Las coincidencias se acumulan en el anecdotario de María y Ana García-Puyol, dos hermanas gemelas idénticas nacidas en Málaga (barrio de Fuente Olletas) hace … 39 años. Están las pequeñas cosas, como la ropa que se compran igual sin saberlo. Y luego están las grandes: ¿cómo se explica que una acabe trabajando en Google y la otra en Meta, que vivieran la pandemia en la misma urbanización de Silicon Valley, que María ahora tenga su oficina a escasos 200 metros del piso que se ha comprado Ana o que durante un tiempo una trabajara en Boston y otra en California, como en la película? «Hay situaciones que ni escribiéndolas un guionista», afirma Ana, que recurre a la astronomía para explicar lo inexplicable: «Me gusta pensar que estoy en la misma órbita que María».
Gran parte de los hilos que atan sus trayectorias vitales y profesionales parten de la infancia. Con una madre profesora de física y química, una curiosidad innata y una educación en la que «no nos obligaban a nada pero nos animaban a todo», María y Ana crecieron amando las matemáticas, la ciencia, los idiomas y el piano. Montaron una alarma para detectar intrusos en su habitación; una batidora automática de colacao con cartones del papel de cocina, una cuchara y una palanca y un helicóptero con el mecano que le robaban a su hermano mayor.

Fotos de la infancia de las hermanas García-Puyol.
Aquellos experimentos caseros, junto con su pasión por viajar y conocer otras realidades, fueron el germen de dos carreras brillantes en el sector tecnológico que las llevaron desde el colegio La Reina y la UMA -donde María estudió Teleco y Ana, Arquitectura- a Silicon Valley, con paradas intermedias en Munich, Boston o Nueva York. En la meca de la innovación eran vecinas, una trabajando en Google y la otra en Meta. Y hoy ambas están de vuelta en una Málaga que, convertida en polo tecnológico de primer nivel, es capaz de atraer a talento retornado.
¿Por qué volver?
María cuenta así por qué decidió volver: «Mi marido y yo llevábamos unos años en los que las idas y venidas a Europa eran cada vez más difíciles al tener que viajar con dos niños pequeños. Tanto él como yo sentíamos que ya habíamos alcanzado nuestros objetivos laborales y debido a la pandemia, se hizo más factible volver a España con roles muy interesantes de ingeniería. Nos apetecía asentarnos, comprar una vivienda, dejar de perdernos los eventos importantes familiares como bodas y cumpleaños y poder estar rodeados de nuestra familia y amigos de toda la vida».
Eso fue hace dos años y desde entonces, en vez de a Mountain View, acude cada día a trabajar al paseo de la Farola. «Es un sueño hecho realidad: vivir en mi ciudad natal rodeada de mi familia y amigos, haciendo un trabajo fascinante con impacto positivo en la vida de las personas y con la suerte de tener a mis hijos creciendo en la cultura y el ambiente tan acogedor de Málaga. Qué más se puede pedir«, confiesa. »Siempre pensé que la vuelta sería a Múnich por varias razones: mi marido es alemán y Google tiene una oficina allí junto con una inmensa oferta de oportunidades laborales para ambos. Pero hubo dos cosas que cambiaron nuestra decisión sobre a dónde volver. Primero, la pandemia abrió las puertas a que trabajos como el nuestro se pudieran realizar desde cualquier parte del mundo. Y segundo, Bernardo Quintero y su equipo habían posicionado a la ciudad al frente de la innovación tecnológica al seguir trayendo talento aquí y hacer crecer la oficina en el Paseo de la Farola. Sin ellos no podría estar trabajando para Google desde aquí, así que les estoy muy agradecida«, explica.
María trabaja en la división de Google Cloud, centrada en agentes basados en IA. Recientemente ha sido ascendida a Senior Staff Software Engineer y es ‘manager’ de su equipo. «Trabajo en el desarrollo de herramientas para nuestro Automotive AI Agent (Gemini Enterprise for Auto), un agente de inteligencia artificial para que los coches puedan ejecutar instrucciones de voz como ‘Cierra las ventanas’ o ‘¿Qué significa esta lucecita que se me ha encendido en el panel?’», explica.
Ana siguió los pasos de su hermana hace un año, junto a su perrita Brooklyn. Buscaba un ritmo de vida más humano. Como no hay oficina de Meta en Málaga (todavía), se ha convertido en trabajadora remota. «Me preguntan si ha sido raro volver después de tanto tiempo y la verdad es que no, porque Málaga es tan fácil… La vida es más lenta, puedo ir caminando a todos lados, ¡en California para comprar el pan tenía que coger el coche!». Y profundiza en su reflexión: «Cuando creces aquí lo das por sentado. Yo he estado 14 años fuera y ahora me doy cuenta de todo: de lo agradable que es ir a un restaurante y que lleves cuatro horas de sobremesa y no te traigan la cuenta; el clima; lo acogedora que es la gente; pasar tiempo con amigos y con la familia sin mirar el reloj…»
Este feliz reencuentro con su ciudad no les impide valorar lo que han dejado atrás. «De Silicon Valley lo que más valoré es conocer gente de orígenes tan diferentes. A nivel profesional destacaría la velocidad con la que se mueve todo; estás en el epicentro del desarrollo de la innovación», afirma María. «Tú allí dices que quieres hacer alguna locura, y te salen dos más que dicen que lo hacen contigo y otro más que te da dinero. No existe el miedo que se tiene aquí a salirse de lo establecido, a correr riesgos».
