El emperador Maximiliano I del Sacro Imperio Romano Germánico fue, según la tradición, el primer pretendiente que regaló a su galanteada, María de Borgoña, una sortija de pedida con un diamante cuando se concertó su matrimonio en 1477. Cinco siglos después, el entonces príncipe Felipe de Asturias, descendiente de la pareja, le pidió matrimonio a la periodista Letizia Ortiz Rocasolano, también, ofreciéndole una alianza con diamantes engastados.

Transcurridos cinco días desde que Casa Real confirmara, la tarde de Todos los Santos de 2003, el romance del heredero al trono y la presentadora del Telediario al anunciar su futura boda, los tortolitos quisieron hacer partícipe a la nación de su dicha a través de un encuentro con los medios de comunicación en el frío Patio de los Austrias del Palacio Real de El Pardo de Madrid. Preguntada por uno de los 340 periodistas acreditados, la asturiana describió su anillo de pedida como “creo que de oro blanco y así”, mientras trataba de mostrárselo a las cámaras, “No puedo poner la mano, ¿qué? ¿qué hago?”. El Borbón y Grecia había elegido el detalle por catálogo y el encargado de ir a recogerlo a la sede de la joyería Suárez en Barcelona fue su cuñado Iñaki Urdangarin, porque por lo visto, su hermana, la infanta Cristina, estaba indispuesta.

El anillo de pedida de la reina Letizia es una alianza de la eternidad (hilo de gemas uniformes que simboliza el amor sin final porque no se sabe dónde empieza ni dónde termina la serie de piedras) elaborada con diamantes talla baguette montados en oro blanco. El precio rondaba los 3.000 euros, que en ese noviembre de 2003 todavía se traducía a pesetas: aproximadamente medio kilo. Aunque Felipe VI lo definiera como “moderno”, el diseño no era nuevo.

La reina Letizia mostrando su anillo de compromiso en 2003.

La reina Letizia mostrando su anillo de compromiso en 2003.

JJS/ Gtres