V.F.: Él le gritaría mucho al periódico por las mañanas, ¿verdad?
S.H.: [Sonríe] Gritaría mucho, sí. Y me consolaría.
V.F.: Cuando alguien cercano que es mayor fallece, resulta habitual que establezcamos un retrotiming que nos empate con esa fecha. Paul murió a los 77 y usted tiene 71. Ha pensado usted en términos de esos seis años restantes y qué es lo que querría hacer con ellos?
S.H.: Suele pasar, sí. Por otro lado, también pienso a veces que podría morir en cualquier momento. Lo que sucede cuando alguien tan querido y cercano muere es que tu relación con la muerte cambia un poco. En su caso, Paul era tan valiente, tan directo, sin sombra de autocompasión, sin miedo visible, que se convirtió en una especie de modelo para mí. Si en algún momento siento que me estoy muriendo, realmente me gustaría poder morir como él lo hizo.
V.F.: Uno de los aportes de su marido a la cultura fue el guion de la película Smoke, que romantizaba el acto de fumar, algo que a la larga le costó la vida. ¿Alguna vez le pidió que lo dejara?
S.H.: Nunca hablé con Paul de si aquello fue el detonante. Sí que habíamos hablado del acto de fumar antes. Durante años le dije que quizá debería dejarlo, más o menos una vez al año, pero era su decisión. Una vez enfermo, nuestro amigo Frank, que es médico, le preguntó si se arrepentía de haber fumado y él le respondió que no. Y sé que dijo, la verdad. Dijo que lo había pensado mucho. Para mí fue un alivio que no viviera con arrepentimiento.
V.F.: Conozco a algunas parejas que se enfadan el uno con el otro por no cuidarse. ¿Nunca le sucedió a usted?
S.H.: No. La única cosa que cuento en el libro es que yo quería que se hiciera una colonoscopia. Porque es una de las pocas pruebas preventivas si se encuentra un pólipo. Se supone que todos los mayores de cincuenta años deben hacérsela. Y, bueno, a Paul le costó veinte años hacerlo. Le insistí y finalmente fue. Encontraron pólipos y esas cosas, pero todavía no era cáncer, así que fue bueno que lo hiciera y luego él se alegró de haberlo hecho. Pero, no. Creo que dentro de nuestro matrimonio siempre hubo una especie de respeto por la integridad de las decisiones del otro. ¿Qué vas a hacer? No puedes obligar a otra persona. Puedes sugerir, pero la insistencia constante sobre algo no va a hacer nada.
V.F.: Y sin embargo eso dice mucho de su relación. Eran libres el uno para el otro…
S.H.: Creo que sí. Existía una especie de respeto mutuo que es muy necesario. Nunca he pensado que solo porque estés casado con una persona puedas llorar en su hombro constantemente, o insistir en que te cuente todo, o que revele toda su vida. Creo que eso es estúpido. Creo que es un poco un cliché cultural. No puedes obligar a nadie a hacer nada o a decirte lo que no quiere decirte. Entonces, ¿por qué presionar?