El programa ‘Ventanas al Prado’, que en octubre se estrenará en Gijón con el ánimo de unir arte clásico y patrimonio industrial, plantea crear … sobre las históricas piedras del edificio de Tabacalera una suerte de vecindario que transita por unos cuantos siglos, del XV al XX, y al tiempo por las muy distintas geografías y circunstancias vitales de los personajes protagonistas. «Uno de los pilares de nuestro discurso es que un nuevo vecindiario se asoma a Gijón a través de Tabacalera», anota Sara Moro, que junto a Ricardo Villoria a través de La Rectoral ha realizado la propuesta artística. «Lo que pretende el Prado y lo que pretende Gijón es traer toda la riqueza de la colección y hemos hecho una selección en la que hay obras reconocidas en un primer golpe de vista, otras quizá no tanto, que abarcan del siglo XV al XX, porque queríamos que todos los siglos estuvieran presentes», añade.
El ‘Adán’ de Alberto Durero (Núremberg, 1471-1528) representa el inicio. No podía ser de otra manera. Este óleo sobre tabla de 1507 que fue un regalo de la reina Cristina de Suecia a Felipe IV emergerá con toda su belleza. «Su conocimiento del desnudo clásico raya a una altura prodigiosa al tiempo que la exactitud del dibujo revela un pulso de grabador único, anclado en las tradiciones del norte», cuentan en el Prado sobre esta magnífica obra de dos metros de altura, que será reproducida, como el resto, a tamaño real.
La idea es llenar ventanas, vanos, cubrir el edificio de Tabacalera hasta convertirlo en un museo al aire libre con una treintena de obras, todas ellas retratos, incluido uno de los dos que Francisco de Goya pintó de Gaspar Melchor de Jovellanos, vecino este del barrio y que está en la exposición permanente de la pinacote madrileña, como ocurre con el resto.
Bernardino Licinio (Lombardía, 1489-Venecia, 1560) es uno de esos autores menos conocidos pero que firma un hermoso retrato femenino de quien podría ser su cuñada, de nombre Agnese, que fue pintada entre 1525 y 1530 en un óleo sobre lienzo sin forrar. Fue Modigliani quien le puso nombre a esta vecina del siglo XVI, por su parecido con la mujer que aparece en el Retrato de Arrigo Licinio y su familia y que se halla en la Galleria Borghese de Roma.
Vamos con otro nuevo morador: Santiago Menor bajo el pincel siempre firme y mágico de Pedro Pablo Rubens (Siegen, Westfalia, 1577- Amberes, 1640). Entre 1610 y 1612 se ejecutó este óleo sobre tabla de 107 x 82,5 cm que forma parte de un apostolado. Aparece la figura cubierta por una gruesa capa de color tostado que oculta su cuerpo y deja solo ver el rostro y la mano del anciano. Hay en esta obra detalles de maestría en el tratamiento lumínico, que incide sobre la mano y la frente dejando el rostro en sombras.

‘Adán’, de Alberto Durero, óleo sobre tabla de 1507. .

Santiago el Menor, 1610 – 1612, óleo sobre tabla de Pedro Pablo Rubens.

Retrato femenino de Bernardino Licinio, 1525 – 1530, óleo sobre lienzo sin forrar.

Viejo desnudo al sol, de Mariano Fortuny, h 1871, óleo sobre lienzo 76 x 60 cm.
Hay presencia real en esta muestra, que contará con la Reina Isabel de Farnesio, retratada además por un asturiano de una saga ilustrísima de pintores, Miguel Jacinto Meléndez (Oviedo, 1679 – Madrid, 1734). Entre 1718 – 1722 se data el óleo sobre lienzo de 82 x 62 cm que se reproducirá en Gijón. Y atención a la dama, que «despliega una elegante indumentaria cortesana» y «ostenta una alta peluca con un broche, del que destaca una gran perla pinjante en forma de pera», que, el propio museo plantea la interrogante, podría ser la Peregrina. Ella y su insigne pintor habitaron el siglo XVIII.
Vamos ahora rumbo al XIX, presente también con un autor tan destacado como es Mariano Fortuny (Reus, Tarragona, 1838-Roma, 1874). «La atracción por estos modelos, de marcado carácter, le llevó a pintarlos en sus figuras de casacas y en los estudios del natural, algunas veces como mendigos y otras, las de mayor interés, con el torso desnudo. El recuerdo de las obras de José de Ribera, a quien Fortuny había estudiado con detalle, estaba en la raíz de su predilección por el asunto», detalla la web del Museo del Prado para presentar un retrato pintado hacia 1781.
Hay más vecinos listos para instalarse en la otoñal Cimavilla. Todos ilustres y todos magníficamente ilustrados, aunque quien habitó la Ilustración fue el gran Jovellanos, con casona propia en el barrio.
