Marta Matute, magnífica directora debutante con Yo no moriré de amor (aún en cartelera), compuso hace tres años un cortometraje titulado de una forma tan sencilla como certera: Una amiga. La pieza, acerca de la homosexualidad femenina, venía a contar la barrera que demasiadas veces suponen las familias para vivir con naturalidad no ya su condición de lesbianas, que también, sino sobre todo la información concreta hacia los suyos de una relación amorosa seria con otra mujer. De ahí lo de “una amiga”.
Viene a la cabeza el corto de Matute viendo la película Tres mujeres por compartir tema, y también por la inevitable comparación. Si eso sigue ocurriendo en muchas familias españolas, imaginen lo que puede pasar en las tunecinas. Leyla Bouzid, su directora, bien podría haberla titulado Una compañera de piso, porque esa es precisamente la única información que ofrece la veinteañera protagonista a su familia cuando acude desde París con su novia al entierro de un tío recién fallecido. Los seis días de duelo suponen una desesperada salida del armario de la joven, un volcán de sentimientos contradictorios en su madre (la tercera mujer del título) y, aún más, el descubrimiento de no pocos secretos familiares relacionados con el muerto: el típico miembro esquinado de la familia, el que siempre salía en un rincón de las fotos, el que tuvo que dejar sus estudios a pesar de ser, según todos, “el más listo”, el que ha muerto en circunstancias violentas y fue encontrado desnudo, en un incidente que está investigando la policía. El gay que nunca pudo tirar del todo el muro de la cerrazón.
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Por razones obvias, no son muchas las películas de amor y sexo entre hombres procedentes de países árabes de inmensa mayoría musulmana, como es Túnez. Y entre mujeres, el desierto. En este caso, con un dato esencial: el código penal del país, en su artículo 230, castiga la sodomía y los actos homosexuales con penas de hasta tres años de cárcel. De modo que la existencia de una producción como Tres mujeres traspasa su condición de estimable ejercicio de narración cinematográfica para adentrarse en el terreno de las obras de evidente relevancia social. Además, la exploración de las discordancias entre el amor familiar y los comportamientos prohibidos está elaborada por Bouzid de un modo poco convencional.
Como también le ocurre a la libanesa Un mundo frágil y maravilloso, de estreno esta misma semana en España, la prole protagonista parece ajena a la práctica religiosa. El ambiente que se retrata es fundamentalmente laico (apenas hay una referencia al Corán en un diálogo), la madre de la chica es doctora en medicina y el Túnez de la ciudad costera y turística de Susa parece cualquier moderno lugar de vacaciones. Y sin embargo, la homofobia domina la sociedad (aún más, el desprecio hacia las lesbianas) y la falta de libertades lleva a la ocultación, a la mentira y, en determinados momentos, a una sordidez en los comportamientos, casi de corte pasoliniano (la muerte del tío podría recordar a la del cineasta italiano), que nunca se visualiza, pero sí se vislumbra.
En su tercer largometraje, Bouzid, hija de director y escritor de cine (Nouri Bouzid, coguionista de Un verano en la Goulette), que marchó desde su país a Francia para estudiar Literatura en la Sorbona, y más tarde también cine, ha compuesto una película que decide apartarse del lugar común para acercarse a las contradicciones de la familia, y hasta de los ideales educativos. Su fusión entre la intriga política, social y policial, y el drama personal en que la joven se debate entre el (des)arraigo, la huida y el compromiso. La película, coproducida con Francia, se exhibe en los cines tunecinos desde el 29 de abril. Y eso sí que es importante.
Tres mujeres
Dirección: Leyla Bouzid.
Intérpretes: Eya Bouteraa, Hiam Abbass, Marion Barbeau, Feriel Chamari.
Género: drama. Túnez, 2026.
Duración: 113 minutos.
Estreno: 22 de mayo.