La enfermedad inflamatoria intestinal es una patología crónica, sin cura, cuyo diagnóstico precoz resulta determinante para mejorar la evolución clínica. Durante su intervención en el Congreso SEMG, Sarai Esteban Conejero, geriatra y miembro del Grupo de Patología Digestiva de la SEMG, recordó que engloba fundamentalmente la colitis ulcerosa y la enfermedad de Crohn, además de …
La enfermedad inflamatoria intestinal es una
patología crónica, sin cura, cuyo diagnóstico precoz resulta determinante para
mejorar la evolución clínica. Durante su intervención en el Congreso SEMG,
Sarai Esteban Conejero, geriatra y miembro del Grupo de Patología Digestiva de
la SEMG, recordó que engloba fundamentalmente la colitis ulcerosa y la enfermedad
de Crohn, además de un pequeño porcentaje de colitis inclasificadas. «Es
una enfermedad crónica y recidivante», indicó, antes de remarcar que los
pacientes mayores presentan «unas características especiales y una
sintomatología particular» que obligan a un abordaje diferenciado.
La especialista subrayó que los síntomas más habituales son
la diarrea crónica, el dolor abdominal, la fiebre en determinados casos y las
consecuencias derivadas de estos cuadros, como pérdida de peso, fatiga, anemia
o déficits nutricionales. Sin embargo, alertó de que en las personas mayores la
enfermedad puede pasar más desapercibida. «Pueden presentar síntomas más
sutiles o atípicos», comentó, añadiendo que estos cuadros suelen quedar
enmascarados por otras patologías frecuentes, efectos adversos de medicamentos
o problemas digestivos asociados al envejecimiento.
Uno de los mensajes centrales de la ponencia fue el
creciente peso epidemiológico de esta enfermedad. Esteban Conejero recordó que,
según datos publicados en 2023, «a partir de 2030 más o menos un tercio de los
pacientes que veáis en la consulta con una enfermedad inflamatoria intestinal
van a tener más de 60 años». Este aumento responde tanto a la mayor
supervivencia de los pacientes diagnosticados años atrás como al incremento de
nuevos diagnósticos en edades avanzadas.
Ante esta realidad, reivindicó el papel de Atención Primaria
en la detección precoz. Según explicó, cualquier paciente con diarrea crónica
acompañada de pérdida de peso, anemia, dolor abdominal o elevación de
marcadores inflamatorios debe hacer sospechar una posible EII. En estos casos,
recomendó solicitar una analítica básica y determinar la calprotectina fecal,
una herramienta que calificó de fundamental para orientar el diagnóstico. «Si
la calprotectina ya es mayor de 250, sí o sí tenemos que descartar una
enfermedad inflamatoria intestinal», afirmó.
Una vez confirmado el diagnóstico, la valoración no debe
centrarse únicamente en la edad cronológica. La geriatra insistió en que la fragilidad
debe formar parte de cualquier decisión clínica. «Para nosotros la edad es un
número, no caigamos en el edadismo», manifestó, defendiendo que el estado
funcional y las comorbilidades ofrecen mucha más información sobre el riesgo
real del paciente.
Aunque la enfermedad suele presentar una evolución más
favorable en los pacientes mayores que en los jóvenes, advirtió de que el
diagnóstico tardío empeora el pronóstico y aumenta el riesgo de complicaciones.
«El curso es habitualmente más favorable, pero ese diagnóstico tardío y una
evaluación incompleta o incorrecta de la fragilidad va a hacer que las
complicaciones o el tratamiento no sea el adecuado», señaló.
Respecto al tratamiento, defendió que el objetivo debe ser
controlar la inflamación sin empeorar la fragilidad. «No tiene sentido que
tengamos muy bien controlada la enfermedad inflamatoria intestinal si tenemos
al paciente hasta arriba de corticoides afectando al resto de sus esferas»,
advirtió. Por ello, recomendó utilizar derivados de 5-ASA en los brotes
leves, limitar al máximo la duración de los corticoides y valorar terapias
avanzadas en los casos moderados o graves. Entre estas, destacó vedolizumab
como la opción preferente en ancianos por su acción selectiva sobre el
intestino y su mejor perfil de seguridad.
Como conclusión, Esteban Conejero reivindicó el papel del médico
de familia en la sospecha diagnóstica, el seguimiento, la adherencia
terapéutica y la coordinación con Digestivo y Geriatría. «La sospecha clínica y
la calprotectina son fundamentales para el diagnóstico y manejo de estos
pacientes», resumió, antes de animar a los profesionales a prepararse para una
realidad asistencial cada vez más frecuente en las consultas.