Cannes

En medio de estériles debates sobre si el arte debe o no ser político, la selección oficial de Cannes deja bien claro cómo las decisiones de líderes testosterónicos afectan y mucho a l vida íntima de las personas. Es lo que trata de reflejar el director ruso Andreï Zviaguintsev en Minotaur, película con la que regresa después de estar al borde de la muerte a causa del Covid y de exiliarse de su país, Rusia, cuando comenzó la Guerra de Ucrania.

Fotograma Minotaur

Fotograma Minotaur / CEDIDA

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De hecho, ese conflicto, que el director rechaza claramente, sobrevuela y centra este drama íntimo de una familia burguesa en una ciudad de provincias de la Rusia actual. Zviaguintsev enseña cómo se hace un remake bien hecho; ya que homenajea en este filme La mujer infiel de Chabrol, un filme ambientado en 1969, después del mayo francés. La brillantez del ruso es trasladar ese conflicto conyugal a un contexto político convulso y generar varias lecturas y dobles sentidos, siempre con su asombrosa puesta en escena.

La historia de Chabrol le permite continuar la exploración de temas que se repiten en su filmografía, como la corrupción política, policial y judicial, la violencia, el patriarcado, la infidelidad como vía de escape para la opresión de las mujeres en la familia, el dinero y el poder de la religión y lo militar en su país. Temas que trató en películas como Leviatán, El destierro, Sin amor, donde la infidelidad era el motor que desencadenaba el conflicto. Quizá de todas, Minotaur es donde la política está más presente.

Ambientada en 2022, nos cuenta las sospechas de un hombre de negocios ruso, que vive plácidamente en una casa de diseño en las afueras, con su hijo. Un día comienza a sospechar que su mujer tiene una aventura, mientras empiezan a llegar problemas profesionales, debido a la invasión de Ucrania. El esfuerzo por mantener todo lo que había conseguido: su familia, su empresa, su estatus, su hombría, le llevan a caer en la violencia. La guerra se cuela a través de las noticias en la casa o en la oficina del protagonista. Se cuela porque magistralmente el director hace que la escuchemos de fondo en escenas cotidianas, a modo de banda sonora, para dejar claro que no podemos escapar de la violencia, estemos más o menos cerca del frente. O en esos tanques que aparecen de repente.

La guerra afecta a todo, también a las empresas, a las que el gobierno exige que den una lista de trabajadores que serán obligados a luchar por la patria. El capitalismo necesita la guerra para seguir sacando más rendimiento y el gobierno necesita al capitalismo para hacer la guerra. Un círculo vicioso que el filme retrata en las pequeñas decisiones de un empresario mediano, pero con poder de decidir quién muere y quién vive, misma decisión que deberá tomar sobre el amante de su mujer. En los diálogos cotidianos, el ruso aprovecha, como hacía en el resto de sus películas, para mostrar cuál es el sistema de valores de la Rusia actual. Excelente cómo ese padre enseña a su hijo a poner en su sitio a sus compañeros de colegio, un reflejo de poder patriarcal que se ejerce desde la presidencia del gobierno hasta la cocina de una casa. Los hombres no tocan los platos, hablan de temas mayores.

Zvyagintsev se apoya en unos encuadres majestuosos del paisaje, de la ciudad, y de una casa de diseño por la que se mueven estos personajes víctimas del patriarcado y la oligarquía desplegada tras la caída de la URSS. Una característica que le ha valido siempre la comparación con la composición visual de Antonioni y que aquí quizá tenga más similitud con ese fotógrafo, que resuena a Blow up. Con esos planos explora los límites de la profundidad del campo, mostrando cómo crece la crisis tanto humana como sociopolítica de todo un país. Pero además le sirve para mostrar a unos personajes perdidos en una casa que es un laberinto, donde el minotauro que les amenaza está cerca de la Plaza Roja de Moscú y convierte a su protagonista en una criatura atrapada en ese laberinto moral construido por su propio privilegio. Como en el mejor Zvyagintsev, lo íntimo nunca es solo íntimo; el colapso personal funciona como espejo de un sistema entero que se descompone.

