De chaval, Aner Etxebarria (Getxo, 1988) devoraba ‘El hombre y la tierra’ y los documentales de ‘National Geographic’. Los veranos en la casa de pueblo … burgalesa de su abuelo le convirtieron en naturalista. Estudió Audiovisuales sabiendo que iba a recorrer el mundo con su cámara «para contar la Naturaleza desde las historias humanas». Ha rodado en Amazonia, Mongolia, Mozambique… Acaba de estar tres meses en Congo, donde llevan más de 140 muertos por un brote de ébola. Pero hoy le toca hablar del Chocó colombiano, el territorio más pobre del país, pero también un edén selvático entre el Pacífico y la frontera panameña, con manglares donde viven comunidades indígenas abandonadas por el Estado, que sufren las rutas del narco y del tráfico de personas, así como la violencia de los grupos paramilitares.
‘Luz’ es el título del cortometraje documental que Etxebarria ha rodado por encargo de la ONG Zabalketa, dentro de un proyecto financiado por Elankidetza, la Agencia Vasca de Cooperación y Solidaridad. Su nombre podría corresponder a la protagonista, una mujer que ha tomado las riendas de su pueblo, pero un rótulo inicial advierte de que «por motivos de seguridad, la identidad de todas las personas que han participado en la película debe permanecer en el anonimato».
El documentalista algorteño graba a una mujer que fue «una niña brava, que no hablaba ni comía de la mano de nadie». Ansiaba crecer rápido «para ser líder». La llamaban ‘Luz Permanente’ y su vida cambió cuando descubrió las pisadas de botas militares en el barro del territorio Embera. Hasta entonces, las mujeres jugaban al fútbol y los niños se bañaban en el río. Ahora hay carteles en la escuela advirtiendo del peligro de las minas y las familias tienen hecha una maleta con los documentos de identidad por si hay que salir corriendo en mitad de la noche.

Una imagen del corto documental ‘Luz’, protagonizado por la comunidad indígena embera Ambá Patato en las selvas del Chocó colombiano.
Dado su acabado técnico, su cuidado sonido y una bellísima fotografía que incluye tomas aéreas con drones, nadie diría que Etxebarria ha rodado ‘Luz’ en solitario durante seis días. «He trabajado mucho en ecosistemas tropicales, pero las selvas del Chocó son el único lugar donde he sentido que pueden ocurrir cosas imposibles. Allí existe el realismo mágico», sostiene. «Es una selva azotada por un oleaje que nunca cesa. Es como si el mar, siempre embravecido, se quisiera tragar a las personas».
Estamos en uno de los lugares clave en el tránsito migratorio de Sudamérica. El camino que lleva al tristemente célebre Paso del Darién, en el que los migrantes de camino a Estados Unidos se juegan la vida en una ruta pantanosa controlada por organizaciones criminales. «Los cárteles del narcotráfico controlan grandes zonas de selva. Las comunidades indígenas sufren una situación de aislamiento y Zabalketa lleva años intentando mejorar la situación de familias declaradas en situación de confinamiento, esto es, que se encuentran en una localización controlada por un grupo armado», ilustra el realizador, al que le duele que el cine haya «romantizado» la figura del narco y desatendido a los cientos de miles de desplazados.
Una historia de resistencia
Los nativos no tienen permiso para salir de su aldea, ni para pescar en unos ríos que sirven de autopista. Muchas veces huyen de su hogar, expulsados por la violencia. «El Estado trata de llegar pero no puede por la orografía del terreno y por el poder de estos grupos bien armados e introducidos en la sociedad», añade Etxebarria. La ONG vasca trabaja en ese infierno de narcos y milicias paramilitares enfrentadas entre sí verificando la seguridad de la zona o empoderando a las mujeres para que conozcan sus derechos. En el filme aparecen elaborando chaquiras (artesanía con cuentas y abalorios): no solo recuperan su cultura, sino que logran un sustento económico.

Una imagen de ‘Luz’.
«Si nos matan, esta será una historia de resistencia para que las siguientes generaciones sigan luchando», expresa la protagonista de ‘Luz’, una de tantas mujeres indígenas, lideresas anónimas que iluminan de esperanza el futuro de sus comunidades. Según el Defensor del Pueblo colombiano, en los últimos diez años más de 1.500 personas que trabajaban en la defensa de los derechos humanos han sido asesinadas. Como símbolo de libertad en la cinta, que empieza un periplo por festivales que debería acabar en los Goya, Aner Etxebarria ha escogido una mariposa de efímera belleza. «Necesitaba una mariposa que representara la muerte en la cultura indígena para grabarla. ¿Te puedes creer que esa misma noche apareció posada en la puerta de mi habitación? El realismo mágico existe».