Cuando el pasado Giro de Italia estaba en sus jornadas definitorias, Paul Seixas (Lyon, 2006) logró eclipsar a Vingegaard y al resto de ciclistas con … unos simples datos de Strava: 16 días de concentración en Sierra Nevada, 15 entrenamientos en los que recorrió 1774,85 kilómetros, acumuló un desnivel total de 44.248 metros -la propia corsa rosa acumuló en las primeras 15 etapas 2.425,8 y 31.113 respectivamente- y, sobre todo, el KOM en las rampas del Tourmalet al reconocer la sexta etapa del próximo Tour de Francia. El país galo tiene nuevo paladín. El simple anuncio de que iba a debutar en la Grande Boucle fue la primera evidencia con aquel «Vivement juillet», es decir, «no puedo esperar a julio», con el que ‘L’Équipe’ le dedico su portada. Cierto que no es el primero, ni será el último. La sequía sin ver a ninguno de los suyos en lo más alto del pódium de París ha llevado, en más de una ocasión, a forzar a su ‘campeón’. El último fue Bernard Hinault en 1985 con su quinto y último Tour, que además le encumbró en el Olimpo de los ciclistas empatando con Jacques Anquetil, Eddy Merckx y, ya en 1995, Miguel Indurain.

Desde entonces Francia ha buscado un heredero, un sustituto, un favorito para buscar la victoria y no pocos han demostrado piernas, han logrado puestos meritorios e incluso han vestido durante muchos días el maillot amarillo. A finales de los 80 fue Laurent Fignon, después apareció Jean-François Bernard, pero la esperanza fue sobre todo Richard Virenque, la década de 2010 dejó sorpresas como Thomas Voeckler o Julian Alaphilippe y ciclistas propicios para las vueltas de tres semanas como Thibaut Pinot o Romain Bardet u otras proyecciones con menos recorrido como Pierre Rolland, Warren Barguil o Guillaume Martin, al que David Gaudu pasó por la izquierda. Pero bien porque el rival era más fuerte o porque la presión de sentir a todo un país pendiente, empujando sí pero también apretando, ha podido con ellos, no todos han podido tener continuidad como contendiente a la victoria final en el Tour de Francia. Como Ícaro, alguno se quemó al querer acercarse demasiado al sol.

El primero en ser nombrado heredero de Hinault ya estaba allí. Laurent Fignon compartió kilómetros con ‘El Caimán, incluso logró vencer en las ediciones de 1983 y 1984, y en 1989 tuvo el triplete en sus manos. Incluso se le dio por vencedor, pero por algo se dice que ‘el Tour acaba en París’. El francés y Greg LeMond (ganador en 1986) fueron alternándose el maillot amarillo hasta que la etapa 17, con final en el mítico Alpe d’Huez, dio a Fignon una ventaja de 50 segundos. No obstante, en la contrarreloj final la renta no fue suficiente. El americano se hizo con la etapa y con el Tour de Francia por apenas 8 segundos. Y comenzó la travesía por el desierto.

Los 90, Virenque

En 1990 Gilles Delion se hizo con el maillot blanco de los jóvenes, pero nunca más se acercaría ni a los puestos nobles. En 1991 comenzó el dominio de Indurain, con varios franceses en el top-10 pero nunca en el podio. Y cuando el navarro se retiró surgieron ciclistas con muchísima clase, como Laurent Jalabert o Richard Virenque. El primero comenzó como esprínter, evolucionó a ciclista más que notable en pruebas de una semana, pero siempre le faltó pasar la montaña del Tour. De aquello iba sobrado Virenque, siete veces rey de la montaña, tercero en 1998 y segundo en 1997. Eso sí, después del caso Festina no pudo repetir esa regularidad y optó por buscar las fugas, las victorias parciales y el maillot de la montaña.

Más allá de la ristra de favoritos, el ciclismo francés también ha sabido sorprender, como hizo Thomas Voeckler en 2011. Cazó una fuga bidón en la novena etapa –así ganó Óscar Pereiro su Tour en 2006–, y aunque no pudo ganar, salió de Saint-Flour vestido de amarillo. Durante diez días y con la ayuda de su equipo, el Europcar, y alguna que otra moto defendió el liderato con todo y supo además venderse ante las cámaras. Exprimió el momento con toda clase de gestos sobre la bici denotando todo el esfuerzo que hacía. Eso sí, para la historia su cuarto puesto, que ningún francés alcanzaba desde Moreau en 2000.

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    Virenque en plena ascensión a Alpe d’Huez en 2004. Se llevó el séptimo maillot de la montaña. .

    (PATRICK KOVARIK)

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    Thibaut Pinot celebra su victoria en la cima del Tourmalet en el Tour de 2019.

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    Alaphilippe, en pleno esfuerzo durante la crono de 2019 en la que sorprendió a todos los favoritos. .

    (EP)

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    Romain Bardet llega en 2024 de la mano de Frank Van Den Broek. Victoria y liderato en el año de su adiós. .

