La cara de Antonio Recio es bastante significativa y está escogida con toda la intención: es un reproche burlón, el mismo que podemos hacerles a los creadores enamorados del éxito al punto de tratar de clonarlo una y otra vez.
Hablamos esta semana de propiedades intelectuales superpotentes a nivel de penetración en el mercado nacional e internacional. Dan acceso a un jugoso rendimiento y por tanto, a priori, seguir explotándolos solo puede significar engordar sus números… ¿O hemos llegado al punto de saturación absoluto?
Veamos unos números para aclararlo: La que se avecina, que estrenará este año su temporada 27 superando los 210 episodios, fue una continuación espiritual de Aquí no hay quien viva.
Un reparto coral y en constante movimiento la ha mantenido a flote a pesar de los vaivenes e incluso una mudanza masiva (recordemos que se reflotó después de quedar cerrada). El humor políticamente incorrecto y a veces absurdo, tipo 13 Rue del percebe, la sátira mordaz y personajes estereotipados y bien pertrechados de coletillas y su propio modus operandi ha mantenido la popularidad durante mucho, mucho tiempo.
Por otra parte, no estamos ante un producto exigente sino puramente evasivo. Hay quien se engancha a ella de manera ocasional y no tiene excesivos problemas para seguir la trama porque, a fin de cuentas, aporta sketches situacionales en su mayor parte y las tramas generales son solo un marco con pocas variaciones. ¡Hasta hemos tenido un especial western en cines! La pregunta es: ¿todavía da de sí? ¿No pide a gritos ya un descanso?
Parece que el humor es uno de esos géneros que todo lo puede cuando se da con la fórmula precisa. Y los hermanos Caballero la han encontrado ya en unas cuantas ocasiones, pero tienen en esta serie un buque insignia que ha llenado muchísimas horas de parrillas de programación de canales principales y secundarios. No estaría mal dejar la serie cuando aún sigue despertando pasiones en lugar de estirarla de manera artificial, mermada de sus protagonistas principales y, por qué no decirlo, al borde del sinsentido.
En el caso de La casa de papel, el éxito es tan bestial más allá de nuestras fronteras que es muy difícil resistir la tentación de drenarle el encanto por medio de spin-offs y productos derivados, aunque sean de personajes que nos generen cierta ambivalencia. La esencia es la misma, aunque se retuerza con giros de guión en apariencia imposibles o con dobles saltos de tirabuzón en el desarrollo de unos personajes que nunca fueron precisamente creíbles.
Aún no se ha estrenado Berlín y la dama del armiño y ya nos están amenazando con una continuación imprecisa. El límite lo va a imponer la audiencia: mientras renten, podemos estar seguros de que seguirán dándole forma a nuevas historias con una fórmula similar. Lo malo es que entre tanto, ese talento no se estará invirtiendo en crear algo nuevo y distinto, puede que mejor o peor pero que al menos se diferencie un poco de lo ya conocido. Es una pequeña tragedia…