Justo en el aullido desgarrado de la mujer que sostiene a su hijo en brazos -en esa boca abierta por el horror más innombrable que contiene el estallido de las bombas y la certidumbre de la muerte- se hubiera podido quedar detenido una eternidad Rufo Criado; también en ese rostro no humano y tan inquietante de Cristo crucificado o en la deslumbrante calavera del bodegón con erizo o en la Maternidad imponente para la que hace tiempo se agotaron los adjetivos. El artista arandino está lleno de Picasso. Recuerda que fue en 1976, en Basilea, cuando se atracó por primera vez del universal genio malagueño en aquella retrospectiva en la que se mostraron 700 obras. «Aquello fue tremendo. Hoy algo así sería imposible».

«Picasso es la pintura como verdad, como investigación… Tiene muchas obras cumbres o maestras. Para mí, la primera -y fundamental- es Las señoritas de Avignon. ¡Que es una obra de 1907! Picasso tenía 25 años. Para mí, el arte del siglo XX empieza con esa obra». Para el que fuera primer director del Centro de Arte Contemporáneo de Caja de Burgos (CAB), toda la obra del genio andaluz está traspasado por el factor humano: la familia, las mujeres. «Articula cantidad de obra fundamental en torno a sus relaciones afectivas. Con las épocas azul y rosa ya podría haber pasado a la historia del arte. Pero siguió buscando un camino, ahondó en las raíces y desarrolló un lenguaje a partir de insistir e insistir. Rompió con todo influenciado por la cultura íbera», apunta Criado. 

Es un lujo tener una exposición como esta en Burgos»

 

Recorre la exposición con recogimiento y mirada análitica. Cita obras que se emparentan con algunas de las expuestas -Ciencia y caridad, La Anunciación-. No puede ocultar su entusiasmo: «Es un lujo poder tener una exposición de Picasso en Burgos como ésta», dice el hombre que ha contemplado las obras del malagueño en Barcelona, Madrid, Santander, Málaga, París, Nueva York… «Este tipo de muestras pequeñas son más intimistas que las grandes exposiciones. Al espectador le permite disfrutar de otra manera».

Frente al retrato del pequeño Paulo (esa mirada en la que cabe el infinito) exclama Rufo: «Es una joyita». Junto a la imponente Maternidad, reflexiona el cofundador de A Ua Crag en torno a la constante evolución del artista. «Picasso estaba haciendo esto y al mismo tiempo terminando de desarrollar -si es que alguna vez concluyó- su permanente exploración del cubismo, al que dedicó tantos años. Cuando ya no pudo exprimirlo plásticamente más, vuelve a una figuración centrada además en la familia.Por eso Picasso es inclasificable». 

Este tipo de muestras pequeñas son más intimistas. Al espectador le permite disfrutar de otra manera»

Le fascinan a Rufo Criado los bodegones que acoge la muestra ‘Picasso. Raíces Bíblicas’, las crucifixiones -«esto es expresionismo alemán treinta años antes de que ese movimiento surgiera», apunta señalando el óleo de Cristo crucificado, cuyo rostro le evoca al artista arandino la cabeza de un macho cabrío, una suerte de Anticristo. «Es un cuadro irreverente.Es una maravilla que esté aquí.Una pieza extraordinaria. Como esta Crucifixión, que es una terribilitá, un espanto.Estos vacíos, las manchas de la tinta china. Hay rabia en esos brochazos», subraya.

Aunque se haya dicho todo sobre Picasso y se conozca de sobra su ingente obra, cree Rufo que esta exposición es una oportunidad única para los burgaleses. Los retratos cubistas de mujeres, la serie de palomas, la pieza de Hombre con cordero… Disfruta Rufo Criado como un niño, y reflexiona en torno a la condición de Picasso como escultor. «Ya sólo por la escultura hubiera pasado a la historia. Lo revolucionó todo. Lo hizo todo en la pintura».

De Basilea a Burgos, de aquellas 700 obras a las 44 de éstas, medio siglo mediante, la vigencia de Picasso es absoluta en la retina y en la memoria de Rufo Criado, que sale de la exposición con la mirada llena de horizontes y de luz.

«Estéticamente es impresionante»

‘Madre con niño muerto (II)’ (Óleo sobre lienzo). 1937

El postcripto del Guernica titulado Mujer con niño muerto (II) es, para Rufo Criado, la gran joya de la muestra que acoge la Sala Valentín Palencia de la Catedral. «Estéticamente es impresionante. Contiene un drama tremendo, y al mismo tiempo es una obra lúdica. Si pudiéramos cortar el cuadro por la mitad (el negro es el que marca la mitad) se ve claro: en el lado izquierdo, la madre, el grito, el niño con sus manitas y la manaza de la madre; en el derecho, todo ese juego lineal creando espacios interiores con vacíos, blancos, negros, grisalla». Apunta Criado que, a la manera de Matisse, en esta obra Picasso deja todo «muy insinuado, esquematizado, libre». Luz, oscuridad, tensión, dramatismo… «En aquel momento, él estaba muy informado, al día, de lo que ocurría en España, sumida en la Guerra Civil. Este cuadro es un grito».

Paloma Alarcó, comisaria de la exposición y autora del espléndido catálogo de la misma, explica que Picasso utiliza la pintura en grisalla «para acentuar el dramatismo, los gestos de la trágica madre que llora desconsolada sobre el cadáver de su hijo se convierten en aullido desgarrador. Las dos figuras se deforman por la tensión y el dolor, y el sufrimiento que expresan se asemeja al de una Pietà, al tiempo que transmiten una denuncia de la capacidad del ser humano de infligir dolor. Al igual que en otras imágenes, la mirada de Picasso no es complaciente, sino extremadamente cruel, como espejo de las graves tensiones políticas y sociales que estaban latiendo en la Europa de su tiempo. Todavía hoy, esta maternidad sufriente nos deja sin palabras (…)».