La muchacha que «perrea sola» en el que dicen el reguetón feminista de Bad Bunny «ta bien dura como Natti», en referencia a la cantante … dominicana Natti Natasha. Traducido: es un pibón. El artista portorriqueño, de 32 años, se suele arrancar con su canción más popular en la parte de su show que transcurre en ‘La Casita’, esa suerte de club vip que sirve de segundo escenario en la gira ‘Debí tirar más fotos World Tour’ y que se ha convertido en el principal reclamo. Porque el concierto (doce en España, 600.000 asistentes), es cada noche el mismo, pero la incógnita de saber a quién invitará esta vez renueva el interés.

Hasta hace solo unos días todas las chicas que se ‘alojaban’ en ‘La Casita’ –y que elegía un ojeador de nombre Jeremy– eran como Natti: delgadas, exhuberantes, de melena larga, guapas según el canon de belleza imperante. Allí, han compartido espacio con actrices, futbolistas, influencers… –desde Penélope Cruz, que ha hecho doblete en Puerto Rico y en Madrid–, a María León, Lamine Yamal, Mbappé Ibai Llanos o Chiara Ferragni, previo paso por el photocall–. Esta estampa de gente guapa o famosa (o ambas), apenas una treintena de personas de las más de 60.000 que llenan el estadio cada noche, ha hecho no solo volver todas las miradas; también arreciar las críticas.

«’La Casita’ recrea el tipo de vivienda humilde portorriqueña, de modo que está asociada a las raíces, al hogar y a la identidad cultural. Pero ha terminado convirtiéndose en el lugar más exclusivo del estadio. Todos pueden mirarla, pero casi nadie puede entrar», explica el origen de la polémica el psicólogo experto en marketing José Ortiz Gordo, que advierte de los cimientos de barro que la sujetan. «El concepto es bonito pero acaba siendo ‘greenwashing’ para generar expectación y vender más entradas» –para el concierto de esta noche quedan desde 83,30 euros las más baratas hasta 122,80 en pista y 555 las más caras, gastos de gestión aparte (entre 10 y 65 euros)–.

Las críticas por los restrictivos criterios de selección de sus invitados (sobre todo, de sus invitadas) ha debido llegar a oídos de Bad Bunny, que ha modificado el ‘contrato’ de alquiler. Desde el martes (día de su tercer concierto en Madrid) ya no deja entrar solo a veinteañeras guapas que caben en la talla 36, sino que ha abierto las puertas de su cotizada casita rosa a una troupe de fans mucho más heterogénea: tipos con barriga, señoras con camisas grandotas de flores y abanico, gente con cuerpos no normativos (Bad Bunny la ha convertido en palabra del mes) y gafas que no de sol… que se apretujan para bailar en esta llamativa estructura de casi 13 metros ancho y 3,66 de altura que aguantaría el peso de veinte personas perreando en el tejado.

Las críticas a Ester Expósito

Un cambio que muchos esperaban. «Era una contradicción. Bad Bunny es un artista muy potente que siempre se ha posicionado contra el capitalismo. ‘La Casita’ tiene un enorme poder simbólico, como una reivindicación social y política. Es un espacio al que invita a famosos, sí pero, al menos inicialmente, a famosos con sentir político», recuerda Estíbaliz Linares, profesora de Sociología de la Universidad de Deusto e investigadora.

Pero no es eso lo que se vio en sus primeros conciertos en el Estadio Riyadh Air Metropolitano de Madrid, donde ‘La Casita’ más bien parecía promocionar el capitalismo y la hipersexualización femenina –en uno de los memes que circulan por redes comparan esta imagen con la del jacuzzi de Jesús Gil–. «Elegir para ocupar ese cotizado espacio solo a mujeres que responden al canon de belleza vigente: delgadas, con muchas curvas, labios, pelo liso y largo, muy sexualizadas… transmite el mensaje de que lo valioso es tu cuerpo, que por eso has sido ‘la elegida’», da voz a la crítica generalizada Bárbara Zorrilla, psicóloga sanitaria y forense y experta en violencia de género. Y advierte la experta de que el ‘veto’ inicial a los hombres que no fueran famosos a ‘La Casita’ no hace sino «perpetuar el doble rasero: al hombre le define su profesión (entran porque son futbolistas, periodistas, influencers, actores…) y a la mujer, su físico».

Miles de personas, en el primer concierto del portorriqueño en la capital española.

