A lo largo de una mañana primaveral y en varias acciones de registro y detención simultáneas y sincronizadas en diferentes puntos de Madrid y Zaragoza, la Guardia Civil desmanteló la red de dopaje, suministro y logística tejida por Eufemiano Fuentes, un reconocido médico del deporte, y José Luis Merino Batres, reputado hematólogo propietario en un laboratorio de análisis clínicos en el barrio de Chamberí. Se hallaron cerca de dos centenares de bolsas de sangre congeladas listas para ser transfundidas a varias decenas de deportistas, ciclistas en su mayoría, y se detuvo a cinco personas: Fuentes, merino, sus ayudantes Ignacio Labarta y Alberto León, y Manolo Saiz, director del Liberty, uno de los mejores equipos del mundo, que había acudido a Madrid con decenas de miles de francos suizos en la cartera para reunirse con Fuentes y Merino, que le reclamaban una deuda, y adquirir unos medicamentos.
¿Vemos ahora, 20 años después, con otros ojos las gestas de los ciclistas, su relación con las sustancias prohibidas a consecuencia de la Operación Puerto o la OP fue la respuesta de una cierta modernidad cultural de una sociedad que renegaba de su pasado y decidió enfrentarse a una realidad que prefería negar?
“La decisión viene de nos metemos en esto o no. Es decir, si esto merece la pena o no. Lo hablamos en una conversación del grupo y podríamos haber optado por otro tipo de operaciones”, recuerda Enrique Gómez Bastida, el teniente del departamento de consumo y medio ambiente (Secoma) de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, que eligió el objetivo y dirigió la investigación y la ejecución. “Hicimos un poco la investigación como si fueran anabolizantes de un gimnasio, simplemente que en vez de ser fisicoculturistas los destinatarios, eran deportistas de alta competición”.
El testimonio de Bastida da respuesta a la pregunta. Se inició la tarea de abrir la cueva de Alí Babá sin saber qué se iba a encontrar ni que salpicaría a los mejores ciclistas del mundo una vez retirado Lance Armstrong: Ullrich, Basso, Valverde, Botero, Sevilla y al Liberty el Kelme. “El Secoma estaba especializado en los delitos contra la salud, el fraude alimentario y en el tráfico ilícito de medicamentos. Entonces era un grupo muy pequeño, de reciente creación. Cuando llegué, heredé un grupo muy joven con motivación para hacer cosas diferentes, sin miedo, con ganas de comerse el mundo. Estábamos en la mejor unidad policial de España, y nos exigíamos estar a la altura de lo que era la UCO”, recuerda Bastida, ahora comandante en excedencia. “La chispa de la OP surge del análisis de una operación anterior, la Mamut, contra la falsificación y el tráfico de sustancias para su uso en gimnasios. Vimos que algunos de los nombres de Mamut se repetían en las denuncias de Jesús Manzano, el ciclista del Kelme que en 2004 relató en el As las prácticas oscuras del pelotón y en un juicio en Alemania a un entrenador que se proveía en Madrid de ciencia y productos. Y en todas las salsas estaba Merino Batres”.
La Operación Mamut, la madre de la OP, nació siguiendo el hilo de una investigación en una imprenta que elaboraba cartonajes falsos para falsos medicamentos –anabolizantes, hormonas del crecimiento—que fabricaba una banda en una bañera. Ese hilo les hizo tantear, como un ciego una figura en una estantería, los contornos del continente del dopaje deportivo. Tenían la forma de un traficante dueño de una tienda de suplementos nutritivos, siempre en Chamberí, que había vivido unos años en Australia y que de allí importaba al por mayor, directamente del laboratorio, IGF-1, un factor de crecimiento de uso veterinario tan eficaz e indetectable como la hormona del crecimiento. Como aval para importarlo contaba con la firma de un prestigioso investigador del CSIC convencido de que el IGF-1 es una panacea, un medicamento que todo lo cura, desde el párkinson al Alzheimer, y con la que atiborra a ratas en su laboratorio para probar sus efectos benéficos sobre la ataxia cerebelosa, una enfermedad degenerativa y sin cura. Tal es su fe en el producto que convenció en su momento a una asociación de enfermos para que reclamaran su aprobación a Sanidad, que liberalizaran su importación como medicamento y hasta se propuso, a medias con el importador, para construir, con capital israelí, otra fuente del producto, una fábrica en España. El investigador consumía una parte de lo importado. El resto pasaba al mercado negro. Llegaba a deportistas o mediante venta directa, embellecido con los cartonajes de la fábrica que se desmanteló posteriormente, o a través de entrenadores con contactos, de amigos médicos. De médicos como un vecino del barrio de Chamberí con contactos con entrenadores de atletismo alemán; de médicos como Eufemiano.
La primera semana de marzo comienza la vigilancia de Batres en la puerta de su laboratorio, en la calle de Zurbano. El 16 deposita una bolsa de basura en un contenedor cercano. Al abrirla, los investigadores encontraron restos de bolsas y material utilizado para congelar y descongelar glóbulos rojos. También le ven pasear y reunirse con Fuentes, quien, a su vez, los lleva a otro domicilio del barrio, en la calle Alonso Cano, y a otros personajes, a Labarta, a León, a idas y venidas con bolsas y mochilas frigoríficas a hoteles cercanos al aeropuerto. El ocho de mayo presentan en el juzgado 31 sus hallazgos y solicitan mandamientos judiciales para intervenir los teléfonos del grupo. Las conversaciones son una mina que confirma la práctica de las transfusiones y ofrece nombres gloriosos de deportistas. El Giro asombros de Basso y José Enrique Gutiérrez, dos de los clientes, está en su apogeo. Hay tal trasiego de entradas (los ciclistas que se preparan para el Tour empiezan a acudir para dejar su sangre) y salidas de material que Bastida no aguanta más. No quiere entrar en Alonso Cano y encontrarse neveras y congeladores vacíos. El 22 de mayo, el juzgado le da vía libre para los registros y las detenciones.
Después del bombazo, la resaca. El juez del 31 no ve nada claro e intenta archivar tres veces la causa, que solo llegará a juicio en febrero de 2013. Merino Batres está enfermo. Alberto León se ha suicidado. Fuentes, Saiz, Labarta y Vicente Belda se sientan en el banquillo. ¿La sentencia? Prácticamente absolutoria. No se considera la sangre un medicamento, no hay pruebas de que las prácticas, aun feas, supusieran un peligro para la salud. Ni Saiz ni Belda pudieron regresar al gran ciclismo. Labarta desapareció del mapa deportivo. Fuentes sigue entreteniendo el misterio. También sigue siendo un enigma la presencia de otros deportistas, salvo la atleta Marta Domínguez, sancionada. Todos los ciclistas, salvo Mancebo y Sevilla, que siguen corriendo a los 50 años, se han retirado. Ya es el turno de los hijos y del olvido. Corren otros tiempos. Ya nadie se indignaría como lo hizo cuando se desmontó a Lance Armstrong, cuando florecían las operaciones. La revolución social que posibilitó la OP está cubierta de polvo.
“El éxito de la OP fue poner de manifiesto que el dopaje no consistía en un deportista que consumía una sustancia un día puntual para una prueba determinada, es decir, no respondía a un comportamiento individual o una tentación sino a un sistema planificado y consciente, un programa, que altera todas las competiciones”, resume Bastida. “Y, tristemente, esa posible concepción que durante un tiempo sí que podía estar en el aire, se ha difuminado. Es un tema que no es que se juzgue de una forma u otra, simplemente no existe. Eso es lo peor, que ni siquiera es ya un tema de debate”.