Diez años es lo que en muchos países dura la validez del pasaporte, el DNI, el censo de población, el catastro inmobiliario, algunas modas y tendencias culturales. Al cabo de una década los más románticos celebran las bodas de aluminio, se relanzan películas, discos y videojuegos que han sido populares, y el planeta Mercurio cruza por delante del Sol visto desde la Tierra. Es también lo que ha tardado el Partido Laborista británico en replantear el regreso a la Unión Europea.
No todo el Labour. No el primer ministro (todavía) Keir Starmer y sus seguidores, pero sí los dos principales aspirantes para sucederlo antes del final del verano, el dimisionario exministro de Sanidad Wes Streeting, y el alcalde de Manchester Andy Burnham, si antes cumple el requisito previo de derrotar a la ultraderecha de Farage en su propio campo y conquistar el escaño en los Comunes por Makerfield.
Streeting ha abierto la caja de Pandora al anunciar su candidatura al liderazgo del Labour sobre la premisa de regresar a la UE “para neutralizar el efecto catastrófico del Brexit, defendernos de la doble amenaza de la Rusia de Putin y la América primero de Trump, y porque “el lugar natural del Reino Unido está en el corazón de Europa”. Su posición fue criticada de inmediato por la ministra de Cultura Lisa Nandy (fiel a Starmer), con los viejos argumentos de que hay que respetar la voluntad popular y sacar el mayor partido posible de las ventajas de ir por libre, en vez de librar la misma guerra de nuevo.
¿Cuánto tiempo es razonable aceptar la llamada “voluntad popular”, aunque las estadísticas dejen claro que ha sido un desastre, y al menos el 55% de los británicos quieran retornar a la UE? Como consecuencia de la salida del club, se estima que la economía del Reino Unido ha perdido entre un 6% y un 8% del PIB, la inversión ha caído en torno a un 15%, las exportaciones y la productividad han sufrido, la burocracia ha aumentado y el coste de la vida se ha disparado.
El divorcio de la UE ha costado al Reino Unido entre un 6% y un 8% del PIB, y en torno a un 15% de inversiones
Un sector del Labour llevaba tiempo presionando a Starmer para que ignorara las líneas rojas del manifiesto con el que el partido ganó las elecciones del 2024, y diera el primer paso de solicitar el ingreso en el mercado único o la unión aduanera. Pero el actual Gobierno no ha querido saber nada de ello, conformándose con estrechar las relaciones con medidas como el alineamiento de los estándares en materia alimenticia, agrícola, veterinaria y de energía, o un plan de movilidad juvenil (todavía no pactado por completo) para que ciudadanos europeos puedan pasar unos años en Gran Bretaña, y lo mismo los británicos en el continente.
Ahora Streeting ha roto la baraja y Burnham ha tenido que posicionarse. También es partidario de plantear el regreso a Bruselas, si la idea es refrendada en otra consulta, pero tiene el problema de que en la circunscripción por la que a mediados de junio va a intentar conquistar un escaño en los Comunes, dos de cada tres residentes votaron a favor del Brexit. Algunos habrán cambiado de idea, pero muchos otros no.
En consecuencia, el alcalde de Manchester propone volver a Europa “en el momento oportuno”, sin prisa, y no quiere que sea tema de debate en la campaña por Makerfield que decidirá su suerte, la de Starmer y la del país. Pero es algo que no depende de él. Reforma UK, el partido populista de ultraderecha de Nigel Farage, ya ha empezado a repartir panfletos y octavillas acusando a Burnham de “intentar cambiar el resultado del referéndum” y “traicionar a quienes votaron por el Brexit”.
Mientras los seguidores de Reforma son mayoritariamente euroescépticos, los potenciales votantes del Labour están divididos. Por un lado, la antigua clase obrera con valores socialmente conservadores y un patriotismo simplón de ondear la Union Jack, que votó por el Brexit y a Boris Johnson. Por otro, los intelectuales, los estudiantes y los profesionales liberales de clase media, que esperan con ansiedad el momento de regresar a la UE y muchos de los cuales, decepcionados, se han pasado a los Verdes. Son dos fuerzas que tiran en dirección opuesta y –aunque Starmer lo ha intentado– son imposibles de compaginar.
Farage va a intentar derrotar a Burnham acusándole de “traicionar” a quienes votaron por el Brexit
Aunque fuera la línea oficial del nuevo líder laborista, se trataría de un proceso largo y que Bruselas no abrazaría con un entusiasmo inusitado, porque no es descabellado que Farage llegue a Downing Street y dé otro portazo a Europa, con más fuerza si cabe y echando esta vez el cerrojo. Si Mercurio necesita diez años para cruzar por delante del Sol, Gran Bretaña va a necesitar bastante más para volver a la UE.