Miles de personas, en el primer concierto del portorriqueño en la capital española.

(Europa Press)

– Sorprende ver invitadas a mujeres abiertamente feministas como María León o Penélope Cruz.

Bárbara Zorrilla: En su caso no se les ‘premia’ por su belleza, sino por ser quién son, por su profesión.

Pero han aceptado estar en un sitio muy visible donde solo se dejaba entrar inicialmente a chicas con un físico concreto.

Zorrilla: A simple vista podría no parecer coherente porque ellas, en la cuestión feminista tienen un altavoz que no han usado. Pero, por otro lado, asistir a un concierto es también algo de su esfera personal. Son fans y se lo quieren pasar bien, sin más. No tienen por qué estar pensando qué significa su presencia en cada evento.

Redirige el debate Estíbaliz Linares. «El fenómeno de ‘La Casita’ es más profundo. Pongámonos en el otro extremo: ¿es que acaso si eres guapa no puedes entrar? Se ha criticado mucho a la actriz Ester Expósito por dejarse ver en el balcón de ‘La Casita’ cuando es una mujer que ha protagonizado una campaña bestial contra la violencia vicaria, por ejemplo» –la actriz salió al paso de las críticas: «El problema está en la mirada y el juicio de una parte de la sociedad muy misógina»–.

Dudas sobre la autenticidad

La polémica –señalan los expertos consultados– no ha venido tanto porque deban estar o no Fulano o Mengano, sino por la «aparente contradicción». Porque ‘La Casita’ es una réplica de la vivienda de Román Carrasco Delgado, un viudo de 84 años de Humacao (en la costa este de Puerto Rico) que dejó filmar su vivienda en un cortometraje de promoción del disco de Bad Bunny y que ahora reclama a Benito Antonio Martínez Ocasio, que por este nombre responde el artista, más de 5 millones de euros por replicar a escala real su humilde vivienda. «Esa exclusividad y la selección estética que empezó haciendo son una amenaza que podría eclipsar el significado cultural original de la casa y crear dudas sobre la autenticidad del artista y del personaje que interpreta», advierte Ortiz Gordo.

Porque Bad Bunny no es una figura neutra. «Se ha significado social y políticamente. Este asunto se le ha escapado de las manos», considera Estíbaliz Linares. Lo ha redirigido. Otra cuestión es la factura que le vaya a pasar la polémica. A nivel de concurrencia no parece que vaya a pasársela. No habrá calvas esta noche en el estadio. Miles de fans entonando: «Diablo’, qué safaera’ / Tú tiene’ un culo cabrón / Cualquier cosa que te pongas rompes la carretera (…) / Vino ready ya, puesta pa’ una cepillá’ / Me chupa la lollipop, solita se arrodilla, hey».

El cantante portorriqueño, en Madrid.

El cantante portorriqueño, en Madrid.

(Europa Press)

«Es un acierto total de marketing: es potente, visual, genera deseo y conversación cada noche»

Al margen de consideraciones éticas y estéticas (en este caso, ambas van de la mano), «como estrategia de marketing, ‘La Casita es un acierto enorme. Es visual, fácil de entender, genera deseo, conversación y contenido continuamente», valora el psicólogo José Ortiz Gordo, que analiza el fenómeno desde el punto de vista de la expectación. Y, por ende, del negocio. «No es solo una zona VIP, es algo más potente. Ha conseguido convertir un concierto en una experiencia aspiracional y, sobre todo, en una conversación que se renueva cada noche. No existe una entrada que puedas comprar para asegurarte el acceso y esa pequeña dosis de incertidumbre es fundamental porque mantiene viva la expectativa». Señala el experto varias «claves» en este éxito mediático: «No se trata solo de estar más cerca de Bad Bunny, sino de ser elegido entre miles de personas. Ser elegido tiene un enorme valor psicológico porque te hace sentir especial, visible y parte de un círculo al que casi nadie puede acceder». No es solo vivir la experiencia –advierte– «es poder mostrar que estuviste allí, que compartiste ese espacio y que, durante tres horas, formaste parte de ese grupo admirado y exitoso». Lo han contado casi todos los que se han ‘alojado’. «’La Casita’ está diseñada para generar contenido: vídeos, fotografías, comentarios, comparaciones y polémicas. Cada noche produce una historia diferente y vuelve a ocupar espacio en medios y redes sin necesidad de cambiar el espectáculo».