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Ana y María, delante del Golden Gate cuando ambas vivían en California.
(Sur)
«Siempre pensé que si volvíamos, sería a Múnich, pero dos cosas cambiaron nuestra decisión. Primero, la pandemia abrió las puertas a que trabajos como el nuestro se pudieran realizar desde cualquier parte. Y segundo, Bernardo Quintero y su equipo habían posicionado a la ciudad al frente de la innovación tecnológica»
Este espíritu que echan de menos en España es el que les gustaría contagiar a las nuevas generaciones malagueñas. «Si no te imaginas las cosas nunca van a ocurrir. Puede ser que aún así no ocurran, y no pasa nada, pero para que ocurran primero tienes que imaginarlas», reflexiona María. Y pone un ejemplo del que se siente especialmente orgullosa: «Estando yo recién llegada a Google, en una comida con dos compañeras, se nos ocurrió la idea de usar la localización de los móviles para enviársela a los servicios de emergencias en caso de accidente. Mi ‘product manager’ me propuso montar un prototipo. Nos poníamos a trabajar por las tardes, un rato por aquí, un rato por allá… Se lo presentamos ese verano a los ejecutivos de Android y nos aprobaron el proyecto. Dos años después lo lanzamos. Hoy está activo en más de 50 países y ayuda a rescatar a millones de personas cada día». Por aquel proyecto, Emergency Location Service (ELS), María fue una las 30 seleccionadas del ‘Innovators Under 35 Europe’, galardón concedido por la revista ‘MIT Technology Review’.
«Cuando creces aquí lo das por sentado. Yo he estado 14 años fuera y ahora me doy cuenta de lo maravillosa que es Málaga y lo fácil que es vivir aquí»
Pequeñas grandes decisiones
Pero volvamos al pasado, al momento en el que Ana y María decidieron irse de Málaga, como tantos otros estudiantes brillantes en plena recesión económica. «En nuestro caso no fue por la crisis, o no sólo por eso. Siempre habíamos querido vivir fuera; de hecho, el verano antes de la Universidad lo pasamos trabajando de camareras en Irlanda», cuentan. Una vez en la carrera, se fueron de Erasmus y siguieron enlazando con otras becas gracias a sus excelentes notas.
Y así María se encontró haciendo el proyecto de fin de carrera en el Centro Aeroespacial Alemán (DLR). Una pequeña decisión que tomó allí provocó que acabara en Google. «Había que elegir entre seis proyectos y me decidí por uno de posicionamiento de peatones en interiores. Me quedé a hacer el doctorado con otra beca y llevaba un año cuando me invitaron a presentar mi segundo artículo en un congreso en Sidney. El que daba la charla de apertura era el jefe del equipo de posicionamiento de Android. 14 meses después, Google compró el proyecto que estábamos desarrollando en el DLR y nos fichó a siete del equipo: de Múnich nos fuimos para Mountain View».
En ese momento fue cuando las gemelas pudieron decir bromear con eso de «Tú a Boston y yo a California». Porque entonces Ana estaba haciendo un master en Harvard gracias a la beca Talentia. «Tengo un recuerdo increíble. Me presenté junto a unos compañeros a un concurso para construir una casa sostenible en Japón. Lo ganamos y en 2013 pasé el verano en Tokio, supervisando la construcción de la casa».
Tras semejante logro, la arquitecta malagueña podía elegir dónde trabajar y se fue al estudio de Thornton Tomasetti, en Nueva York. Estando allí empezó a investigar en el campo de la programación y la realidad inmersiva. Y tanto le apasionó que acabó dejando la arquitectura clásica para fichar por una startup, IrisVR, dedicada a la realidad virtual. De ahí a Meta ya sólo faltaba un paso: el que dio en 2019, cuando la startup se quedó sin dinero y tomó la decisión de mudarse a Silicon Valley, cerca de su hermana. «Hablé con muchas empresas y acabé con dos ofertas en la mesa: una de Meta y otra de Adobe», recuerda. Apostó por Meta, se integró en el equipo de Oculus (Quest) y ahora su cargo es XR Tech Product Design Lead en la división de Reality Labs, donde desarrollan aplicaciones para las gafas de realidad aumentada Orion y los recientes modelos de gafas inteligentes Ray-Ban Meta.
De vuelta en su tierra, las García Puyol quieren devolver a la comunidad lo aprendido y por eso se implican en eventos para niños y jóvenes. Su objetivo es claro: demostrar que el camino desde un pupitre de un cole de barrio hasta Silicon Valley es transitable con vocación y tesón y sin miedo a asumir riesgos. «Cuento mi historia para inspirar a niñas y niños», concluye María, «Que vean que una chica de Fuente Olletas, una persona normal y corriente que se ha educado con becas, puede alcanzar todos estos objetivos si se lo propone».