Cada época, a su ritmo. Pero el de Jack Ryan no parece haber cambiado sustancialmente en los últimos años. El analista de la CIA creado por el escritor Tom Clancy e interpretado, en el transcurso de los años, por Alec Baldwin (en la memorable La caza del Octubre Rojo), Harrison Ford (en Juego de patriotas y Peligro inminente), Ben Affleck (Pánico nuclear) y Chris Pine (la infravalorada Operación Sombra) parece haber encontrado en Amazon… oh, perdón, John Krasinski, la nueva horma de su zapato.
Guerra encubierta es la primera película protagonizada por este último tras cuatro temporadas de éxito en formato serie. El resultado es un largometraje desigual, incuestionablemente entretenido, que luce más o menos como todas las películas de cierto lujo en el streaming: no da la impresión de que falten medios, pero sí algo de personalidad.
Y eso que Jack Ryan: Guerra encubierta puede presumir de algo que no resulta tan habitual en el cine contemporáneo: una persecución de coches, la que transcurre en Londres, tan contundente, veloz y violenta como uno desearía en un film de acción de los noventa. El problema del film es la escasa entidad de su amenaza, las paletadas de información que el guion liquida en cuantos menos minutos, mejor, y algún que otro venazo moralista sobre la geopolítica post 11-S camuflado tras el idealismo de Jack Ryan (de los que afortunadamente el film se desdice en su tramo final).
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Aquí les dejamos, por cierto, la videocrítica de la primera temporada de la serie:
En cuanto a la película, Si algo hereda esta Guerra encubierta del único título protagonizado por Chris Pine y dirigido por Kenneth Branagh hace doce años —se planificó como franquicia pero no rindió en la taquilla— es un ritmo rápido y una duración contenida que fuerzan a la intriga a contraerse en torno a un par de acontecimientos capitales, la mayoría relacionados con la ciudad de Dubái y la extraña naturaleza de publirreportaje que el film apenas se molesta en ocultar. Si se extrae el baile de nombres y prolegómenos que el guion complica un tanto a propósito, Guerra encubierta es un film de intriga sin intriga que coge el carril y no lo suelta.
No es el peor de los problemas que podíamos tener en una aventura con John Krasinski que, al igual que Harrison Ford —pero sin su enorme capacidad para registrarse en nuestra memoria—, consigue transmitir una determinada onda de vulnerabilidad y determinación, una Sienna Miller verdaderamente carismática —pero sin espacio para brillar— y algunos tiroteos francamente estelares. Si su aspecto estándar —todo en ella suena, se siente y se ve como en todas las películas vistas recientemente— pudiera al menos imitar la artesanía de un Phillip Noyce, Kenneth Branagh o, válgame Dios, un John McTiernan, algunos estaríamos en un universo paralelo. Por soñar que no quede.