Mario de Benito, compositor de bandas sonoras para cine y televisión, colaborador habitual de Enrique Urbizu y nominado al Goya por No habrá paz para los malvados, ha desarrollado en los últimos años una faceta como director de documentales de contenido social. Tras trabajos como Javier y la montaña, ahora presenta Desafío Karakorum, un largometraje que recoge el proyecto impulsado por la Fundación Urbegi dentro de los Premios Lo Imposible. La película acompaña a Ishaq Akhond en su regreso al Baltistán pakistaní para llevar recursos a la escuela de su pueblo natal, en el valle de Hushe. 

    ¿Qué nos puede contar de ‘Desafío Karakorum’?

    Es un documental que hemos hecho Rodolfo Montero y yo, una historia bonita, pero también dura. Acompañamos a Ishaq Akhond a Pakistán, a su pueblo natal, porque tenía el sueño de arreglar el colegio en el que estudió de pequeño.

    ¿Cuál era el objetivo concreto de ese viaje?

    Allí, cuando nieva, la nieve puede tardar tres meses en desaparecer. Hace tanto frío que los niños no pueden ir al colegio. Ishaq quería instalar placas solares, llevar estufas y material para que los profesores pudieran dar clase en mejores condiciones.

    La vida de Ishaq está muy ligada a la montaña y también a Álex Txikon. ¿Cómo empieza esa historia?

    Ishaq trabajaba como porteador y cocinero en expediciones de montaña. En una de ellas conoció a Álex Txikon. Estaban en el K2 y se quedaron atrapados. En aquel viaje murieron alpinistas y también amigos suyos. Álex le prometió que, si salían de allí, lo llevaría a España. Ishaq siempre cuenta que al principio no se lo creía, porque muchos le habían dicho que le ayudarían y luego regresaban a sus países y no volvían a llamarle.

    Pero Álex sí cumplió su palabra.

    Sí. Ishaq llegó hace unos catorce años. Vino como inmigrante, sin nada. Ha tenido que empezar desde cero varias veces. Primero tuvo un bar, después llegó la pandemia y tuvo que cerrarlo. Ahora tiene el restaurante Garibolo, en Bilbao, un restaurante vegetariano que funciona muy bien. Eso le permite costear los estudios de sus tres hijos y ayudar a su familia en Pakistán.

    En el documental, Ishaq vuelve a su pueblo después de muchos años. ¿Cómo fue ese regreso?

    Muy emocionante. Ishaq tiene un carisma impresionante. Para su pueblo es alguien muy importante, porque les ayuda, les envía dinero y quiere que la zona pueda avanzar. Cuando llegamos al colegio, vimos que el tejado estaba hecho con vigas de madera y barro. Era una construcción muy precaria. Él quiere que los niños de su pueblo tengan oportunidades que él no tuvo.


 

 

    ¿Cómo lo recibió la gente?

    El recibimiento fue impresionante. Estaba prácticamente todo el pueblo en el colegio. Los niños, las familias, todos. Ishaq no podía casi hablar de la emoción. Fue muy difícil rodarlo porque todos estábamos muy afectados por lo que estábamos viviendo..

    El proyecto forma parte de los Premios Lo Imposible, impulsados por la Fundación Urbegi. ¿Cómo funciona esa iniciativa?

    Cada año se presentan candidaturas y se elige a personas con historias de superación, con un proyecto o un sueño que quieren cumplir. El primero fue Javier, protagonista de Javier y la montaña, que tiene parálisis cerebral y quería subir al campo base del Everest con Álex Txikon. En el caso de Ishaq, su sueño era mejorar la escuela de su pueblo y llevar también bicicletas para que los niños pudieran desplazarse.

    Llevar placas solares, estufas, bicicletas y material escolar hasta una zona como el Karakórum no parece sencillo. 

    Llevar las placas desde España era prácticamente imposible, así que se decidió comprar el material en Skardu, que es el último lugar al que se puede llegar en avión. Allí compramos las placas solares y el material escolar. Lo único que viajó desde España fueron las bicicletas, porque Orbea quería que formaran parte del proyecto. El traslado fue muy complejo, aviones, camiones y muchos kilómetros por una zona difícil.

    Además, el viaje coincidió con una situación de tensión entre India y Pakistán.

    De hecho, tuvimos que posponer el viaje porque hubo ataques de India a Pakistán. Íbamos a ir un año antes y no pudimos. Lo retrasamos unos ocho meses, cuando parecía que la zona estaba más tranquila. Aun así, era un lugar complicado. No diría que estuviéramos en guerra, pero sí en una zona de conflicto, con la presión que eso supone.


 ¿Temieron por su vida?

    No hubo una situación concreta de peligro directo, pero sí una sensación de amenaza constante. Yo era el mayor de la expedición y procuré cuidar mucho de los demás, sobre todo de la cabeza. En un viaje así, tan lejos de casa y en un contexto tan delicado, la presión puede pasar por encima. Hubo compañeros que sufrieron ataques de pánico. Fue duro.

    ¿Qué realidad humana encontraron allí?

    Encontramos un país precioso, con mucha vida en la calle y con niños por todas partes. Pero también encontramos una realidad muy dura para las mujeres. La mujer está en un lugar muy distinto al que conocemos aquí. En algunos momentos intenté entrevistar a una profesora y prefirió que entrevistara al profesor. Eso me produjo impotencia, pero también entiendes que estás en un sitio con sus propias costumbres y que no puedes llegar a cambiarlo todo. 

   ¿Qué papel tiene la educación en ese contexto?

    Para Ishaq, la educación lo es todo. Él no quiere que a esos niños les pase lo que le pasó a él. Su única salida fue trabajar cargando bombonas, comida, leña o material para las expediciones. Quiere que los niños puedan estudiar y acceder a otros trabajos, a otras posibilidades.

    En este documental también ha compuesto la banda sonora. ¿Cómo trabaja la música de una película que además has vivido desde dentro?

    Escucho mucho. Estoy acostumbrado a oír. En Pakistán escuchaba el río, la calle, las músicas de los restaurantes, los cantos, las oraciones. Me impresionó mucho el canto del Corán, cómo suena por la noche y cómo cada persona lo hace de una manera. Todo eso lo vas guardando. Luego, cuando vuelves, la música sale de lo que has escuchado y de lo que has vivido.

    ¿Pensaba ya en la música mientras rodabas?

    Voy oyendo cosas todo el tiempo. Me pasa también ahora con otros proyectos, como el de los gancheros, que escucho el río Tajo, la gente, los animales, los pájaros. En Pakistán ocurría lo mismo. La música nace de esa escucha.

    Este es ya su cuarto documental. Todos tienen en común una mirada social. ¿Qué busca en este tipo de trabajos?

    No los vivo como un trabajo más. Cuando termino un documental, sigo unido a las personas que han participado. Con Javier, por ejemplo, tengo una amistad que va a durar toda la vida. Estas historias se quedan contigo. No son personas que pasan por un proyecto y desaparecen. Son personas de las que aprendes mucho.

   ¿Qué le gustaría que permaneciera en el espectador después de ver el documental?

    Que, aunque un sueño parezca muy difícil, se puede luchar por él. Ishaq ha tenido una vida muy dura, pero ha seguido adelante. Y ahora lucha para que los niños de su pueblo tengan una oportunidad. Eso es lo que cuenta Desafío Karakorum.