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Esta semana me ha aparecido un informe en la aplicación de música en streaming que uso habitualmente con un dato tremendo. Desde que la uso, empecé en 2017, he escuchado 10.636 canciones en la app. Miles y miles de días de reproducción y centenares de artistas. No me considero un melómano. De hecho, prefiero no hablar de mis gustos musicales para no asustar a ninguno de los que me leen. Eso sí, de lo que me he dado cuenta estos días es de la importancia que tiene la música en mi vida, en la que tiene para todos los que me rodean y en la que tiene prácticamente en todo ser vivo que habita el mundo desde tiempos inmemoriales.

Porque sí, pese a que lo de las 10.000 canciones no deje de ser un dato frívolo que refleja los modelos de consumo musicales actuales, el ser humano se ha rodeado desde que ni siquiera éramos homo sapiens de música. Un polémico descubrimiento, el de la flauta eslovena, que consistía en un singular fémur de oso con cuatro agujeros alineados planteó incluso la posibilidad de que el primer instrumento del mundo lo hubiera creado el Homo neanderthalensis.

Sin entrar en polémicas, ese estudio suscitó en su día todo tipo de comentarios, está claro que en algún punto concreto de nuestra evolución fuimos capaces de crear y comprender la música y desde entonces no hemos parado de hacerlo. Y no sólo nos ha pasado a nosotros. En el mundo animal hay también ejemplos de una influencia musical en la manera que ocupan el mundo.

Cerebro música

Desde aves o incluso peces que se valen de la música para comunicarse o reproducirse hasta especies que son capaces de entenderla y ‘somatizarla’ en contra de lo se pensaba desde hace mucho tiempo. Inciso, el consenso científico es que solo las especies con capacidad para el aprendizaje vocal (como los humanos o los loros) pueden sincronizar sus movimientos con un ritmo. Hasta que hace no tanto se intentó que unos monos siguieran el ritmo de los Back Street Boys y esta creencia empezó a cuestionarse.

Además de la cuestión cultural y la evolutiva, esta reflexión tiene una pátina científica extra. ¿Será que todo lo que significa la música en nuestra vida forma parte de una reacción química que se activa en diversas áreas de nuestro cerebro y ya está? ¿Será que se puede racionalizar esa conexión espiritual hasta ese punto? Pues me temo que la respuesta es sí aunque esta aburrida respuesta nos lleve a encontrar implicaciones reconfortantes.

Durante un concierto la música y la letra no activan los mismos grupos de neuronas. Foto: Istock

La música influye en nosotros biológicamente y eso puede ser utilizado a nuestro favor. Una revisión de la Sociedad Americana de Cirugía, donde se analizaron 35 estudios en los que se incluían más de 3500 pacientes que habían pasado por quirófano, era clara. Escuchar música es una gran ayuda durante la recuperación postoperatoria. Otro ejemplo. Una investigación de Jenny van der Steen, investigadora en el Leiden University Medical Center y Radboudumc Alzheimer Center sostiene que la musicoterapia mejora los síntomas depresivos asociados a la demencia y es beneficiosa para personas que padecen Alzheimer.

Vaya, que cuando Celia Cruz entonaba aquello de que «las penas se van cantando» más que un cántico entusiasta era una sentencia científica, biológica, antropológica y por supuesto social. Una constante que todas las culturas de todo el mundo han llevado a cabo durante miles de años y que yo, durante los últimos nueve, he puesto en práctica 10.636 veces. Que hayamos contado.