La depresión afecta a entre un 10 y un 15 % de las personas mayores. Según los datos presentados este viernes en el 32º Congreso Nacional de Médicos Generales y de Familia (SEMG) por Águeda Rojo Pantoja, responsable de la Unidad de Psicogeriatría del Área Sanitaria de Vigo, la prevalencia media alcanza el 12,3 …

La depresión afecta a entre un 10 y un 15 % de las
personas mayores. Según los datos presentados este viernes en el 32º
Congreso Nacional de Médicos Generales y de Familia (SEMG)
por Águeda
Rojo Pantoja
, responsable de la Unidad de Psicogeriatría del Área
Sanitaria de Vigo, la prevalencia media alcanza el 12,3 % en Europa y el
13,5 % a nivel mundial, aunque las cifras aumentan en pacientes hospitalizados
o institucionalizados. Las formas subsindrómicas o depresión menor son
especialmente frecuentes en este grupo de edad, mientras que las formas
resistentes pueden llegar a afectar al 30-40 % de los pacientes cuando no se
consigue un tratamiento eficaz.

Explicó que la depresión en el anciano puede manifestarse
mediante síntomas afectivos, cognitivos y somáticos. Junto a la tristeza, la
ansiedad o la desesperanza aparecen con frecuencia dificultades de atención y
memoria, lentitud en el procesamiento de la información, problemas para la toma
de decisiones, alteraciones del sueño, fatiga o cambios en el apetito. Esta
diversidad de manifestaciones favorece que algunos casos se atribuyan
erróneamente al envejecimiento o a otras enfermedades.

En cuanto al diagnóstico, recordó que la depresión
geriátrica
no constituye una entidad homogénea. Entre las formas más
habituales citó la depresión asociada a comorbilidad física, la depresión
vascular y la depresión que aparece como pródromo o en el contexto de una
demencia. Su aparición responde a una compleja interacción de factores
biológicos, psicológicos y sociales. Entre ellos figuran la enfermedad vascular
cerebral, la discapacidad, las enfermedades crónicas, el deterioro cognitivo,
los antecedentes psiquiátricos, los trastornos del sueño, la soledad, la falta
de apoyo social y las pérdidas vitales.

La ponente destacó que la comorbilidad médica
desempeña un papel fundamental. Entre un 20 y un 25 % de los pacientes con
enfermedad cardíaca presentan depresión, una proporción que aumenta tras un
infarto de miocardio o un ictus. En estos últimos, la depresión mayor afecta al
19,3 % de los hospitalizados y al 23,3 % de los atendidos de forma ambulatoria.
Asimismo, aproximadamente la mitad de los pacientes con enfermedad de Parkinson
experimenta síntomas depresivos.

Otro aspecto relevante es la polifarmacia. Rojo
Pantoja advirtió de que determinados psicofármacos, algunos antihipertensivos,
tratamientos hormonales, analgésicos, opioides o determinados quimioterápicos
pueden contribuir a la aparición o empeoramiento de síntomas depresivos. Por
ello, recomendó revisar siempre la medicación en pacientes con sintomatología
de reciente aparición.

La depresión vascular constituye una de las formas
más características de la vejez. Se asocia a enfermedad cerebrovascular y suele
acompañarse de retardo psicomotor, apatía, deterioro de la función ejecutiva y
alteraciones de la fluencia verbal. Según indicó, muchos de estos pacientes
presentan un perfil cognitivo característico que los profesionales deben
aprender a reconocer para que «no se nos escape en la consulta«.

Buena parte de la conferencia estuvo dedicada a la relación
entre depresión y demencia. La especialista sostuvo que los pacientes
con síntomas depresivos tienen entre 1,2 y 2,4 veces más probabilidades de
desarrollar demencia que quienes no los presentan. Además, entre un 20 y un 30 %
de las personas con demencia muestran síntomas depresivos, mientras que el
trastorno depresivo mayor afecta al 15,9 % de los pacientes con demencia por
cualquier causa y al 14,8 % de quienes padecen enfermedad de Alzheimer.

Rojo Pantoja incidió en que la relación entre ambas
entidades sigue siendo compleja. «No siempre es solo depresión, no
siempre es solo demencia; a veces son las dos cosas y a veces una lleva a la
otra
«, resumió. A su juicio, la depresión puede actuar como factor de
riesgo, pródromo o síntoma dentro de los propios procesos neurodegenerativos.

Uno de los mensajes más remarcados fue que la depresión
en el paciente mayor suele ser menos evidente
que en adultos más jóvenes.
Se estima que alrededor del 40 % de los casos no llega a diagnosticarse y que
cerca del 30% de los pacientes no consulta porque considera que sus síntomas
forman parte normal del envejecimiento. «No por ser mayor se está
deprimido
«, apuntó la especialista.

Entre los signos de alerta citó la irritabilidad, la pérdida
de interés por actividades previamente gratificantes y «la sensación de
no saber hacer las cosas
«. Muchos pacientes verbalizan que ya no son
capaces de realizar tareas cotidianas que realmente continúan dominando.

A ello se suma la denominada «depresión sin tristeza»,
relacionada con una mayor prevalencia de alexitimia o dificultad para
identificar y expresar emociones. Estos pacientes pueden presentar apatía,
retraimiento social y pérdida de iniciativa sin manifestar abiertamente
tristeza. «Si les preguntas directamente dirán que no están tristes, pero
todo el cuadro clínico apunta a una depresión
«, señaló.

Respecto al tratamiento, defendió un enfoque individualizado
basado en el perfil sintomático predominante. Recordó que serotonina,
noradrenalina y dopamina participan en manifestaciones diferentes de la
enfermedad, lo que permite orientar mejor la elección farmacológica. Asimismo, insistió
en que los antidepresivos mantienen su eficacia en pacientes con deterioro
cognitivo, aunque la respuesta suele ser menor que en personas sin demencia.

Rojo Pantoja dejó claro que el objetivo debe ser siempre la remisión.
«Tenemos que intentar la remisión aunque el paciente sea mayor«,
afirmó. Aseveró que las respuestas incompletas se asocian a un peor pronóstico
y a un mayor riesgo de recaídas. Por ello, recomendó iniciar el tratamiento con
dosis bajas, pero alcanzar posteriormente las dosis eficaces.

Como conclusión, hizo hincapié en que existen diferencias
clínicas entre la depresión del adulto y la del paciente mayor, donde
son más frecuentes la alexitimia, la irritabilidad, la pérdida de interés y la
sensación de incapacidad para realizar tareas cotidianas. Glosó que pueden
distinguirse tres grandes perfiles de depresión geriátrica: la asociada a
comorbilidad física, la depresión vascular y la vinculada al deterioro
cognitivo o la demencia. Aunque los ISRS continúan siendo fármacos de
primera elección, justificó que los antidepresivos con mecanismos de acción
múltiples pueden ofrecer ventajas en determinados pacientes. En cualquier caso,
el perfil de efectos adversos debe ser uno de los principales criterios para
seleccionar el tratamiento en personas mayores.

Finalmente, desaconsejó los antidepresivos
tricíclicos
por su perfil de efectos adversos y apostó por fármacos con
potencial acción procognitiva, como la vortioxetina, además de combinar
el tratamiento farmacológico con ejercicio físico, estimulación cognitiva y
apoyo psicológico
. En este sentido, quiso desmontar otro mito frecuente. «La
psicoterapia se puede dar a la gente mayor
«, concluyó. Tanto ella como Luis
María Fernández-Pacheco Corchado
, médico de Familia y responsable del
Grupo de Salud Mental de la SEMG, expusieron varios casos clínicos.