En su libro “El Ritmo perdido”, Santiago Auserón nos sumerge en esas corrientes que van convirtiendo a la península ibérica en el recipiente último de todos los ritmos, desde los prostíbulos de Persia hasta el África negra, conformando nuestro cuerpo sonoro. Para Juan Perro, “la cultura popular es más resistente de lo que parece, cuando los imperios y las grandes estructuras políticas se desmoronan, es la música lo último que persiste de ellos, albergando la memoria de los pueblos”. Quizás por eso del imperio español solo queden Bad Bunny, Santiago Armesilla y el Real Madrid.

Vivimos tiempos convulsos, el viejo imperio se disipa y la entropía aumenta. Durante cuarenta años, la fricción de la política de bloques, resultante de la doctrina Truman configuró nuestro mundo y nuestros deseos. Tras una etapa inicial de exaltación, que culmina con la guerra de Corea, llegaron casi treinta años de “coexistencia pacífica” situando la batalla cultural en el centro del tablero. La cosa culminó con la extensión por todo el globo de esa patología conocida como el modo de vida americano. Nada de eso hubiera sido posible sin la industria cinematográfica, pero tampoco sin el deporte, en especial el baloncesto.

Casi ochenta años después, la sociedad americana está en una profunda crisis interna, polarizada hasta el extremo, su política nacional es incapaz de sostener el sueño americano y su política exterior es un brindis al sol sin más objetivo que llevar de vuelta a la Edad Media a la mitad del globo. La capacidad de generar propaganda y su factoría ideológica se resienten. Como prueba un botón, Netflix y la cultura de las plataformas. En el nuevo sueño americano, no tendremos nada y seremos felices, la vida no tiene mayor horizonte que producir datos para el algoritmo, perrear sola, comer arroz blanco y ver la última temporada de la basura del momento.

Perder el tiempo buscando algo que ver es la nueva forma de estar muerto aparentando vivir

Perder el tiempo buscando algo que ver es la nueva forma de estar muerto aparentando vivir, en ese vagar quizás encuentres Last Chance U, una serie de baloncesto universitario americano donde podemos ver a un grupo de chavales buscando su última oportunidad en la vida, condenados a la marginalidad por su raza y su clase social, encuentran en la canasta su redención y el posible acceso a la universidad. Conducidos por un líder carismático con ataques de ira recurrentes. Su triple condición de Pastor, trabajador precario y entrenador conmueve y lo convierte en el arquetipo de la ética protestante del trabajo, siempre con ese desasosiego, confundiendo éxito profesional y salvación.  Algunos de los protagonistas del formato llegaron a la universidad, incluso los hay como el ala-pivot Joe Hampton, que pasó por la liga argentina y austriaca.

En esta temporada en torno al 30% de los jugadores de Primera FEB, antesala de la mejor liga europea, tienen pasado formativo en las universidades americanas y su entorno ultracompetitivo, siendo la principal fuente de jugadores. El perfil del americano promedio en nuestra liga no deja de ser muy parecido, chavales jóvenes que prueban suerte en ligas menores acumulando contratos y experiencias, algunos llegan directamente de la división universitaria y otros van trepando en la industria del juego a base de estadísticas y rendimiento. Su historia recuerda un poco a aquel libro “De la miseria del mundo estudiantil”, podemos casi considerarlos unos pioneros de la clase obrera en los tiempos del postcapitalismo, compartiendo piso y cenando en Pizza Juan hasta los treinta y pico.

Un caso paradigmático en Oviedo fue Will Hanley, jugador clave en el ascenso a LEB ORO del Oviedo Baloncesto, formado en una universidad de segunda, vino directamente para debutar en Oviedo, en las pachangas de baloncesto local, circula la historia de que fue él quien se pagó el billete de su propio bolsillo y se plantó en Ranón. Un 3X3 bastó para ver sus aptitudes. Después de su actuación en Oviedo, fichó por Valencia, hizo carrera en San Sebastián y se consagró en Tenerife. Portugal, Japón, Uruguay fueron los últimos bailes de su carrera.

Foto: Oviedo Baloncesto

La Primera FEB podría ser un filón para la cantera española que arrasa en todas las competiciones internacionales, pero no lo es. La temporada pasada el Alimerka Oviedo Baloncesto lo intentó con Langarica, pero la mayoría de los pesos pesados de esa generación que deberían estar despuntando en la segunda competición del baloncesto, eligen la ruta americana, y los contratos de la reciente profesionalización de las ligas universitarias. Esta nueva fiebre del oro tiene repartida por toda la geografía y todas las divisiones norteamericanas a una diáspora de jugadores españoles que pueden hacer historia, pero que no encuentran aquí ni las oportunidades ni los contratos.   

