Imagino que obedece a una estrategia estrenar una película tan incómoda para la Santa Madre Iglesia como La luz en la víspera de la pomposa fecha durante la cual el jefe supremo de la Iglesia católica, conocido como el Papa, va a visitar España. Supongo que todo va de solemne, tumultuoso y trascendente, algo inolvidable para todos los fieles. Y poseyendo una memoria caprichosa, y siempre pensando en cine, recuerdo que al perverso Roman Polanski se le ocurrió en La semilla del diablo situar el embarazo de la desvalida, traicionada y acorralada Rosemary, perpetrado por Satanás, durante la visita del Papa a Nueva York.
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Atravieso dos horas de mal rollo y continúo con el ánimo ligeramente trastornado al terminar La luz. Es mérito de cómo está narrada, de una intriga que va cambiando, de un clima sombrío. O sea, me mantiene expectante ante el sórdido tema que desarrolla. Nunca es previsible lo que va a ocurrir en la conducta de su inquietante protagonista, me siento empapado por una atmósfera malsana, compadezco enormemente a las traumadas víctimas de un cura pederasta, pero mantengo la curiosidad hasta el final con las imprevistas reacciones del atormentado sacerdote. Y tal vez creo entender que ese cura pecador quiere identificarse con el calvario de Jesucristo. Pero vete a saber. Igual la movida es otra. Todo se presta a variadas interpretaciones. Lo importante es que no te salgas de la compleja y durísima historia en lo que constatas y en lo que imaginas. Misión cumplida. El mal rollo permanece.
El autor es Fernando Franco, alguien con eterna propensión en sus guiones a los temas pantanosos, a las turbiedades del alma, pasadas o permanentes. Es un cine tortuoso, realizado con personalidad, complicado de digerir en ocasiones. Da miedo el argumento de La luz. Aborda la pederastia, uno de los trastornos, abusos, delitos más execrables que se pueden concebir, ya que se ceba en los niños, en los débiles, y casi siempre está ejercida desde el poder en sus múltiples facetas.
Miguel Rellán y Alberto San Juan, en ‘La luz’.
Aquí presenta a un atildado cura que cuenta inicialmente en un confesionario sus pecados y está pendiente de que le concedan la dispensa de su sacerdocio. O sea, aquí paz y después gloria. Es posible que su deseo de dispensa vaya unido a su entre tierna y arrobada relación con un señor latinoamericano. Aunque esos deseos tan humanos se empiezan a joder cuando a este señor tan cordial y educado le comunican que ha recibido denuncias por parte de antiguos alumnos suyos. Ahí comienza un proceso sórdido. Este tipo busca en vano el perdón de sus antiguas víctimas. No se lo conceden. Hay demasiada tragedia en sus recuerdos.
Y este antiguo y tortuoso pecador llega a la catarsis. Reconoce sus abusos, los airea asumiendo las consecuencias, se siente liberado en su expiación. Sin embargo, ahí están los jefes del cotarro para intentar evitar que el escándalo derrote sus eternos y muy humanos intereses. Ancestralmente, se han especializado en cambiar de parroquia, o de país si es preciso, a los folladores de niños. O a pagar indemnizaciones para que cese el ruido y evitar males mayores que hagan tambalear a su gran empresa. Son los más hipócritas y sórdidos en esta investigación de las tinieblas.
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Alberto San Juan, en un papel complicado y lleno de giros y matices, está muy bien. Le arropan intérpretes que nunca fallan. Me han acostumbrado a creérmelos siempre. Gente como Miguel Rellán, Pedro Casablanc, Luis Callejo. Y resulta veraz, secreta y sabia la anciana María Galiana en un breve papel. Me gustan la incomodidad y los interrogantes que me provoca esta rara y oscura película.
La luz
Dirección: Fernando Franco.
Intérpretes: Alberto San Juan, Miguel Rellán, Pedro Casablanc, María Galiana, Ramón Barea, Nacho Sánchez.
Género: drama. España, 2026.
Duración: 120 minutos.
Estreno: 5 de junio.