En este 2026 en el que la UE y Canadá celebran sus bodas de oro, 50 años de relaciones diplomáticas, las dos regiones están viviendo una nueva luna de miel, atraídas tanto por los valores e intereses que comparten como por la amenaza que también afrontan de forma paralela: la imprevisibilidad de las políticas y bandazos del presidente estadounidense, Donald Trump.

Es un acercamiento transatlántico que tiene un “componente estructural, de alineamiento de intereses económicos, valores y convergencia institucional política”, analiza el director de la oficina en Bruselas del Instituto Elcano, Luis Simón; pero también otro ingrediente “coyuntural”, no menos importante: “Estamos sujetos al mismo tipo de presiones y de incertidumbre relacionadas con la administración Trump”, recuerda el experto. Alude tanto a las amenazas arancelarias de Washington como a las críticas del líder republicano a sus aliados en el seno de la OTAN o su apetito anexionista sobre Groenlandia, que hizo evocar a muchos canadienses las proclamas del mandatario acerca de que el vecino del norte debía convertirse en el 51º Estado de EE UU.

Pero, aunque el presidente estadounidense esté obligando a las dos partes a buscar alianzas que contrarresten las continuas amenazas de Washington, lo de Canadá y la UE no es un mero matrimonio de conveniencia: la relación entre Europa y el país más europeo fuera de Europa es sólida desde hace décadas y tiene, coinciden los analistas, un futuro claro más allá de los cambios que puedan producirse en Washington.

“Hay cosas que están cambiando en el mundo, más allá de lo que la Administración Trump haya hecho o dejado de hacer, y que son independientes de los cambios políticos que puedan producirse en Estados Unidos” a corto y medio plazo, remarca el director de la oficina en Bruselas de laboratorio de ideas transatlántico German Marshall Fund (GMF), Ian Lesser. De ahí, continúa, que haya “un impulso a favor de la idea de que Europa se abra al exterior y colabore más con socios internacionales, especialmente con aquellos que comparten sus valores”, como Canadá. Y por eso, indica, “es probable que gran parte de este interés por una relación más sólida entre la UE y Canadá persista, incluso si la situación en EE UU se vuelve más favorable”.

Sobre todo porque el alineamiento de la UE con Canadá es amplio en cuestiones clave, como la guerra de Ucrania: además del apoyo económico proporcionado a Kiev desde el comienzo de la invasión rusa, Ottawa está en conversaciones con Ucrania para cooperar en la producción de drones, según confirmó esta semana el ministro canadiense de Defensa, David McGuinty, poco después de que su par de Exteriores, Anita Anand, participara en Bruselas en una reunión de la coalición internacional para la repatriación de niños ucranios trasladados por la fuerza a Rusia.

Y la lista de afinidades es todavía más amplia, asevera el eurodiputado Javier Moreno, presidente de la delegación de la Eurocámara para las relaciones con Canadá: “Estamos en la misma línea en temas de medio ambiente. También en la Organización Mundial del Comercio, donde Canadá es uno de nuestros socios para que el sistema de comercio basado en reglas y diálogo, cooperación y negociación siga funcionando”, recuerda el socialista español.

“Canadá es el país más europeo de todos los países no europeos del mundo y, en medio del caos planetario, Canadá y la UE pueden ser una fuerza estabilizadora en política exterior y comercio”, proclamó la semana pasada la alta representante para Política Exterior de la UE, Kaja Kallas, al recibir en Bruselas a la jefa de la diplomacia canadiense, Anita Anand.

La visita de Anand, invitada especial a una reunión de ministros de Exteriores europeos, no es más que uno de los gestos que se han multiplicado en los últimos tiempos. Unos días antes era el primer ministro de Canadá, Mark Carney, el que recibía los máximos honores: ampliamente aplaudido en Europa por su famoso discurso en Davos el pasado enero, cuando abogó por una alianza de las “potencias medias” para defender el orden internacional basado en valores con el que está arramblando el trumpismo, el político liberal fue el primer líder de un país no europeo invitado a una cumbre de la Comunidad Política Europea, la celebrada a comienzos de mes en Armenia. Y la señal no se le escapó a nadie.

