La primera gran lección que aprendió Emilio Benito Martín (Salamanca, 1990) al llegar a Chile fue que no se puede viajar por el desierto sin … un bidón extra de gasolina. La segunda, que su vida ya no volvería a parecerse a la que había imaginado en Valladolid antes de terminar la carrera. Salmantino de nacimiento, se trasladó a la capital del Pisuerga cuando tenía tan solo nueve años. Aquí creció, estudió y tenía su vida antes de hacer poner rumbo a Sudamérica. Estudió Arquitectura Técnica en la Universidad Europea Miguel de Cervantes, quería seguir los pasos de su padre y su abuelo, ambos profesionales del sector de la construcción. Hizo un máster en dirección de proyectos y obtuvo la certificación PMP (Project Management Professional). Tenía un proyecto de vida en mente, sin embargo, la crisis inmobiliaria de aquellos años le hizo cambiar la hoja de ruta que tenía marcada. «A mi padre se le presentó la oportunidad de trabajar en Chile y yo también podía incorporarme allí. Yo era un recién graduado y me estaban ofreciendo un trabajo y vivir una experiencia fuera de casa. No pude rechazarlo», cuenta.

Así, en marzo de 2015 salió de España con destino a Vallenar, en la región chilena de Atacama. Viajaba junto a sus padres y su perrita Kyra. Lo que parecía una aventura temporal terminó convirtiéndose en once años enlazando países, proyectos y mudanzas. «Esperábamos tener algunas dificultades en la adaptación. Teníamos que empezar de cero, estando lejos de la familia y viviendo con costumbres distintas. Pero gracias al buen recibimiento de la gente y a coincidir con muchos españoles que también habían llegado por la crisis, nos adaptamos rápido. Por suerte mi salida de España fue en compañía de mis padres. Eso hizo que todo fuese más fácil para mí», reconoce este vallisoletano, que al llegar se sintió impactado por «la aridez y la forma de vida» en el desierto de Atacama.

Aquel primer contrato que le habían prometido se hacía de rogar, así que, cansado de esperar, decidió entrevistarse con el gerente chileno de una empresa sevillana. Horas después había firmado un contrato laboral y estaba poniendo rumbo a Taltal para participar en la construcción de una línea de transmisión eléctrica de 220 kV. «Recuerdo que acababa de producirse una riada devastadora. Había barro hasta metro y medio en las fachadas de las casas y todos los coches habían sido arrastrados. Poco después me tocó vivir el terremoto de Coquimbo, de magnitud 8,4. Fue algo impresionante», relata este arquitecto técnico, cuya carrera profesional ha estado ligada desde entonces a grandes proyectos de energía y transporte, como parques eólicos, subestaciones eléctricas y líneas de transmisión de alta tensión repartidas por medio continente.

Emilio Benito en Arequipa, con una mujer con el traje típico, una alpaca y una oveja

Emilio Benito en Arequipa, con una mujer con el traje típico, una alpaca y una oveja.

(El Norte)

En noviembre de 2015 regresó a Vallenar para trabajar en la empresa que le había prometido un contrato inicialmente. Tras varios proyectos en Chile, le trasladaron a Panamá para participar en la construcción del Parque Eólico Toabré. Allí pasó cinco años, pandemia incluida. «Nuestros vecinos nos recibieron como si fuéramos amigos de toda la vida. La gente salía por las noches a conversar en la puerta de casa, compartían, hacían vida tranquila. Tras el covid, mis padres regresaron a Valladolid y ahí sí empezó mi aventura de verdad. Me quedé solo en un país que no era el mío», recuerda. Su siguiente destino fue Cuba. Duró sólo un mes, pero le dejó huella. Recorrió la isla desde La Habana hasta Punta de Maisí estudiando la posible implantación de parques eólicos. «Todos vemos el día a día de Cuba por la tele, pero es muy diferente vivirlo en primera persona. Gasolineras sin combustible, hoteles sin agua… como algo temporal sí que repetiría la experiencia, pero irme a vivir allí, creo que no», afirma Emilio.

Sus datos:

  • Sus datos:

    • Lugar de nacimiento:
      Salamanca, 1990

    • Estudió:
      Arquitectura Técnica en la Universidad Europea Miguel de Cervantes de Valladolid. Promoción 2008

    • Fecha de partida:
      12 de marzo de 2015

    • Lugar actual de residencia:
      Perú. (Antes ha vivido en Chile, Panamá y Cuba)

    • Profesión:
      Jefe de Obra en un Proyecto de Construcción de una línea de transmisión de 138 kv en la Región de Arequipa, Perú

Su mejor momento en el extranjero fue el nacimiento de su hijo en abril del pasado año, en Chile. Un mes más tarde, le tocó regresar a Panamá para un nuevo proyecto. Hoy su familia permanece en Chile mientras él continúa enlazando destinos. Perú es la última parada de su recorrido. Primero trabajó en la ciudad de Talara, al Norte del país, después en Puerto Maldonado, junto al Amazonas, y ahora en Pedregal, al Sur del país, como coordinador de obra en la construcción de una línea de transmisión de 138 kV vinculada al parque fotovoltaico Sol de Verano, en la región de Arequipa. «Estoy más cerca de mi hijo en el mapa, pero mínimo a quince horas de viaje para llegar hasta él», dice.

Después de más de una década fuera, reconoce que emigrar le cambió su forma de entender el trabajo, la vida y las relaciones con las personas. «Cada país deja una huellita. Llegas a tomarles cariño y cuando te marchas les extrañas, pero yo, ante todo, me siento español», comenta. «De Valladolid extraño el buen vivir y la gran ciudad que es. Tiene de todo, sin ser una vorágine. Es uno de los mejores lugares para vivir. La vida es mejor en España», afirma. Cada vez que viene de visita le gusta cumplir con todas sus pasiones, principalmente con la tauromaquia, los caballos, tomar una buena tapa de tortilla o de jamón y beber buen vino. Y siempre, siempre, hacer una visita a la Virgen de la Peña y al Cristo de Cabrera en Salamanca. «Lo primero que hice en cuanto llevé a mi hijo la primera vez a España fue ir a presentárselo tanto a la Virgen como al Cristo», prosigue este vallisoletano, que reconoce que ha aprendido a adaptarse a vivir en diferentes países, pero también admite el desgaste de estar siempre lejos. «El reto más complicado ha sido perder a un familiar y no estar en España para despedirle», concluye.