional en el Hospital Clínic de Barcelona.
María Paz Sánchez Seco, investigadora del Ciberinfec en el Centro Nacional de Microbiología del Instituto de Salud Carlos III, confirma esa mayor frecuencia de virus exóticos y casos autóctonos en Europa. Entre otras cosas, porque los mosquitos vectores se están asentando y colonizando nuevos territorios. “Cada vez circulan más virus y hay más pacientes infectados. Es algo prácticamente imparable”, sostiene la experta.
No todos los microorganismos tienen potencial pandémico. A Pérez Ramírez le preocupan, particularmente, dos: el virus de la gripe y los coronavirus. “Los virus influenza, en concreto el de la gripe aviar, nos preocupa por su capacidad de variar su material genético y de saltar a otros hospedadores. Antes se veía solo en aves y ahora está también en mamíferos, como visones, gatos o vacas. Lo tenemos muy vigilado a nivel internacional, pero estos cambios repentinos en su comportamiento nos tienen preocupados”, explica. Por suerte, el virus de la gripe aviar no ha conseguido adaptarse para transmitirse de forma sostenida a humanos (solo hay casos esporádicos), pero el salto a vacas lecheras en Estados Unidos ha alarmado a los expertos.
“Probablemente, es el virus zoonótico que más preocupa a la comunidad científica”, coincide Sánchez Seco. Este microorganismo encaja también en la descripción de los más preocupantes a ojos del médico del Clínic: “El mayor riesgo está en los virus que se transmiten de forma aérea, por su capacidad de transmisión y mutación, y que son capaces de adaptarse a distintos entornos”.
La comunidad científica dibuja un escenario futuro de brotes zoonóticos cada vez más frecuentes. “La clave será lo fácil que pueda ser identificar el brote en un momento dado: si la transmisibilidad es alta y no sabes lo que pasa, la capacidad de mitigar eso será más difícil. Fue lo que pasó con la covid”, cuenta Almuedo.
De fondo, sin embargo, hay un cóctel explosivo en marcha: por un lado, la previsión es que el cambio climático y otras intervenciones humanas en el medioambiente aumenten la frecuencia de episodios de transmisión zoonótica; pero, además, el incremento de la densidad de población y la conectividad facilitarán la propagación de los brotes que se produzcan.
La vigilancia epidemiológica, la preparación y la respuesta a posibles crisis sanitarias desde un enfoque One Health (Una Salud), que reconoce que la salud medioambiental, animal y humana están interconectadas, es clave para sortear la amenaza que suponen las enfermedades zoonóticas emergentes. “Cada vez controlamos más para mitigar el efecto de la expansión de los virus, pero la previsión es que estas enfermedades vayan a más. Y no podemos empezar a preocuparnos solo cuando nos llega. Hay que invertir más en vigilancia, respuesta y control de enfermedades zoonóticas emergentes”, plantea Sánchez Seco.
Los expertos añaden también la necesidad de una mayor concienciación del origen de todo esto y de cómo impactan las formas de vida actuales en el auge de estas enfermedades. “Quizás hay que plantearse ciertas actividades de ecoturismo porque invadimos territorios salvajes y nos ponemos en riesgo”, ejemplifica Pérez Ramírez.