“La participación de Carney es políticamente muy significativa: es un reflejo del fuerte y creciente alineamiento de Europa y Canadá”, celebró el presidente del Consejo Europeo, António Costa. “Estoy firmemente convencido de que el orden internacional se reconstruirá, pero se reconstruirá desde Europa”, señaló el primer ministro canadiense desde Ereván. Canadá es también el primer país no europeo que podrá participar en el fondo común europeo para defensa SAFE (por sus siglas en inglés).

Carney seguirá siendo una figura recurrente en las próximas semanas y meses en Europa: además de participar en la cumbre del G-7 en junio en Evian (Francia), también ha sido invitado a Irlanda, tras haber pasado en marzo por Noruega. Y en otoño tendrá lugar la próxima cumbre UE-Canadá, tras la cita de hace un año en la que se acordó una nueva “alianza estratégica para el futuro” entre la UE y Canadá, así como una asociación de seguridad y defensa para profundizar la colaboración en materias como la lucha contra el terrorismo o las ciberamenazas. Unos meses más tarde, Carney nombró a un “representante personal” ante la UE, John Hannaford, como muestra del “compromiso canadiense de profundizar la relación transatlántica”.

“No hay nada de exclusivo en nuestro deseo de intensificar nuestras relaciones con la UE, a la vez estamos tratando de reparar las relaciones dañadas con China e India y estamos profundizando conexiones comerciales y de inversión con los países del Golfo”, puntualiza el exembajador canadiense en España Matthew Levin. No obstante, reconoce el hoy analista del Instituto por la Paz y la Diplomacia, mientras que “el acercamiento comercial con China sigue siendo muy controvertido en Canadá, y hasta cierto punto incluso con India, la sociedad canadiense en general está cómoda con la idea de un mayor acercamiento a la UE”.

Adhesión

Una reciente encuesta de you.gov señala que la mayoría o una parte significativa de los adultos de los cinco Estados miembros más grandes de la UE (Francia, Alemania, Italia, Polonia y España) apoyarían la adhesión de Canadá a la Unión, idea que han dejado caer también en los últimos tiempos políticos como el ministro francés de Exteriores, Jean-Noël Barrot, o el presidente finlandés, Alexander Stubb. Aunque en Bruselas se descarta este extremo, en entrevista con EL PAÍS, la comisaria europea para Ampliación, Marta Kos, contaba que ha recibido también consultas de ciudadanos canadienses preguntando las condiciones para que su país se convierta en el 28º Estado miembro de la UE.

Ni Lesser ni Levin creen que haya un interés real en ir tan lejos. “La mayoría de los canadienses lo vería como un excesivo condicionamiento de nuestra soberanía. Y creo que al Gobierno canadiense tampoco le interesa una integración institucional profunda, que, más allá de su cuestionable aceptabilidad política, iría en contra de una estrategia de diversificación”, opina el exembajador canadiense.

Lo cual no quita, agregan en coincidencia con otros analistas consultados, que las posibilidades de cooperar entre las dos orillas del Atlántico puedan seguir ampliándose más allá del acuerdo comercial CETA que los une desde 2017, si bien el hecho de que este no haya sido aún ratificado por una decena de países europeos puede convertirse en un punto de fricción, advierte Moreno.

Porque, más allá de las “razones políticas y filosóficas que explican esta convergencia, también hay un interés en desarrollar algunas áreas nuevas y prácticas de colaboración”, afirma Lesser. Entre otros frentes, ve posibilidades en materia de seguridad energética, medio ambiente, tecnología, comercio —acaban de lanzarse las negociaciones para llegar a un Acuerdo de Comercio Digital que busca “hacer que sea más fácil y seguro para las empresas comerciar digitalmente a través de las fronteras y proporcionar una mayor protección a los consumidores en línea”—, cadenas de suministro y, sobre todo, en torno a materias primas y las tan ansiadas tierras raras, donde Canadá se considera un “actor emergente clave”, al poseer unas de las mayores reservas y recursos del mundo, estimados en más de 15,2 millones de toneladas de óxidos de tierras raras en 2024. “Hay muchas cosas donde Canadá y la UE, juntas, pueden hacer más”, asevera.