Cannes
No hay duda de que uno de los desafíos que enfrenta a la sociedad en este presente y que marcará el futuro en lo ético, lo económico y lo productivo tiene que ver con el uso de la Inteligencia Artificial y el nuevo paradigma laboral y moral que abre. El cine, como parte y reflejo de la sociedad no está exento de los riesgos de no regular una herramienta tecnológica que supone un cambio gigante. A la espera de una reacción de la Unión Europea, el Festival de Cannes aborda el debate desde lo artístico, es decir, desde las películas. Por un lado, Steven Soderbergh, uno de los realizadores más abiertos a las novedades técnicas y tecnológicas del cine, la ha utilizado para poner imagen a la última entrevista que concedieron Yoko Ono y John Lenon, antes del asesinato del cantante, en su documental John Lennon: The Last Interview, mostrado aquí fuera de competición. Por otro, el director más humanista del cine de autor mundial, el japonés Kore Eda, se atreve con un drama futurista sobre el duelo y la familia.
Sheep in the box es la nueva película de este cineasta, ganador de la Palma de Oro con Un asunto de familia y un asiduo del certamen desde Nadie sabe. Ambientada en un futuro cercano reconocible. En las calles hay drones de reparto, hay robots que llevan la comida, como ocurre en Los Ángeles, gadgets inteligentes y casas, aún llenas de madera y luz natural, pero equipadas con innovación tecnológica. La la película apenas se interesa por la ciencia ficción, ni en su estética, ni en su uso como mero espectáculo. Más bien la utiliza como excusa para explorar una pregunta incómoda: ¿qué hacemos con los muertos cuando la tecnología nos impide dejarlos ir? Una pregunta que hemos visto en series como Black Mirror, aunque aquí todo rezuma sencillez, realismo y buenismo. No hay mal rollo tecnológico, ni thriller, hay simplemente emoción.
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Fotograma de Sheep in the box / cEDIDA
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Fotograma de Sheep in the box / cEDIDA
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En ese sentido, Sheep in the Box conecta de forma directa con las obsesiones de Kore-eda: la familia como construcción inestable, la memoria como artificio, el duelo como proceso nunca del todo resuelto. No es casual que el dispositivo narrativo recuerde tanto a After Life o incluso a Air Doll: aquí también se investiga la frontera entre lo humano y lo no humano.
El matrimonio protagonista, interpretado con contención por Haruka Ayase y Daigo Yamamoto, ya ha atravesado gran parte del duelo cuando comienza la historia. Sin embargo, algo despierta cuando aparece la posibilidad de revivir, en forma de robot, a su hijo, muerto por un accidente de coche. Ese niño robot es un extraño y, a la vez, es el vivo recuerdo del hijo; pero como la IA, solo puede usar aquello con lo que ha sido entrenado, aquella información que le dieron al ser creado. La convivencia se vuelve observacional, casi clínica, como si Kore-eda quisiera demostrar precisamente eso: que la tecnología no sustituye el dolor, sino que lo anestesia, como si la tecnología solo fuera aquello con lo que evitar enfrentar el duelo.

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Sin embargo, lejos de tener una mirada pesimista a la tecnología o al futuro, el cineasta consigue que esa herramienta sea el espejo en el que ambos padres deben mirarse para evitar la culpa y el dolor. Hay momentos de gran finura: gestos cotidianos, silencios, la incomodidad de un niño que es y no es el hijo perdido. Está también la idea de qué es la maternidad, quién es una buena madre. Para acabar contando un luminoso reverso de El señor de las moscas. Si en la novela de Golding los niños replicaban el poder y las malas maneras de sus progenitores al organizarse en esa isla desierta, aquí los niños robots no hacen el mal, sino que saben cómo convivir a pesar de no ser humanos.
Sheep in the Box confirma que Kore-eda sigue siendo uno de los grandes observadores de la intimidad contemporánea, incluso cuando se adentra en terrenos ajenos como la ciencia ficción, pero es cierto que pierda cierta emotividad y efecto sorpresa. Quizá una obra menor que aún así es estupenda.