Victoriano Cárcaba (Oviedo, 1959), el médico que diagnosticó el primer caso de Sida en Asturias a mediados de los 80, acaba de poner fin a … 44 años de ejercicio profesional. Cuatro décadas en las que este defensor de la sanidad pública ha sido jefe de Medicina Interna de cuatro hospitales asturianos: el del Oriente, el Valle del Nalón, el HUCA y la Fundación Hospital de Jove, en el que se jubiló el pasado viernes tras cuatro años en los que dirigió un departamento que además de Interna incluía las especialidades de Digestivo, Neurología, Cardiología, Neumología y Endocrino. «Echaré mucho de menos lo que hago», dice, aunque aficiones con las que llenar su tiempo no le faltan.

–Se jubila como jefe de servicio, pero nunca ha dejado de ver pacientes. 

–No, jamás.

–¿Es reflejo de su manera de entender la profesión? 

–Si alguna vez rechacé alguna oferta de trabajo, entre las razones más importantes estaba que llevaba implícito no ver pacientes. Por encima de cualquier cosa, está mi vocación, la labor asistencial. Pero ni soy el único ni soy ningún héroe por ello.

–Cuatro décadas de ejercicio dan para mucho, ¿cómo diría que es ahora el papel de la medicina interna? ¿Más complejo que hace treinta o cuarenta años?

–La medicina en general ha progresado mucho. Hasta el punto de que el conocimiento hoy en día se empieza a hacer inabarcable. Antes estudiábamos por libros y por revistas. Hoy en día lo tienes todo a un click. La tecnología es una herramienta potentísima que nos ayuda mucho en el conocimiento. La medicina ha cambiado en ese sentido, pero ha progresado poco organizativamente.

–¿Por qué lo cree?

–Creo que es porque no hemos sabido adaptarnos. Cuando yo empecé a trabajar, había una dicotomía entre Atención Primaria y Especializada. Teníamos poca conexión entre una y otra. Hoy sigue habiendo esa fractura cuando, en realidad, el paciente y la enfermedad es un proceso asistencial continuo. Es verdad que se han hecho cosas: consultas de alta resolución, unidades de corta estancia… pero más por impulsos que por otra cosa.

«La IA es muy útil, pero no palpa pacientes ni percibe sentimientos, olores ni sensaciones que usamos en el día a día de la medicina»

–La IA ya ha entrado en las consultas. ¿Se lo imaginó?

–La medicina tiene el reto de adaptarse a los tiempos, a esta ola de conocimiento que se nos viene encima, a herramientas que son ya, en cierto modo, realidades pero que a todos nos plantean incógnitas de futuro, como la inteligencia artificial. La IA será una herramienta que nos ayude a trabajar, pero nunca podrá sustituirnos. No palpa pacientes, no percibe sentimientos, olores, ni sensaciones que seguimos utilizando en el día a día de la medicina, pero sí que nos va a ser útil.

–¿Qué valor aporta hoy la Medicina Interna en una sanidad cada vez más tecnológica?

–Son varios los aspectos que atiende. Primero, la cronicidad, que es inherente a la longevidad. La cronicidad implica la afectación de varios órganos o sistemas y hace que la atención de esos pacientes la pueda facilitar la Medicina Interna. En ese sentido, ha aumentado la importancia de los servicios de Interna en prácticamente todos los hospitales y el número de personas trabajando en la especialidad. Pero la Medicina Interna también asume los retos de todo lo que llega nuevo y es desconocido.

-¿Como el Sida o la covid-19?

–Sí, en los años 80 y 90 llegó el Sida. Pese a que era una enfermedad que tenía muchas formas de expresión, los pacientes fueron atendidos mayoritariamente en todos los hospitales por internistas. Cuando vino la pandemia de la covid, la mayor parte de los pacientes que necesitaron hospitalización también fueron atendidos por los servicios de Medicina Interna. Es verdad que hubo médicos de otras especialidades, como Neumología, muy implicados también en la pandemia, pero la dirección de la orquesta y la gran caballería eran fundamentalmente de Medicina interna.

–Usted fue el médico que diagnosticó el primer caso de Sida en Asturias, en 1985. ¿Cómo fue el impacto de aquel diagnóstico en la comunidad científica y médica de la región?

–Fue una mezcla de todo. De impacto social, de impacto sanitario. Era algo que sabíamos que tendría que pasar porque la literatura médica ya nos lo había ido anticipando. A principios de los 80, se empezaron a ver casos de personas a las que, por su edad o circunstancias, no les correspondía esas alteraciones del sistema inmune y esas enfermedades. Aquello representó un terremoto en los hospitales.

–Cuando estalló aquella epidemia, acababa de comenzar su carrera, como quien dice.

–Sí. En febrero del 83 empecé a hacer la especialidad en el HUCA. A esa edad tienes mucha inquietud y el ansia de saber y de conocer hizo que empezáramos a buscar prospectivamente casos de Sida. De esa forma me llegó no la primera persona infectada por el virus, porque ya habríamos visto más, sino la primera que ya había desarrollado completamente la enfermedad. Era una persona que venía de fuera, pero que pertenecía a nuestro entorno. Lo habían visto en otro sitio donde no habían reconocido que era un caso de sida. Esa persona me vino a buscar porque sabía que había un médico en Oviedo que estaba estudiando sobre esta enfermedad y se estaba dedicando a ver a estos pacientes.

