Rubén Fariñas

01/06/2026

Actualizado a las 10:59h.

En su taller de Santos Olivera no cabe un cuadro más. O, bueno, sí, los que tiene en la exposición temporal en Trobajo del Camino. Mires donde mires, un rostro te devuelve la mirada. Y son, precisamente, los ojos la seña de identidad del artista. «Pinto lo que me gusta y lo que me gusta es mi felicidad». Y eso se le nota en el rostro con una sonrisa que no deja aparcada en ningún momento.

Luis Zotes -León, 1948- nos recibe en su segunda casa, en el lugar donde crea y deja fluir su imaginación, el espacio en el que ha encontrado la felicidad como jubilado y pintor. «De niño pintaba, siempre parecidos al natural, incluso en el suelo. Dibujaba con tizas al Nazareno frente a la iglesia de Renueva, donde nací, y ahora le pinto para el paño de la Verónica», recuerda sobre sus primeros trazos.

Hasta la fecha ha participado en 56 exposiciones, de las que 30 han sido individuales, y su obra se encuentra repartido en diferentes instituciones. A ello suma colecciones religiosas, taurinas, políticas y una singular que está preparando sobre personajes de los emiratos.

Sitúa como maestro a Pascual Tejerina, quien le redirigió del paisanaje al retrato: «Lo mío es captar la expresión de los ojos, lo conceptual del cuadro siempre son los ojos, que nos reciba y que estén con nosotros». Y pinta como hace 400 años, al estilo del barroco, con boceto en carbono, multiplicados y pintura al óleo. «Siempre saqué parecidos del natural. Yo te cojo y en cinco minutos te hago un boceto del rostro; no necesito la fotografía».

Su primer modelo fue su propio padre y en la sastrería familiar vendió el primer cuadro por 300 pesetas. Y luego llegaron los militares. Pintó a una mujer «muy guapa» por encargo de su marido, un capitán de Aviación. «Me sirvió para pintar un centenar más porque todos querían uno parecido, aunque no se daban cuenta de que la mujer del teniente coronal no era tan guapa», bromeaba.

Ahora está en su «mejor momento». Es feliz en su taller, rodeado de sus botellas artísticas y numerosos cuadros. Él marca los tiempos y ahora tiene n mente crear una pintura del papa León XIV que hará a imagen y semejanza los antiguos retratos papales.

Atrás dejó las épocas de «pintar deprisa» para hacer encargos como el mural de 150 metros en Castellón. Recibió 75.000 pesetas por metro, pero ahí se dio cuenta de que este tipoo de trabajos no eran lo suyo. También en la Comunidad Valenciana tuvo un episodio que le marcó como fue el retrato de Miguel Barceló, senador real y el más longevo de la Cámara Alta que, además, ha sido reconocido como piedra angular de lo que hoy es Benidorm.

En su estudio reposan rostros conocidos y algunos no tanto, como el que preside la sala. «Es mi mujer y está entre dos reyes -Juan Carlos y Sofía- para que no se queje». Ya lo hará cuando regrese a casa y le encuentre manchado con alguna de las pinturas. «Aquí me llevo muy bien con ella porque la veo siempre sonriendo». La política también está representada en su serie de retratos de los alcaldes de la democracia en León, de Pérez de Lera a José Antonio Diez; a quien no ha dibujado todavía es a Zapatero: «No le he pintado y no creo que lo ahora lo pinte; le puedo hacer alguna caricatura o viñeta», ironiza.

Y las miradas se las lleva Federico García Lorca con un espectacular tríptico. El poeta es uno de sus referentes en la pintura y lleva años haciendo retratos del escritor granadino. «Le acompaña un hombre de los muchos que fusilaron junto a él y en el cuadro aparece el poder, el Golpe de Estado, la Dictadura y a un poeta que, por lo que fuera, lo fusilaron», apunta sin entrar en debates.

Ya en la sala contigua, en el lugar donde crea y pinta, mantiene su colección taurina que expuso en Madrid en 1997 y donde aparece un jovencísimo Rivera Ordóñez, Curro Romero o José Tomás. El pasado año le puso rostro a Morante de la Puebla, quien se llevó su retrato en la plaza de toros de León tras el encargo de Manuel Quijano.

Busto que prepara de la reina Urraca I.

Busto que prepara de la reina Urraca I.

(Sandra Santos)

A sus 78 años, que cumplirá este junio, su única imposición es «pintar lo que a mí me gusta», confiesa, nadie le hace encargos si él no quiere recibirlos. «Hay gente que me pregunta si puedo pintarles un retrato y les digo que no porque estoy a otra cosa». Su satisfacción es «disfrutarlo, no venderlo» y es que con su edad ya puede permitírselo.

¿Su próxima presentación? Un retrato del Conde Güel, enmarcado en el Año Gaudí, al que ha dedicado tiempo y un cariño especial que pretende llevar a Barcelona.