Cristian Mungiu se pierde en ‘Fjord’

Fotograma de Fjord

Fotograma de Fjord / CEDIDA

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Fotograma de Fjord / CEDIDA

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Desigual ha sido la propuesta del rumano Cristian Mungiu, el único director en competición, junto a Kore Eda, que cuenta con una Palma de Oro. Un director brillante, capaz de condensar en sus películas los malestares de la sociedad europea, a través de un cine moral, incómodo y deliberadamente áspero, construido a partir de un conflicto en apariencia íntimo que acaba revelando las grietas de todo un sistema. Es lo que propone en Fjord abriendo varios temas peliagudos e interesantes, pero que no acaba de resolverlos de la manera audaz a la que nos tenía acostumbrados.

Película más internacional, donde se habla rumano, noruego e inglés y que sucede en una pequeña comunidad en Noruega. Allí acaba de llegar una familia procedente de Rumanía. La madre, Renate Reinsve, es noruega, y el padre, Sebastian Stan, rumano. Han vuelto con sus cinco hijos a vivir allí, cerca de una comunidad religiosa ultra a la que pertenecen. Inspirado en varios hechos reales recientes, la película cuenta cómo esta familia evangélica, acaba enfrentándose a la justicia acusados de maltratar a sus hijos, que pasan a depender de asuntos sociales.

El filme evita posicionarse para que el espectador saque sus propias conclusiones, algo coherente con la trayectoria de Mungiu que cuenta con títulos como Cuatro meses, tres semanas y dos días, Más allá de las colinas o RMN; el problema es que los argumentos de unos y otros parecen demasiado obvios y estereotipados y esos claroscuros van desapareciendo. Hay una crítica a la supremacía nórdica y a esa mirada de desprecio hacía los que no son como ellos, sobre todo a una familia cuya religión empieza a romper algunos derechos conseguidos, como la defensa de lo LGTBIQ.

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CANNES (France), 19/05/2026.- (L-R) Sebastian Stan, Director Cristian Mungiu and Renate Reinsve attend the photocall for 'Fjord' during the 79th annual Cannes Film Festival, in Cannes, France, 19 May 2026. The film festival runs from 12 to 23 May 2026. (Cine, Francia) EFE/EPA/TERESA SUAREZ

CANNES (France), 19/05/2026.- (L-R) Sebastian Stan, Director Cristian Mungiu and Renate Reinsve attend the photocall for ‘Fjord’ during the 79th annual Cannes Film Festival, in Cannes, France, 19 May 2026. The film festival runs from 12 to 23 May 2026. (Cine, Francia) EFE/EPA/TERESA SUAREZ
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AmpliarCANNES (France), 19/05/2026.- (L-R) Sebastian Stan, Director Cristian Mungiu and Renate Reinsve attend the photocall for 'Fjord' during the 79th annual Cannes Film Festival, in Cannes, France, 19 May 2026. The film festival runs from 12 to 23 May 2026. (Cine, Francia) EFE/EPA/TERESA SUAREZ

CANNES (France), 19/05/2026.- (L-R) Sebastian Stan, Director Cristian Mungiu and Renate Reinsve attend the photocall for ‘Fjord’ during the 79th annual Cannes Film Festival, in Cannes, France, 19 May 2026. The film festival runs from 12 to 23 May 2026. (Cine, Francia) EFE/EPA/TERESA SUAREZ
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Formalmente, Mungiu sigue apostando por planos largos, distancia emocional, una cámara que observa sin intervenir y acentúa la frialdad que da ese entorno rodeado de fiordos, en alusión a ese título y a la amenaza de avalancha constante en ese lugar. Es como si la amenaza siempre acechara a esa comunidad. Sin embargo, aquí también cuela algunas obviedades visuales, en especial en una escena donde las dos partes discuten mientras la bandera de noruega ondea al viento en la ventana.

Sin duda, Fjord es un buen drama judicial y plantea algunos debates interesantes, como ¿hasta dónde puede el estado entrometerse en la educación de unos hijos? ¿Hasta donde la libertad religiosa no empieza amenazar los derechos de la población? Es una pena que no ahonde en ello. Aún así, siempre es interesante el cine de este director que ha levando una película sobre la sospecha hacia el otro, quizá uno de los problemas de nuestro tiempo.