Santiago sigue disparando en cada lance como antaño. Tres fotos por segundo. Tiene el pulso curtido en analógico y la mirada educada en el blanco y negro de otros tiempos. Santiago es, desde hace cuarenta años, la cabeza al frente de la saga de fotógrafos … taurinos más relevante de España pero, sorprendentemente, no se identifica como taurino. «Yo soy fotógrafo. A mí me gustaba el cuarto oscuro. Meterme en la ampliadora con las luces, los líquidos, retocar algún negativo…». Son ecos de un oficio que aprendió cuando la creación de una fotografía requería de un laborioso ritual que ha dejado una huella imborrable en quienes lo han practicado.

Hoy, sin embargo, la rápida evolución de este arte bicentenario exige una continua adaptación, pues nadie sabe aún el tiempo de vida de un negativo, ese pedacito de celuloide translúcido donde se grababan las imágenes en las cámaras analógicas.

Ante esta urgencia, Santiago Botán y Ana Escribano, actuales responsables de la Agencia Botán, han emprendido un minucioso proceso de digitalización en un laboratorio doméstico a solo unos minutos de la plaza de Las Ventas.

Una aventura que comenzó en 2020 con una caja de cartón, una luz y un cristal. «Yo siempre lo he tenido en la cabeza, pero echaba cuentas y no me salían», recuerda Santiago, que aprovechando la pausa del confinamiento se animó a fabricar un escáner casero por menos de la cuarta parte de lo que valdría una máquina profesional. Desde entonces, llevan casi cuatrocientos mil negativos procesados y cien TB de imágenes digitalizadas, una cifra equivalente a la capacidad de ochocientos teléfonos móviles. Pero para entender totalmente la magnitud de esta empresa es necesario remontarse medio siglo atrás.

«Todo empieza en haberlos sabido conservar». Santiago se refiere a los negativos que durante décadas han permanecido protegido y catalogado en un almacén, algo poco habitual entre los fotógrafos de la época pues, tal y como recuerda, «se revelaba a toda pastilla, se secaban los carretes con secador y se vendían las fotos a los toreros nada más terminar la corrida». Esta frenética labor, sumada a los numerosos traslados entre plaza y plaza, provocaba que la mayoría de los fotógrafos, agotados, terminasen olvidando todo su trabajo en cajas sin ningún orden ni fecha.

Origen de la saga

El rigor que ha hecho destacar desde el inicio a esta firma tiene su origen en el patriarca de la saga, Fernando Botán Mon, un hombre meticuloso y ordenado que aterrizó casi por casualidad en esta profesión a principios de los años 60. «El abuelo veía negocio en todo. Trabajaba en la editorial católica del diario Ya y se compró una Leica un poco porque sí. Comenzó a ganar dinero haciendo fotos en el hipódromo de la Zarzuela, pero su afición era los toros».

Frente al caos de sus compañeros, Fernando Botán anotaba religiosamente las ganancias de cada jornada junto a un breve texto de lo ocurrido durante la lidia. Estaba ejerciendo, sin proponérselo, la labor de cronista taurino.

Sus sucesores heredaron esta rutina y continuaron relatando todas las corridas en un voluminoso cuaderno que hoy se utiliza como guía para clasificar los carretes y elaborar una ficha de cada torero. Este registro es la base de todo el proceso.

El toro humillado

Tras limpiar y datar cada negativo, se coloca bajo una cámara montada en perpendicular cuidando que esté perfectamente alineado para que el enfoque sea nítido en toda la superficie. Al disparar, la foto se transfiere por cable al ordenador, donde la imagen se muestra todavía con una apariencia fantasmal. El negativo ya está digitalizado. Falta positivar. La tarea que en los albores de la fotografía llevaba horas de trabajo y espera, hoy se ejecuta con un rápido comando en Photoshop.

El archivo Botán

El archivo Botán.

(T. Sieira)

Sin embargo, la agilidad del proceso no elimina la necesidad de criterio. Ante tal volumen de material, es vital que la persona encargada de esta tarea tenga conocimientos taurinos para determinar el instante clave del lance: la muleta lisa, el toro humillado y los pies plantados en la arena. La fotografía perfecta.

«El buen fotógrafo taurino tiene que saber de toros. Antes, tenías que saber disparar para no gastar todo el carrete», recuerda Santiago, refiriéndose a la época en que Antoñete, Ordoñez o Bienvenida abarrotaban las plazas y la exigencia de los críticos taurinos demandaba profesionales con gran conocimiento de la lidia, diferenciándose así del resto de fotorreporteros generalistas.

La imagen del torero, esa impronta que perdura años en la retina del aficionado, era una obra exclusiva elegida con criterio y mimo junto con el redactor e incluso el director del periódico para ilustrar de manera fiel la crónica del día.

El ejercicio de la fotografía se antojaba entonces como algo inalcanzable para la mayoría, todo lo contrario al escenario actual, donde su democratización ha favorecido el intrusismo laboral que devalúa el trabajo de muchos profesionales y promueve malas prácticas como el uso indebido de imágenes sin el correspondiente crédito ni remuneración a sus autores.

Aun con la inevitable idea latente de que cualquier tiempo pasado fue mejor, los Botán han sabido capear con soltura el paso del tiempo, pues sobrevivieron al crítico cambio del analógico al digital, y han abrazado cada avance tecnológico, desde el Photoshop hasta la IA.

El futuro

Con décadas de trabajo a sus espaldas y una carrera más que amortizada, Santiago afronta el porvenir de la firma con absoluta serenidad: «El futuro de la agencia es Ana. Yo no me voy a morir haciendo fotos a los toros».

Se refiere a Ana Escribano, una discreta y menuda fotógrafa que entró a formar parte de la agencia en 2023 y que actualmente asume el grueso de la digitalización.

Respecto a la custodia de este patrimonio, es contundente: «El archivo se queda en Botán, como legado para el que siga», ya que donarlo a una institución podría abocarlo al olvido y dejarlo en manos ajenas al oficio conllevaría el riesgo de que acabe malvendido o peor, en un contenedor.

Es la suerte que han sufrido muchos fondos de grandes fotógrafos como su amigo Constante, fallecido a finales de septiembre. El trabajo de toda su vida se salvó a última hora gracias a Ana y Santiago, quienes tras cinco días transportando cajas desde un quinto sin ascensor tuvieron que contar con la ayuda de los alumnos de la escuela de tauromaquia. Estos, junto a su profesor Agustín Serrano, terminaron de trasladar todo el material al torreón de autoridades de Las Ventas, donde ahora permanece a salvo.

Mientras Madrid celebra un inicio de San Isidro bajo cambiantes cielos, avanza en silencio esta faena que también abarca la digitalización del archivo de otro compañero, Jesús Rodríguez ‘El Chato’.

Es la querencia a los amigos la razón primera de tal empresa, sí, pero también la responsabilidad de mantener vivo el legado de una tradición que ha definido la cultura de un país. «Yo soy fotógrafo y soy español, y aunque no sea taurino, esto es historia de España».