Ojalá la llegada a Netflix de la mitiquísima 30 Rock (y aquí están justificados tanto el cliché de mítico como su aumentativo) le quite en España su etiqueta de culto y la convierta en fenómeno de masas. De momento, sirve para recordar por qué nos dejamos colonizar con tanto gusto por el imperialismo cultural de Estados Unidos. ¿Cómo no rendirnos al talento de alguien como Tina Fey? 30 Rock es el gran homenaje metatelevisivo a nuestra cultura adoptiva. Viéndola, reafirmamos nuestra ciudadanía impuesta, como los galos y los iberos antiguos se entregaron a las delicias romanas en cuanto pisaron unas termas y notaron el calorcito del vapor. Mejor romano limpito que bárbaro emboscado. Astérix, lo siento, nunca tuvo razón.

Conviene recordar esto ahora que Estados Unidos se nos ha hostilizado y todo lo que emana se ha vuelto tan pestilente y tóxico. Echemos algo más que un vistazo a 30 Rock, pues contiene la crónica del advenimiento trumpista y nos recuerda que la resistencia cultureta persiste en el sentido del humor de Tina Fey en la quizá no muy ficticia parodia de la vida cotidiana en un programa cómico de la NBC.

En el primer capítulo de la cuarta temporada, Jack Donaghy (Alec Baldwin) invita a comer al equipo del programa a un restaurante americano. Quiere trasladarles un mensaje: los estudios de audiencia dicen que hacen una tele demasiado elitista que no conecta con los Estados Unidos reales. Liz Lemon (Tina Fey) replica: “Nueva York también es los Estados Unidos reales. Todo lo que está dentro de Estados Unidos es real”. El ejecutivo no le hace caso: tienen que incorporar a un nuevo personaje que represente el sentir del norteamericano de provincias, que detesta a los liberales judíos de la tele porque le miran por encima del hombro.

Con qué finura y contundencia anticipó la serie la tragedia por venir y la única réplica posible a los trumpistas de todas las naciones: un país no tiene partes más auténticas que otras. Todos los ciudadanos que lo habitan son auténticos, todos son representativos del mismo, no puede haber un grupo que pretenda ser más nacional que otros.

La crítica al elitismo (casi siempre legítima, por otra parte) se ha expresado en todas partes, también en España, en un combate identitario: quienes hablan del Madrid de la M-30 creen que España es más España fuera de la capital que dentro. En 30 Rock esto condujo a un desastre de programa. En la vida real, ya sabemos adónde lleva.