Prioridad

«Por encima de todo está mi labor asistencial. Si alguna vez rechacé una oferta de trabajo fue porque llevaba implícito no ver pacientes»

–Hay cierto repunte de infecciones de VIH. ¿Qué pasa ahora para que estemos volviendo a caer en los errores de hace cuarenta años?

-Probablemente que se ha emitido una falsa sensación de confianza. Se ha bajado mucho la guardia sobre determinadas enfermedades, como las infecciones de transmisión sexual. Ahora mismo la gente se junta en reuniones de ‘chemsex’. Piensan que tomando una pastilla, el tratamiento que se utiliza frente al VIH, se pueden comportar como les dé la gana sin pensar que por la misma vía se transmiten muchas más infecciones. En toda Europa hay un repunte importante de las ITS por una relajación de hábitos y una relajación del uso del condón. Lo he dicho toda la vida e insisto: el condón es bueno, es bonito y es barato, pero además es eficaz y es eficiente, porque, por muy poca inversión, te protege de todas las enfermedades de transmisión sexual (ETS).

–Otra pandemia que fue todo un terremoto, como dice, fue la de la covid-19. 

-Cuando nos aplaudían a las ocho de la tarde, pensaba que era una forma de agradecimiento inmediato pero que en cuanto se pudiera controlar, la gente se olvidaría de cómo había sido la epidemia, de cómo había respondido el sistema sanitario. Con la covid, la gente se dio cuenta de la grandeza de vivir en un país con un sistema sanitario como el que tenemos. Pero sostener ese sistema sanitario requiere mucha inversión por parte de todos. Es cuestión de elegir: ‘¿Quiero toros, cañas y fiesta o quiero un sistema sanitario potente y moderno con una sanidad pública accesible y universal? Es legítimo que la gente quiera vivir, y vivir con alegrías, pero seremos unos necios si no conseguimos mantener este sistema, que es uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo.

-¿Estábamos preparados para aquella pandemia?

-No.

-¿Y para las que vendrán?

-Solo un poco.

El doctor Cárcaba, en uno de los pasillos de hospitalización de Jove.

El doctor Cárcaba, en uno de los pasillos de hospitalización de Jove.

(Arnaldo García)

 

–Estaba en el HUCA cuando, hace cuatro años, aceptó la oferta de Jove. ¿Cómo fue el cambio?

–No hubo un cambio en cuanto a la metodología de trabajo, pero sí desde el punto de vista cualitativo.

–Explíqueme eso.

–Este es un sitio donde la relación diaria de las personas es más afable y más cordial en general. La relación entre servicios y la interna dentro del servicio es muy buena. Y eso, para un jefe, es tener tener mucho avanzado. Además, aquí tengo un equipo de profesionales bastante jóvenes, competentes y con sentido de pertenencia. Eso hace que la gente trabaje con más unión y con una misión más centrada. El hecho de que aquí haya una estabilidad laboral importante también beneficia el trabajo del día a día.

–¿Y en lo personal, cómo fue tomar la decisión de venir a Gijón?

–Tenía cierta relación con la anterior jefa de servicio. Ella me animó a aceptar la oferta. Me dijo: «Jove es un gran desconocido, pero funciona muy bien» . Creo que el resultado global de la experiencia ha sido bueno para las dos partes. A mí me ilusionó mucho. He estado muy a gusto aquí profesionalmente.

«Jove está en un momento óptimo para convertirse en hospital universitario de la mano de la Universidad Europea»

-¿Lo que se encontró a su llegada cubrió o superó sus expectativas?

-Cuando empecé a conocer el hospital, me di cuenta de que tiene una estructura de procesos sólida, que está bien jerarquizado, que la cadena de trabajo está bien estructurada. Hubo muchas cosas que pensé que iba a tener que regular y no, porque ya lo estaban. Entonces, ¿a qué me pude dedicar? Pues a mejorarlas lo que pude. A mejorar algunas especialidades en su dotación, tanto profesional como de equipamiento, con el hándicap que tenemos de déficit en algunas especialidades.

-¿En qué especialidad encuentran más problemas ahora mismo para poder contratar profesionales?

-Coyunturalmente, en este momento es Neurología.

–Jove tiene un convenio con la Universidad Europea para que el alumnado de Ciencias de la Salud del campus de Gijón realice aquí la formación práctica. ¿Qué va a suponer eso para el hospital?

–Una oportunidad única. Una grandísima oportunidad para los profesionales y para el hospital. Porque está en un buen momento, con un desarrollo estructural, tecnológico y profesional óptimo para convertirse en hospital universitario. En todos los servicios que dirigí siempre dije que lo más importante de nuestro trabajo es el paciente. Pero lo segundo más importante es la formación continuada. Seguir formándonos nosotros y formar a los siguientes. Porque lo que no se conoce, no se diagnostica.

–Fue profesor en la Universidad de Oviedo, ¿se ve ahora de profesor en la Europea? 

–No, no. Lo que lamento es que esto me pilla asincrónicamente. Yo no puedo ser el futuro de una universidad naciente cuando voy a hacer 67 años. El proyecto de la Universidad tiene que ser para las personas que tengan recorrido.