María Porto tiene un don natural para conectar con la gente. Es una de esas personas cuya presencia se percibe en cuanto cruza la puerta de una sala. No por su imponente altura, que también, sino por algo mucho más difícil de encontrar. Es una mezcla poco común de simpatía genuina, conversación inteligente y una curiosidad insaciable por el mundo que la rodea. Habla de arte como quien habla de la vida. Sin artificios. Sin barreras. Y, con una profunda convicción de que la cultura, en su expresión artística, debería formar parte de la vida cotidiana de cualquiera.
Escucharla es entender que este mundo no va únicamente de subastas millonarias, coleccionistas inaccesibles o cuadros colgados en museos. Se trata de intuición, riesgo y emoción, y sobre todo, de cultura.
Su historia comenzó casi por accidente. Estudiaba Derecho cuando repartió currículums para compaginar estudios y trabajo. Terminó entrando en Marlborough, una de las galerías más influyentes del mundo. Tenía 19 años. “Les hice gracia porque porque yo era muy trabajadora y tenía muchas ganas y me enamoré” cuenta a Business Insider España. A los 22 ya trabajaba allí de forma estable. Francis Bacon, Antonio López, expresionistas americanos, coleccionistas internacionales. Ferias globales. Aperturas en Nueva York, Miami, Tokio o Montecarlo. A los 28 dirigía la sede madrileña.
Sin embargo, mientras el siguiente paso lógico apuntaba a Nueva York y a una carrera internacional aún más brillante, decidió apostar por su familia. “Hice esas cosas que hacemos las mujeres que tenemos que escoger. Nueva York me parecía una ciudad muy dura para educar a un niño de 2 años.” explica. En un momento en el que todavía muchas mujeres sienten que deben elegir entre la ambición profesional y otros aspectos de su vida, la trayectoria de Porto ofrece una lectura diferente.
Dijo adiós a Marlborough con 34 años, no porque renunciara a crecer sino porque decidió crecer de otra manera.
Una decisión valiente y profundamente coherente con su carácter. Ella es un torbellino que elige explorar, descubrir y construir. “Si he sido capaz de hacerlo para Marlborough, seré capaz de hacerlo para mí» pensó. Fundó su propia empresa y más de dos décadas después, sigue creciendo.
Arte, para todos los públicos
La primera obra que compró le costó diez veces su sueldo que por entonces eran unas 90.000 pesetas al mes. “Vamos que cobraba 600 euros y me compré una obra de 6.000” cuenta. Pero, qué otra cosa podía hacer, dice irónica porque “nosotros no escogemos la obra, la obra nos escoge a nosotros”.
Se trataba de un trabajo de José María Sicilia, uno de los artistas españoles más reconocidos de las últimas décadas. Y la adquirió a plazos gracias a Soledad Lorenzo, la gran dama del arte español. Eso sí, hasta que no terminó de abonar todos los plazos no se la llevó a casa. “Yo todavía vivía con mis padres y tenía un hermano que jugaba al balón. Imagina que me rompe el Sicilia y hay que seguir pagándolo todavía», cuenta divertida.
Esa fue su primera gran compra como coleccionista y, más de treinta años después, la anécdota es una herramienta poderosa para difundir su propósito: que el arte es para todos. “Cuando tú vives rodeado de cosas bellas y de cosas bien hechas y bien estructuradas, tu vida es mejor” reflexiona.
Entre las joyas de su colección, figuras de la talla de Picasso, Genovés o Martín Chirino… “Y ahora estoy ampliando con todos los artistas jóvenes que incorporamos a la galería” comenta. “Lo que pasa es que lo siguiente que voy a tener que comprar es una casa” dice abiertamente. En tiempos donde todo parece medirse en rentabilidad, hablar del valor emocional de una inversión resulta casi revolucionario.
Sobre el arte como inversión, Porto advierte: “yo no me atrevería a prometer una rentabilidad del 15%, o lo que sea, como hacen otros valientes”. Al fin y al cabo, no es renta fija y no existe una bola de cristal, pero “sí que es verdad que si tú te asesoras bien, normalmente creces con esos artistas” recuerda la galerista.
Altamira y la inteligencia artificial
De Altamira a la inteligencia artificial, Porto observa la evolución de las herramientas creativas como parte natural de la historia del arte. «En las cuevas de Altamira trabajaban con barros porque era lo que tenían; los creadores de hoy utilizarán la inteligencia artificial que tienen a su alcance», recuerda la experta a la redactora jefa de Business Insider España.
Lejos de verla como una amenaza, la considera una herramienta más al servicio de los artistas, igual que lo fueron en su día el óleo, los acrílicos o la fotografía. Sin embargo, pese a que comprende que la tecnología puede perfeccionar procesos, generar imágenes o ampliar posibilidades creativas, es firme cuando se trata de sustituir aquello que, a su juicio, da sentido al arte. Es decir, el ser humano.
Voy a cumplir 57 años, pero me quiero morir siendo una mujer contemporánea, por lo que me he hecho varios cursos de inteligencia artificial»
Su visión coincide, además, con lo que empieza a reflejar el propio mercado. Según una encuesta de Artsy, principal plataforma en línea para galerías, realizada a más de 300 profesionales de galerías, la inteligencia artificial todavía genera escepticismo como medio artístico, pero ya se ha convertido en una herramienta habitual dentro del negocio del arte. Y solo el 9% de los profesionales de las galerías consideran que el arte generado por IA es un nuevo medio legítimo.
María Porto reconoce haber visto imágenes perfectas creadas por la IA, pero no tiene miedo porque “les falta el gesto, el disgusto, la experiencia, la vida, el alma”. Todo lo que a María Porto le sobra.