Salir en bicicleta a las diez de la noche puede parecer una idea reservada a unos pocos aventureros. Mientras la ciudad baja el ritmo y … las persianas se cierran, cientos de focos comenzarán a encenderse en el Parque del Este de Salburua este viernes. Allí arrancará la tercera edición de The Wolf Race, una prueba de gravel que propone recorrer hasta 300 kilómetros con la oscuridad como gran protagonista de la experiencia.
Bicicletas equipadas con luces, bolsas de ‘bikepacking’ y participantes con una mezcla de «nervios e incertidumbre», describe el organizador de la prueba, José Antonio Arenzana. Una cita que alcanza su tercera edición y mantiene los recorridos de 300 y 100 kilómetros. El proyecto nació con la idea de ser «una especie de puerta de acceso a pruebas de ultradistancia mucho mayores», explica.
La filosofía es clara. Enfrentarse a una noche completa pedaleando, orientarse con GPS y comprobar si se es capaz de gestionar el esfuerzo y la incertidumbre. Al reto se medirán 300 personas, repartidas equitativamente en ambas pruebas. El límite de participantes está fijado a tal cifra debido a que «tener mucha gente en el medio rural puede ser un problema», reconocen desde la organización. Muchos de los que afrontan la distancia menor lo hacen con la idea de «apuntarse a la de 300 kilómetros para el año que viene», desvela.
La edad media se sitúa entre los 35 y los 45 años, lejos de la imagen de una prueba dominada por ciclistas jóvenes. La explicación, según la organización, tiene más que ver con la cabeza que con las piernas. «Esto, más que físico, es mental», resume Arenzana. Los kilómetros, el cansancio y las horas nocturnas convierten la carrera en una sucesión de estados emocionales. La tensión de la noche, la llegada del amanecer o los momentos de bajón forman parte del recorrido tanto como las pistas y caminos.
El auge del gravel también explica parte del crecimiento de la prueba. La modalidad, a medio camino entre la carretera y la bicicleta de montaña, ha ganado importancia en los últimos años y ha transformado la manera de entender el ciclismo debido a que «después de la pandemia hubo una revolución y la gente salió con sus bicicletas a las pistas», resume Arenzana. Para el organizador, la tendencia va mucho más allá de una moda pasajera. «El gravel ha venido para quedarse». Su versatilidad, la posibilidad de circular por caminos y pistas y «el componente aventurero» convierten esta disciplina en una alternativa cada vez más popular. «Es la bicicleta para todo».