    (AFP)

Al año siguiente aparecieron en el top10 Pierre Rolland (6º) o Thibaut Pinot (10º), pero nada comparable a 2014. Una edición marcada por los abandonos de Chris Froome o Alberto Contador, dominada por Astana y Vincenzo Nibali y en la que Jean-Christophe Peraud (AG2R), y otra vez Pinot, fueron segundo y tercero, eso sí, muy lejos del italiano. El primero, a 7:37, no volvió a aparecer en los puestos nobles, pero Pinot se erigió como una de las promesas. Que ganara el maillot de los jóvenes le puso en el foco, aunque también fue el inicio de los problemas. Aquella presión, junto a las dificultades en las bajadas, le negaron un segundo top-10.

Otro que sabe lo que supone esa presión es Roman Bardet, sexto en aquella edición. Dos años más tarde, en el Tour que siempre se recordará por la carrera a pie de Froome en Mont Ventoux, fue segundo. En 2017 volvió a subir al podio apeando a Mikel Landa en la crono final por solo un segundo. Pero siempre le faltó el último paso y aunque en 2018 fue sexto, no encontró la continuidad deseada. Finalmente buscó aire en otro equipo, el DSM, para aparcar el Tour y buscar otros objetivos. Eso sí, se quitó la espina e hizo sonreír a Francia vistiéndose de amarillo tras vencer en la primera etapa de 2024.

Si la locura vivida con Voeckler fue para recordar, aquello quedó en nada en 2019 con Julian Alaphilippe. Ya el año anterior había avisado ganando dos etapas y llevándose el maillot de la montaña, pero nadie podía esperar aquello. Más clasicómano que vueltómano, no contaba en ninguna quiniela, tampoco cuando venció en la tercera etapa y se vistió de amarillo. Habitual en muchos inicios de Tour, se tomó como un caso más. Con el paso de las jornadas, y sobre todo tras la contrarreloj de la etapa 13, muchos empezaron a pensar en el ‘y si…’. Eran 27 kilómetros y no solo no perdió tiempo, es que se llevó la etapa y metió 14 segundos a Geraint Thomas o 1:36 a Egan Bernal. Aquello dio alas a ‘Loulou’ y a Francia. Lo vieron realmente cerca.

El colombiano fue recuperando tiempo en cada rampa y la burbuja explotó en la etapa 20 que terminaba en Val Thorens. El mal tiempo condicionó todo –la etapa fue neutralizada y solo se disputaron 89km– y Bernal se vistió de amarillo. Pocas veces Francia ha vibrado tanto. Y con razón, porque paran la carrera un poco antes el resultado podría haber sido muy distinto. Quizá con ‘Loulou’ de amarillo en los Campos Elíseos.

Otros ciclistas como Pierre Rolland o Warren Barguil, buenos escaladores, que tuvieron protagonismo, ganaron etapas e incluso alcanzaron un top 10. Como después ocurriría con Guillaume Martin, 8º en 2020, cuyo reinado fue igual de breve que el de David Gaudu, maillot de los jóvenes en 2021 y 4º en 2022. En 2023 fueron 10º y 9º, respectivamente, a 26:30 y 23:08 minutos de Jonas Vingegaard. La victoria de etapa en 2024 y el 7º puesto de Vauquelin, fichado por Ineos, han quedado eclipsados por Seixas.

Romper la inercia

La irrupción de Seixas en el World Tour ha sido propia de un campeón de época. Cierto es que sus resultados en categorías inferiores hacían presagiar que podía ser un gran corredor. En categoría cadete fue campeón de Francia en ruta (2021) y ciclo-cross (2022) y ya como junior en 2024 repitió en ciclo-cross, venció en Lieja y añadió el maillot en contrarreloj de campeón de Francia y del mundo. Ni lo dudó Decathlon AG2R La Mondiale, que lo pasó directamente a profesionales sin todavía cumplir los 18 años. En el Tour del Porvenir confirmó que sí, que habían acertado.

Todo lo que ha demostrado este 2026, sus exhibiciones en Itzulia (tres victorias de etapa) y Flecha Valona o los segundos puestos en Strade Bianche y Lieja (ambos solo por detrás de Tadej Pogacar), no ha hecho más que alimentar el debate de si debía acudir al Tour. Una vez deshojada la margarita, solo la carretera sabe la respuesta. Y el reto no es menor, porque la prueba francesa es una carrera de resistencia. No solo por los kilómetros que hay que recorrer o los puertos que deben ascender los ciclistas, sino porque deben superar un sinfín de obstáculos. La primera semana siempre es nerviosa, más aún en un ciclismo como el actual, en el que todos quieren estar delante. Unos por tratar de alcanzar la fuga que les dé protagonismo y, otros, por mantener la posición.

A eso, además, hay que sumar que es la primera Gran Vuelta de Seixas. Hasta ahora ha corrido y brillado en pruebas de una semana o en clásicas de más de 250 kilómetros. Su Strava también recoge entrenamientos de ultrafondista, pero en competición todo es distinto. Más aún siendo francés y corriendo el Tour.