Los blancos no la sabemos meter y hasta la década de los cincuenta los jugadores negros estaban segregados en el país de las libertades. Pero el juego no cambió hasta la década de los sesenta y lo hizo desde las canchas de cemento de Harlem. También en Netflix se puede ver Rucker50, documental que celebra los cincuenta años de los torneos de Rucker Park en Nueva York. Fundados por el profesor Holcombe Rucker con el objetivo de sacar a los chavales de las calles en los años de plomo. Lo que empezó siendo un torneo de barrio, se le fue de las manos cuando empezaron a participar jugadores NBA. Su impacto en el juego fue definitivo. La idea fuerza del baloncesto en Harlem era “Cada uno enseña a uno”, se compartía todo el conocimiento, frente a la competitividad suicida, se construyó una comunidad de conocimiento que cambió el juego para siempre.

El porcentaje de jugadores negros en la NBA supera el 75%, en Primera FEB, no tenemos estadísticas, pero teniendo en cuenta el peso de los jugadores americanos, podría estar cerca del 40%. El cambio más radical estuvo en la espectacularidad y la destreza técnica del juego. Sobre esta mutación se construyó la hegemonía estadounidense en las diferentes competiciones internacionales y los Juegos Olímpicos. La medalla de bronce del combinado USA en Seúl 88 provocó una catarsis en el modelo. La siguiente cita fue en Barcelona. El desfile triunfal del príncipe Felipe en la jornada inaugural fue para muchos el colofón de la transición política en España. La joven democracia española surgida desde las entrañas del franquismo consumaba su cambio de élites y se coronaba definitivamente en el contexto internacional. De la ley a la ley, la España del pelotazo, la Expo 92 y el 3% de comisión entraba por la puerta grande en el selecto club de los países milagro.

En Barcelona por primera vez acudían a los Juegos los jugadores profesionales americanos. Se pasearon sin oposición consumando una diferencia de potencial imposible en otro deporte. Puedes ver los detalles en “El equipo de la redención” también en Netflix, donde se cuenta la reconstrucción del equipo americano después del descalabro de los juegos de Atenas de 2004 y su victoria contra una España en 2008, liderada por Pau Gasol, que tuvo opciones reales de ganar.

Lo más parecido al Dream Team americano que conocemos en Oviedo es el equipo dirigido por Guillermo Arenas que subió a LEB ORO en la temporada 2012-13. Conocido en las retransmisiones de Radio Qk, la emisora libre local, como el Camarada Arenas, fue el entrenador elegido por Héctor Galán para esa temporada y pasará a la historia por devolver al baloncesto ovetense a la segunda categoría tras la desaparición del Tradehi Oviedo en el 89. Un equipo con el que era imposible no identificarse. Adrián Macias y su trabajo en la fábrica a turnos, el gancho de su hermano Hector. La defensa de Agustín Prieto. El refuerzo de lujo de Diego “Fasulas” Sánchez. El canto a si mismo de Víctor Pérez. La dupla Cárdenas, Hanley.

Los entresijos de la temporada los cuenta muy bien Antonio Lorca en su libro “Qué guapo ye ganar”.  Ese año fue un punto de inflexión para el baloncesto en Oviedo, la primera piedra de las 14 temporadas en la segunda división. Aquí ya se empezaban a vislumbrar muchas de las virtudes de este equipo en la gestión económica y deportiva. En una categoría donde abundaban los impagos y la inestabilidad, el OCB se imponía con un modelo serio y familiar con la dupla Galán/Fernando Villabella a los mandos de la nave. No se descarta que, en caso de ascenso a la ACB, Netflix produzca un largo. Por eso de los sentimientos de culpa enfermizos, los protagonistas serán Morgan Freeman en el papel de presidente y Laurence Fishburne (Morfeo) en la dirección técnica.

El clímax será la final a cuatro de este próximo fin de semana en A Coruña. No se descarta el ascenso y que la ciudad palpite por segundo año consecutivo. Está muy complicado, el Alimerka Oviedo Baloncesto es el rival más débil, pero por estilo de juego y mentalidad el formato le conviene. Debuta el sábado 6 a las 20:15 en la semifinal contra el Estudiantes, un histórico en apuros que disputa su cuarta temporada en la categoría de plata. En las gradas habrá más de mil fieles, el resto estamos convocados en el fortín para seguir el partido juntos, pantalla gigante y narración del equipo de RadioQk. Según el análisis de Juan Carlos Iglesias, capitán general de las retransmisiones, “se enfrentan dos equipos antagónicos, los colegiales vienen de batir el récord de triples de la liga (27) con Alicante en la eliminatoria previa. Enfrente, el que menos triples concede y al que menos le anotan, gracias al despliegue defensivo, una de nuestras señas de identidad. De la estrategia de Javi Rodríguez para ajustar la defensa sobre Nwogbo en la pintura dependerá el éxito de la empresa”. Ellos tienen la calidad y la experiencia, sí, pero nosotros el desparpajo del que llega a la fiesta sin estar invitado. Dan sol, pero aunque la gente no lo sepa, en Oviedo hay playa y está en Pumarín.