Crees que has visto algo que, en realidad, nunca te mostraron. Ocurre a menudo, y más en el cine: por ejemplo, en Reservoir Dogs, la cámara nunca muestra cómo Michael Madsen le rebana la oreja a un policía. Se aparta justo antes. Pero hasta David Foster Wallace se dejó engañar cuando opinó que Quentin Tarantino estaba interesado en cortar una oreja, mientras que a Lynch le interesaba la oreja.
Una frase ingeniosa que une Terciopelo azul y Reservoir Dogs, que suena bien, pero que, en el fondo, erra. Y lo hace porque tanto el violento Señor Rubio como Tarantino se la arreglaron para que creyeses ver una oreja fileteada. Por eso, cuando Michael Madsen, años después, le pidió a Tarantino que confiase en él en Kill Bill II, asistimos a un pulso difícil. ¿Cómo decirle que no a un actor que nunca te ha vendido? Y todo por un sombrero.
El sombrero de Michael Madsen
La historia del cine está llena de sombreros icónicos, comenzando por el Stenson que John Wayne llevó desde La diligencia (la película que lo convirtió en una estrella) hasta Valor de ley (la que le dio un Oscar 30 años después). En una escala menor, está el sombrero texano de Michael Madsen en Kill Bill II.
Madsen lo porta en un momento decisivo: cuando le confiesa a Bill que La novia se merece su venganza. Es decir, Kill Bill. Y lo convierte en parte de la esencia de su personaje, de un carácter netamente tarantiniano que lo hace fluir desde el villano sin escrúpulos hasta el antihéroe de manera natural y espontánea. El problema es que a Tarantino el sombrero no le gustaba nada. No encajaba con el personaje.
Es notoria la anécdota sobre el personaje de la taxista que recoge a Bruce Willis en Pulp Fiction tras abandonar este el cuadrilátero, en el que ha matado a su rival. Aunque el personaje tiene cuatro frases contadas, Tarantino escribió cincuenta folios sobre ella para darle un contexto. Imaginemos ahora las que redactaría sobre el personaje de Madsen, y en ninguna salía el sombrero.
Tarantino le exigió que se lo quitase cuando Madsen llegó al set con él, pero él se mantuvo en sus trece. Creía que allí había algo. El duelo comenzó a suavizarse cuando, por algún motivo, Tarantino empezó a atisbar ese “algo” que provenía del sombrero. “Le debo la mitad de mi actuación”, comentó Madsen en una ocasión acerca del sombrero. Gracias a él, Tarantino rodó su primer western.