James Gray lleva las tres últimas décadas siendo uno de los valedores más sólidos del tipo de cine que Hollywood hace tiempo que olvidó cómo hacer. En ese sentido, se le podría considerar uno de los pocos cineastas clásicos que nos quedan, a pesar de lo relativamente reciente que sea su obra. El hecho de que Paper Tiger, su noveno largometraje, sea una decidida vuelta a los inicios de su filmografía acrecienta la sensación de viejo maestro, pues Gray ya parece estar revisitando temas de antaño de una manera más despreocupada.
Aunque sea un director notablemente mucho más joven que aquellos que suelen aplicar el llamado late style (estilo tardío), como Clint Eastwood, Paul Schrader o Francis Ford Coppola, los fundamentos de esa teoría (gestos sencillos y líneas formales definidas que dan sensación de descuido pero son los trazos de alguien que domina el lenguaje de manera tan pura que, sin sentimiento de culpa, se deshace de elementos superfluos) se aplican como un guante a Paper Tiger.
La película se desarrolla en un terreno muy conocido por el cineasta: la ciudad de Nueva York, concretamente Queens, con dos hermanos metidos en líos criminales con inmigrantes rusos de por medio. Sin añadir más detalles, queda claro el regreso a los temas y ambientes de la primera parte de su filmografía, de Little Odessa (1994), La otra cara del crimen (2000) a La noche es nuestra (2007), con cuyo director de fotografía Joaquín Baca-Asay ha vuelto a colaborar aquí por primera vez desde de la obra maestra Two Lovers (2008).
En Paper Tiger tenemos a Adam Driver realizando una de las mejores actuaciones de su carrera, en la que canaliza al joven De Niro con su presencia nerviosa y particular carisma como Gary, un policía retirado muy dicharachero, a quien le gusta ser el centro de atención y cree tener buen olfato para los negocios. Su hermano ingeniero Irwin (Miles Teller, demasiado limitado para la ocasión) es más modesto y lleva una vida suburbial de clase media con su mujer Hester (Scarlett Johansson, completamente perdida y fuera de tono) y dos hijos, el mayor de los cuales está a punto de ir a la universidad.
Ese impacto próximo para la economía familiar, junto a los gastos del divorcio de Gary, lleva a que ambos hermanos planteen un negocio consistente en ofrecer asesoramiento técnico a un grupo de rusos que han llegado para manejar los residuos del canal. Sale inmediatamente mal. Una cita del Agamenón de Esquilo («Sea sin peligro la riqueza, de modo que baste al hombre juicioso») abre la película ya nos había anticipado que estábamos ante un relato admonitorio, y el desarrollo de la historia consistirá en ver cómo Irwin y Gary lidian con las consecuencias de su imprudencia.
Estamos en 1986, el deshielo soviético entra en sus última fase y peligrosos elementos de la mafia rusa se están expandiendo internacionalmente. Por lo tanto, los interlocutores de los protagonistas van a ser una representación de la ley del mercado mucho más salvaje y expeditiva de lo que cualquier publicidad capitalista del Sueño Americano se atrevería a explicitar.
Con inocencia temeraria, Irwin expone a sus hijos al encuentro con los criminales en un momento de escalada tensión asfixiante e, irremediablemente, la seguridad de su vida familiar salta por los aires con una invasión literal del hogar en otra de las secuencias más tensas de la filmografía de Gray. Pero es Gray, el personaje más trabajado y cautivador, quien sufre cómo desaparece el suelo firme sobre el que había edificado su percepción de éxito: él cree dominar siempre la situación, pero cuando la realidad se impone no tiene escapatoria.
En el desarrollo de todo lo relacionado con los infortunios de los hermanos encontramos al mejor James Gray, más depurado y directo a la yugular de su relato. Sin embargo, en el resto de la dimensión familiar es donde la película cojea y lleva a plantearse si habría sido beneficioso prescindir de ella. El personaje de Johansson, incluida una latente revelación médica que queda en suspenso, no solo resulta estridente por la interpretación de la actriz, también desdibuja la idea de destilado completo que podría haber sido Paper Tiger. Pero la imperfección también es un rasgo fundamental del estilo tardío de cualquier maestro.